Este es el extremo sur del antiguo mundo maya. En la entrada, junto a las ventanillas, se encuentra un mapa de la zona donde cientos de puntos negros representan los vestigios conocidos pero no abiertos al público, y unas pocas decenas de puntos rojos representan las construcciones que han sido «rescatadas» y que pueden, por tanto, ser visitadas. El antiguo centro gubernamental-ceremonial de Copán está rodeado de un bello bosque tropical que no existía durante el período de máximo esplendor de la ciudad, en torno al siglo VIII del calendario gregoriano, cuando llegó a concentrar a unos veinticinco mil habitantes y este bosque era una enorme planicie llena de viviendas y campos de cultivo.
Antes de entrar al sitio sagrado paseo por los senderos de esa otra sacralidad que es el bosque, donde viven pequeños animales endémicos. Una hermosa culebra negra con largas franjas de un amarillo vibrante se arrastra ante mi bota; varias familias de guatusas (cuauhtozan, o rata de monte, en náhuatl), de unos sesenta centímetros de largo, rala pelambre marrón, sin cola, juguetean como perros con sus crías; guacamayas rojas, de pico blanco, alas azules y amarillas, graznan desde un árbol. No hay silencio, sino sonidos orgánicos que se activan al ritmo del viento, de mis pasos, de los movimientos de ese pequeño bosque que ya ha sido del todo domesticado.
La escasez de turistas aumenta el misticismo del sitio; avanzo por una suerte de pasillo natural, techo de árboles y al fondo de ese túnel aparece una pequeña pirámide iluminada por el sol (parece, en efecto, una revelación). Pero es sólo un detalle en medio de la Gran Plaza, que mide unos doscientos cincuenta metros de largo por cien de ancho, orientada hacia el norte. Media docena de estelas de dos o tres metros de altura, finamente talladas, y unos quince altares dedicados a diversas deidades yacen en esa planicie de césped bien cortado y rodeada de escalinatas de piedra que conducen (o conducían) a otros edificios.
En el lado sur de la plaza se encuentra el principal campo de pelota (hay otros dos) y en la cara oeste se yergue orgullosa la Escalinata de los Jeroglíficos con los dos mil quinientos glifos que cuentan cuatro siglos de historia. La pared sur es una gran muralla de escalones desgastados; tras ésta se encuentra otro patio, otra plaza, otros templos. Esto es lo primero que se ve en la antigua ciudad de Copán, que se extiende hacia el sur y hacia el este. Me siento en un tronco a tratar de entender este conjunto. El tiempo pasa y pesa.
*
Camino guiado por el azar. Por todos lados, entre piedras amontonadas en la maleza se adivinan rostros, garras, mensajes cifrados en un código desconocido. El sitio está lleno de árboles que nacen entre las piedras y acentúan la simbiosis entre éstas y el entorno. Se trata, claro, de una impresión moderna, fruto de la acción de la foresta. En el octavo siglo de nuestro tiempo, los templos aparecían cubiertos de estuco y pintados con colores primarios. Los árboles no atravesaban sus muros y las pirámides resaltaban en la planicie con colorido y provocación. Hoy, con los siglos de abandono, los edificios han adquirido los colores del entorno. Pienso que ese es uno de los principales atractivos de Copán, esa integración, o integridad, entre el lenguaje del hombre y el de la naturaleza, que se retuerce entre las líneas rectas. En el encuentro, las humanas construcciones se intoxican con esa belleza espectral que sólo la decadencia otorga, y en ese mismo «estar devorado por la naturaleza» se halla el distanciamiento entre nosotros y ese otro mundo que está aquí, ante los ojos, pero ya no es, de ninguna manera, el nuestro.
A dos kilómetros se encuentra el barrio residencial de la nobleza maya, donde también vivían artesanos, astrónomos y escribanos (una calzada de quinientos metros unía ambos cuerpos, pero la propiedad privada, literalmente, se interpuso en el camino: ahora hay que rodear los campos de cultivo que fracturan la antigua ciudad). En las casas se ven claramente las habitaciones con sus camas de piedra; los baños, los desagües, los canales tallados en los bloques. Son una cincuentena los vestigios de viviendas, y se calcula que es una quinta parte del total de residencias. Lo que queda de ellas son los basamentos, algunos muros, lo suficiente para ver la «planta» de las casas de la aristocracia (las de los campesinos, construidas con maderas y bejucos, desaparecieron por entero). Supongo que pasaban poco tiempo en el hogar; las habitaciones son pequeñas, las recámaras tienen apenas el espacio suficiente para caminar junto a la cama. Talladas en los muros hay sillas, bancas y nichos para guardar ropas o enseres (algunos, supongo, para prácticas religiosas). Las casas se agrupan (cinco o seis) en torno a patios comunes. Quizá todos los habitantes de un patio pertenecieran a la misma familia, o a la misma profesión. Era férrea la estructura de clases, de castas, en la antigua Mesoamérica.
*
Aunque carezca de la grandeza del sitio ceremonial, caminar por este antiguo barrio permite otro acercamiento a la vida de aquel pueblo, no a partir de sus espacios públicos, sino desde los privados. Me siento, pues, en una cama de piedra. No hay muros en esta casa, el paisaje entra por los cuatro puntos cardinales, y desvarío en mi libreta alimentado por el murmullo del río y los sonidos del bosque. Me recuerdo que la belleza de la historia no radica en sus prohombres, sino en los hombres y mujeres que conforman un pueblo, un tiempo, y que construyen entre todos «la vida» al interactuar. No es fácil imaginar una existencia tan ajena a la propia, con códigos diferentes, algunos del todo opuestos a los modernos, deidades extrañas (¿qué puede significar el jaguar para un chico urbano que a lo sumo ha convivido con un gato castrado?), instituciones incomprensibles, comidas que desde nuestra perspectiva quizá resulten repugnantes, y órdenes sociales, familiares, sexuales, políticos, morales, religiosos que ya no podemos revivir ni sentir como algo propio.
Aún así, intento imaginarme saliendo de la cama, colgándome mis ropas y adornos (¿llevaré penacho?) y saliendo de casa rumbo a... ¿rumbo al trabajo? ¿Cuáles serían mis primeras palabras del día, qué le diría a mi esposa y a los niños: les acariciaría el cabello o quizá eso se consideraría un gesto agresivo? No lo sé. Tampoco sé en qué consistiría mi desayuno (quizá guatusa asada, se ven rollizas y al alimentarse de frutos no deben saber mal). ¿Tendría que rezar en la mañana? Y si la respuesta es afirmativa, ¿a quién? Imagino que soy escribano: ¿me preguntaría si tiene sentido escribir en una sociedad analfabeta, donde el dominio de los signos está en manos de la aristocracia? Lo dudo, seguro me sentiría feliz si nadie pudiera descifrar mis titubeos. ¿Transcribiría los delirios del gobernante aún sabiendo que todo lo que cuenta es mentira?, ¿sería capaz de cuestionar la verdad del poderoso?, ¿gozaría de suficiente individualidad, tendría sentido ese término? No lo sé; quizá, harto de todo, volvería a la cama de piedra a despatarrarme mirando el techo.
En todo caso, eso es lo que hago hoy. Y el techo es el cielo azul.
Copán Ruinas| < Anterior | Siguiente > |
|---|