Under the influence

Barcelona, 2009


Como ocurre con tantos otros descubrimientos, la inoculación es obra de los chinos, aunque habrían de pasar novecientos años antes de que la legendaria Lady Montagu —viajera y escritora, famosa, entre otras cosas, por su deliciosa correspondencia erótica con un tal Alexander Pope—, descubriera dicha práctica durante su estancia en Constantinopla. A su regreso a Inglaterra, Mary Wortley Montagu inoculó a sus hijos, levantando un escándalo en los círculos aristocráticos de la Rosa de Albión. Tres decenios después de su muerte, un médico rural inglés de mediana edad, tras años de investigación, sienta las bases para sistematizar el proceso de inmunización, dando origen a la primera vacuna.

En su ensayo An inquiry into the causes and effects of the Variolae Vaccinae (1798) Edward Jenner da cuenta de la investigación que lo llevó a vacunar a un niño de ocho años llamado James Phipps. Tras haber estudiado y ejercido en Londres, el doctor Jennner regresa a su natal Berkeley, en el condado de Gloucestershire, para adentrarse en las leyendas rurales sobre la inmunidad de los granjeros ante la viruela que arrasaba Europa. En su estudio Jenner analiza los casos de varios farmers que quedaron inmunes tras haber contraído la variante vacuna de la viruela. La viruela de la vaca, o cow pox, en inglés, es una variante no letal de la enfermedad y que el humano contrae al contacto con las pústulas que se manifiestan en la ubre de la vaca. Jenner llegó a la conclusión de que esta «miniviruela» generaba en el organismo los anticuerpos necesarios para resistir el ataque de su hermana mayor, esa sí letal. Así, en 1796 inocula a Phipps con una suerte de extracto de pústulas de granjera. Tras el período de incubación el chico muestra todos los síntomas de la viruela vacuna. Dos meses más tarde, recuperado por entero, se le inoculó viruela humana. No la adquirió.

Las caricaturas de la época, recuerdo haberlas visto en algún libro, son despiadadas. Todo comenzó cuando la Asociación Médica de Londres aseveró aquello de que quienes utilizasen el método de Jenner acabarían adquiriendo la apariencia de una vaca. La burla se cernió sobre él, sus colegas lo atacaron y acabó expulsado de todas las asociaciones médicas inglesas. Sería Napoleón, recién autoproclamado emperador, quien, en 1805, ordenara vacunar a todo su ejército, dando crédito al descubrimiento jenneriano.

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En momentos como éste, en que el catastrofismo se alborota y muestra a una humanidad devastada por enfermedades propias de pollos y cerdos, quisiera, más que nunca, refugiarme en la adolescencia, o al menos en sus lecturas. El primer gran libro que recuerdo comienza así: «Humana cosa es tener compasión por los afligidos, y aunque a todos conviene sentirla, más propio es que la sientan aquellos que ya han tenido menester de consuelo y lo han encontrado en otros». Se trata, claro, del Decamerón, esa obra fundacional del Renacimiento, anticlerical de principio a fin. Siete mujeres y tres hombres se refugian en una villa en las afueras de Florencia huyendo de la peste que azota Europa entre 1347 y 1352. Para matar el tedio se cuentan historias en las que la traición da vida a toda una suerte de personajes entregados de lleno a un incipiente erotismo literario, al arte de la seducción y a un «antiheroismo» del todo ajenos a los valores del Medievo, que se retuerce ya en sus últimos estertores. La Santa Inquisición, no podía ser de otra forma, la incluyó en su piadoso Index librorum prohibitorum.

Pero en el libro de Bocaccio la epidemia es un asunto incidental, o, mejor aún, contextual. Habría que esperar casi cuatrocientos años para llegar a otro de los libros que llenó mi adolescencia, el Diario del año de la peste de Daniel Defoe. Aunque se considera una obra menor, la extraodinaria crudeza de esta ficción hiperrealista todavía me fascina. Ambientada durante la Gran Plaga londinense de 1665-66, sorprende por su sequedad clínica, esa límpida narración que aporta datos y va describiendo paso a paso el avance de la epidemia, como si se tratara de un parte de guerra. Defoe deja un manifiesto en la primera página: «En aquellos días carecíamos de periódicos impresos para divulgar rumores y noticias de los hechos, o para embellecerlos por obra de la imaginación humana, como hoy se ve hacer», anticipando una tradición, un know-how que más tarde sería conocido como periodismo de investigación, o incluso periodismo literario. Su descripción de los barrios, de las personas, de los charlatanes que florecen en toda crisis, de la histeria colectiva, de las mezquindades y noblezas de unos y otros, del arrebato religioso de muchos, crea cuadros, imágenes, que hoy «recuerdan» al lenguaje cinematográfico más amoral. Además, deja una sensata advertencia: «Y hasta hubo algunos que se atrevieron a certificar que la epidemia había hecho su aparición; y aunque esto era muy cierto, quienes lo afirmaban nada sabían del asunto»...

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La ciencia ficción también ha generado algunas epidemias virtuales; la más conocida, adaptada y parodiada es La guerra de los mundos, la primera en describir una invasión marciana a la Tierra. Sin embargo, la novela que me interesa ahora es Los ladrones de cuerpos (1955), de Jack Finney, y me llama la atención porque tanto en el libro como en las cuatro versiones cinematográficas que se han realizado hasta la fecha, se trata, en rigor, de una invasión vírica de origen alienígena, en este caso unas esporas de las cuales «germinan» réplicas de seres humanos. Lo importante aquí es que muestra el ataque del virus, no el concepto de conquista y colonización del hombre. Esa invasión no busca apoderarse de riqueza alguna, ni hay nada remotamente progresista en ese gesto, tan sólo absorbe la vida de sus huéspedes. Otra metáfora moderna, fruto de la cultura de masas, es la del zombie, ese muerto-vivo que a diferencia del vampiro carece de conciencia y por tanto de ambición: su expansión es nihilista, despojada del principio de reproducción de la especie. La obra maestra de este subgénero es La noche de los muertos vivientes de Romero. Filmada en blanco y negro, y con una evidente influencia del expresionismo alemán, cuenta –simplemente— los avatares de un grupo de personas que se refugian en una casa rodeada de zombis hambrientos, sin que se explique jamás cómo es posible que tal cosa ocurra. Y sin embargo, a pesar de esta expulsión total de la lógica, la película tiene un cierto aire documentalista, casi diría antropológico...

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Mientras tanto no hay vacuna, la alarma crece, la histeria se insinúa en algunos medios, y el miedo, ya se sabe, es un instinto de doble filo: Lo mismo paraliza que pone en movimiento lo más hondo del hombre. Es incontrolable.

Barcelona
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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