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Paisaje en escala de grises. Panajachel, 2010


Es un día lluvioso y fresco. Ordeno mis pertenencias y las embuto en mi mochila. Limpio las evidencias de mi paso por esta habitación estrecha, me despido del parqueo en el que tantas noches acabé con los amigos bebiendo y fumando hasta el amanecer. Un día, empero, la tranquilidad de ese pequeño oasis interurbano se vio destrozada por la abrupta incursión de una familia completa, con niños, perros y otros etcéteras, precipitando mi cobarde huida.

Taxi. Junto al mercado de La Minerva se encuentra el paradero de autobuses, una pequeña sucursal del caos cósmico que parece haberse quedado atrapada en el tiempo. Abordo un bus rojo —otrora escolar y amarillo— con adornos varios y me despatarro lo mejor que puedo en esos asientos diminutos en los que mis rodillas sufren si se sienta alguien junto a mí. Los gringos llaman a este tipo de artefacto chicken-bus.

Una mujer sube al autobús vendiendo una pomada milagrosa para todo tipo de dolor. Habla mucho la señora (dolor de hígado, de pies, de muelas, de cabeza, de riñón, de espalda: todo cura esta cosa, dice); recuerda a los legendarios merolicos de los westerns, tratando de convencer a los incautos de algún mágico remedio. Una serie de corridos norteños aparecen como música de fondo, acentuando la globalización del momento. El paisaje es verde y rotundo, alto como las montañas que lo componen. La autopista serpentea entre los deslaves dejados por la tormenta y las interminables lluvias del último mes. No son más de ochenta o cien kilómetros, aunque el recorrido dura casi tres horas en medio de la niebla y una lluvia que a ratos anula la visibilidad (el chofer no parece notarlo). Un libro ameniza el viaje: es la crónica de una profunda amistad y de los acontecimientos que le sirvieron de marco: Aquellos tiempos con Gabo, de Plinio Apuleyo Mendoza, una obra superlativa, con un estilo mil veces más atrevido y agraciado que el del propio García Márquez, y que es, a la vez, el tristísimo relato de un sueño roto: el del socialismo de Estado.

Luego, tras una curva, aparece el lago...

*

Atitlán se encuentra a unos mil quinientos metros sobre el nivel del mar, en algunas zonas la profundidad del agua alcanza los 350 metros, rodeado de imponentes volcanes, y casi veinte kilómetros de longitud. En la ribera norte se encuentra Panajachel (Pana, para los amigos), población de diez mil habitantes y multitud de turistas. Al descender del bus en medio del aguacero (con mochila y sin paraguas) un hombre se acerca y como si vendiera drogas, susurra: «¿Buscas alojamiento?».

El hotelito está en el fondo de un callejón laberíntico. Desde su terraza se ven las montañas (la cascada) y me parece un buen sitio para escribir y tomar café en las mañanas. Deposito mis objetos en la habitación y salgo a recorrer la calle que desemboca en el lago, llena de tiendas de artesanías y restaurantes propios de la industria del turismo (al fondo, los volcanes aparecen truncados por las nubes que aterrizan en su cima y el acerado lago refleja la luz del atardecer). Vuelvo a «casa» con un pomo de tinto, y mientras lo descorcho en la cocina tropiezo con una pareja de chilenos —trabajadores sociales— que se disponen a preparar la cena. Comenzamos hablando de las trivialidades habituales (¿de dónde eres, a qué te dedicas, a dónde vas?), y tras dos horas de hablar y hablar y hablar nos vamos, ya de noche y con algunos rones encima, a la orilla del lago a beber y fumar. Nos acompañan otra chilena, grafitera; y una mexicana, estudiante de relaciones internacionales.

La noche entronca con la madrugada y volvemos los cinco al hotel, donde otra botella reclama nuestra atención. Nos acomodamos en la terraza a continuar la discusión (a gritos, dando vueltas al tema de la noche: Latinoamérica, siempre entre la belleza y la podredumbre) para desesperación del resto de los huéspedes. Cuatro veces vino el encargado a pedir que nos calláramos, y cuatro veces lo callamos, enviándolo de vuelta a su cubículo. La amistad y sus rarezas nos fascinan («¿destino?», pregunta la grafitera: «o caprichos del azar», respondo medio ebrio y sonriente): nadie entiende por qué, pero al cabo de unas horas nos hemos hecho amigos y compartimos historias, ideas, locuras, sueños...

Cosas que ocurren en la ruta.

*

Despierto temprano; me sumerjo en el libro y en un litro de café. Desde la terraza, con la luz matutina, las montañas llenan el horizonte con su gigantismo y en la calle el sol arrasa. Los chilenos parten poco después del mediodía; los acompaño al bus con ganas de insinuar que se queden un día más (¡por lo menos un día más!) pero sé que no es posible. Se dirigen a Xela, la ciudad que acabo de dejar atrás, y aprovecho para conectarlos con mis amigos allá: Eso es la amistad; una red de complicidades y por tanto de cómplices.

Camino por la orilla del lago con la certeza de que los amigos no se volatilizan ni desaparecen en la nada, y a menos que algo trágico ocurra, no se pierden. La amistad se mantiene en suspenso, a veces durante años, como los volcanes, y de pronto despiertan y saludan al mundo con sus eructos y humos. En los embarcaderos, las lanchas están listas para zarpar hacia los distintos pueblos nacidos en las márgenes del Atitlán; me tienta la idea de subir a una pero la crisis financiera se ha instalado en mi bolsillo y el único modo que conozco de paliar sus estragos es encerrándome a trabajar.

Vuelvo al hotel arrastrando mi modorra entre turistas anglosajones que no hablan español y vendedoras mayas que a duras penas lo balbucean. ¿Tiene el comercio lenguaje propio?, me pregunto mientras observo las transacciones que ocurren en esta calle colorida y profesional (tentado estuve a compararla con una prostituta madura y pintarrajeada, mas no lo haré). Las artesanías se insertan también en el discurso y concurso de la globalización: en Chiapas, México, venden con descaro artesanía guatemalteca como si fuera de allá (siempre hay un tonto dispuesto a creerle al vendedor); y aquí se comercia con productos que de ninguna manera son locales (¿made in China, quizá?).

Fue en los años sesenta que Panajachel comenzó a ponerse de moda entre los hippies gringos, quienes encontraron aquí un refugio natural y sin duda el sitio perfecto para evadir la leva durante la invasión a Vietnam (luego, la propia guerra guatemalteca se encargó de hacerlos huir, y durante décadas nadie vino por estos lares). Ahora el turismo es el eje de la economía local, y los hippies han vuelto.

De hecho, están por todos lados...

Panajachel
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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