Abro los ojos y aparece Tegucigalpa, ciudad que desconoce la homogeneidad y el urbanismo, forjada a golpes de azar y capricho. Las calles comienzan y acaban sin previo aviso (sin anuncios que indiquen su nombre) o dan vuelta hasta llegar al mismo punto. A veces recuerda a un tablero de juego, aún si las reglas no están del todo claras. Por todos lados resquicios del golpe, ese molesto asunto que vino a perturbar la vida nacional al tiempo que resituó al país en términos globales. Las esquinas todavía se adornan con llamados a reformar la constitución, génesis del golpismo.
Todo comenzó con la pretensión zelayista de crear una asamblea constituyente para revisar la vigente carta magna, introducir reformas (en principio, las figuras del plebiscito y el referendo) y, con suerte, eliminar el bloqueo a la reelección presidencial. El debate sobre la constituyente no ha terminado; el actual presidente Lobo lo reabre, aunque ya sin la participación de Mel y su Frente, y la discusión se alarga interminable. La pregunta de fondo podría ser planteada más o menos así: ¿es la constitución un documento sagrado, inamovible, rígido («escrito con sangre», como dicen los más inflamados); o es, por el contrario, reflejo de la sociedad y los individuos de un tiempo dado y por tanto flexible, moldeable, adaptable a las nuevas condiciones de esa misma sociedad? En otras palabras, ¿la sociedad debe someterse a la constitución o es la constitución la que se debe subordinar a la sociedad? Esta pregunta, sin duda, es la más importante que se ha planteado aquí antes, durante y después del golpe de Estado.
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La primera constitución moderna en América Latina fue la mexicana de 1917, consagradora de derechos entonces inéditos, así en lo individual como en lo colectivo. A lo largo de un siglo de uso y abuso continuo, la constitución ha sufrido (o se ha beneficiado, no lo sé) de una larga lista de reformas, algunas inconclusas, otras superfluas o innecesarias. Cada cierto tiempo se discute la pertinencia de escribir una nueva, eliminando del todo la vigente, y los reaccionarios de izquierda y de derecha saltan desgarrándose las ropas y defendiéndola «con la vida», dicen, ebrios de absoluto. La sacralización del libro (de la palabra) es común al pensamiento religioso y al ideológico, que es la forma laica de ser creyente. La constitución defiende derechos limitando libertades, y viceversa. Es el círculo vicioso dentro del cual transcurre la vida política, económica y social de la nación. Protege al individuo pero también al Estado y sus instituciones. Garantiza siempre la supervivencia del poder.
La constitución es un artefacto creado por sabios soberbios e indulgentes, que saben a ciencia cierta qué desea o necesita la sociedad; sociedad, a su vez, es una entelequia unificadora que pretende matizar las inmensas minorías que la componen, la multiplicidad de saberes y sentires que la conforman, la diversidad de la vida que transcurre en su seno. En términos biozoológicos, la sociedad es un ecosistema tanto más complejo cuanto evolucionado es. Las constituciones, en cambio, viven ancladas al pasado, regodeándose en un mundo único, sólido, invariable. Si la sociedad avanza la constitución la detiene, recordándole que aquello que no está escrito no existe. Sólo los expertos, los constitucionalistas, tienen derecho a «meterle mano» al libro sagrado. Lo que intentó Zelaya en Honduras, independientemente de su propia aspiración a la reelección o de sus veleidades populistas, fue impulsar la participación ciudadana en el debate constitucional, siendo ese gesto, por encima de cualquier otro, el que debe ser rescatado de esta experiencia de principio de siglo.
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Tiendo a soñar con constituciones sociales, emanadas directamente del conjunto de individuos que conforman la sociedad. Pienso que las nuevas constituciones del siglo XXI, las de las nuevas repúblicas o las de aquellas que se refunden, habrán de nacer de este principio ciudadano. Siendo el documento rector de la vida en común, de las interacciones entre Estados e individuos, entre corporaciones privadas y estatales, entre derechos y deberes de unos y otros, la nueva constitución sólo puede nacer del profundo debate y la participación directa de todo individuo, célula básica de la sociedad. Las nuevas tecnologías poco a poco se expanden, y serán éstas la base desde la cual se podrá construir ese proyecto común, ese documento que por estar todos obligados a respetarlo debemos redactar y aprobar entre todos. Si las constituciones clásicas han sido escritas por los «héroes de la patria» y los expertos en derecho social, las modernas habrán de forjarse con el concurso del ciudadano común, socializando de una vez por todas la redacción de la Ley.
Sueño también que no sean documentos estáticos, que la última cláusula indique con claridad que «este documento es perecedero y debe estar sujeto a constante revisión», pues en este mundo cambiante (aceleradamente cambiante) cualquier Verdad con mayúscula huele a muerto a los tres o cuatro días de emanada. En efecto, la putrefacción de la ley es el principal mal de nuestro tiempo...
¿Cómo respetar un modelo legal que uno no ha elegido? Aunque dejemos atrás la ley divina y su extensión terrenal, la monárquica, lo cierto es que la ley sigue siendo un asunto elevado y por tanto contrario a la bajeza del vulgo, siendo siempre el populacho el más afectado por su aplicación. Ser pobre, por encima de todas las cosas, significa estar indefenso ante la legalidad del Poder. Y esa legalidad es la constitución política del Estado.
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Me adentro en esta ciudad dinámica y parlanchina, que se lame las heridas y sana poco a poco de los traumatismos del golpe. Quizá nunca cure del todo, pues la enfermedad es anterior a Zelaya y anterior al anterior de éste, y se extenderá sin duda tras muchos sucesores. Mientras tanto, la Resistencia se ha negado a participar en el diálogo convocado por el actual presidente en torno a la asamblea constituyente. Motivos no le faltan; la desconfianza hacia los nuevos-viejos poderes es infinita, y continúa sin respuesta la condición principal, el retorno con todas las garantías del depuesto Manuel Zelaya. Por otro lado, quizá se esté desperdiciando la oportunidad de avanzar un poco en esa aspiración radical que significa la participación popular en la reforma de la ley común.
Así las cosas, parece dudoso que sea aquí donde se escriba la primera constitución genuinamente vulgar.
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