Una década

Internet, 2011


Recuerdo bien aquella mañana. Desperté temprano y encendí el televisor a bajo volumen, más por reflejo que en espera de alguna noticia importante. Al principio no entendí la imagen: una de las torres humeaba y los balbuceos de los comentaristas no atinaban a explicar lo ocurrido. Cambié el canal y la escena era la misma, quizá desde otro ángulo, y se hablaba de un accidente aéreo. Entonces apareció el segundo avión y ya no hubo dudas al respecto. A las nueve comenzó a sonar el teléfono, mientras mi vista saltaba del televisor a la computadora. No era necesario ser muy listo para comprender que algo había cambiado en el llamado equilibrio del mundo.

Dada la fecha, lo primero que pasó por mi cabeza fue una horda de chilenos aguerridos vengando al presidente Allende, pero enseguida descarté la idea por subnormal. Luego, recuerdo, unos farsantes hablando en nombre del Ejército Rojo Japonés (organización que se diluyó en los años ochenta) se adjudicaron la acción. Poco a poco, en los días siguientes, comenzó a aparecer el nombre del viejo yihadista, hasta entonces personaje secundario en el mundo mediático, aunque no tanto en los pasillos de la inteligencia. Un documento de 1998 (desclasificado por la CIA en 2004), con el explícito título de Bin Laden prepara secuestro de aeronave norteamericana y otros ataques, afirma que Osama «y sus aliados se preparan para realizar ataques en los Estados Unidos, incluyendo el secuestro de una aeronave para obtener la liberación del jeque Omar Abdel-Rahman», sentenciado a cadena perpetua por su supuesta participación en el bombazo al World Trade Center en 1993.

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En abril de 1978, el asesinato de un líder del Partido Democrático Popular de Afganistán desata una serie de manifestaciones masivas que culminan, dos semanas más tarde, con el levantamiento de las Fuerzas Armadas que tomaron por asalto el palacio nacional. Tres días después, los militares le entregan el mando del país a Nur Mohammad Taraki (líder e ideólogo del PDPA), quien se convertiría en el primer presidente socialista de Afganistán: inició una reforma agraria radical, prohibió la usura, estableció la separación entre Iglesia y Estado, legalizó los sindicatos obreros y promovió leyes modernísimas (para la época y el lugar) en pos de lo que hoy se llama igualdad de género, situación que disgustó a quienes prefieren integrar política y religión.

Así comenzó la «guerra santa» contra el nuevo gobierno infiel. Las guerrillas muyahidín se expandieron por todo el territorio afgano, con singular fuerza en el norte del país y contando con el apoyo de Paquistán, Arabia Saudita y los sempiternos Estados Unidos de América (en 1998 Le Nouvel Observateur publicó una entrevista con quien fuera asesor de seguridad nacional de Jimmy Carter, quien afirmó que «de acuerdo con la versión oficial, la CIA comenzó a ayudar a los muyahidín en 1980, es decir, después de que el ejército soviético invadiera Afganistán el 24 de diciembre de 1979. Pero la realidad, secretamente guardada hasta ahora, es del todo distinta. De hecho, fue el 3 de julio de 1979 cuando el presidente Carter firmó la primera directiva de ayuda secreta a los opositores del régimen pro-soviético de Kabul»). La resistencia religiosa al gobierno laico (la tradición enfrentándose a la modernidad) atrajo a militantes de todo el mundo musulmán.

La leyenda de este ejército irregular de combatientes del Islam sedujo, entre tantos otros, a un joven saudí llamado Usāma bin Muhammad bin `Awad bin Lādin (Osama, hijo de Mohamed, hijo de Awad, hijo de Laden). La leyenda asegura que fue en esa época cuando comenzó la relación entre la CIA y Bin Laden (se dice que su nombre clave era Tim Osman), aunque varios investigadores desmienten esta versión asegurando que Osama tenía suficiente dinero para financiar sus actividades y, además, siempre fue «antiamericano». En todo caso, el personaje mítico se forja en el contexto de la guerra afgana, un conflicto tanto religioso como político.

Apenas iniciada la guerra de guerrillas contra el recién estrenado gobierno revolucionario, la Unión Soviética, fiel a su costumbre, ofreció su «ayuda desinteresada, internacionalista y proletaria» al gobierno afgano en su lucha contra fuerzas realmente reaccionarias, y la intervención se alargaría hasta 1989, cuando Mijaíl Gorvachov ordenara la total retirada del otrora glorioso Ejército Rojo. En 1992 la República Democrática de Afganistán se demorona, en parte por la guerra misma y en parte por su ineficiencia y corrupción. Se decreta entonces el Estado Islámico de Afganistán, no libre de enfrentamientos entre distintas facciones político-religiosas hasta que, cuatro más tarde, el movimiento talibán emerge victorioso, aplaudido por un Osama Bin Laden que llegó a asegurar que ese era el «único país genuinamente musulmán».

El resto de la historia es bien conocido, aunque aún se duda de la participación de Bin Laden en el atentado a las Torres Gemelas: el hecho de que el FBI (en la lista Los diez más buscados) lo considere responsable de los atentados a las embajadas norteamericanas en Dar es Salaam y Nairobi, pero no de los avionazos de Nueva York, tampoco ayuda a aceptar su culpabilidad. La duda, en todo caso, está ahí, a veces respaldada en investigaciones serias y, a veces, embarrada de conspiranoia barata.

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Han pasado casi diez años desde aquel día en que el equilibrio del mundo se tambaleó por un instante, y desde entonces algo me sorprende: la simpatía que Osama Bin Laden despertó en ciertos sectores de esa cosa amorfa que a falta de mayor definición seguimos llamando «la izquierda». En rigor, los valores de Osama se encuentran en las antípodas de los de la izquierda en cualquiera de sus formas y variantes. Bin Laden es antisocialista, anticomunista, antianarquista, antidemócrata, antioccidental, antilaico y antimoderno. Claro, es también antiamericano.

Como ocurre con tantas otras ideologías, el antiamericanismo se nutre de muchas y diversas reacciones. Algunos antiamericanos son en realidad antimperialistas, otros son antioccidentales, otros son antimodernos y otros más, simples racistas disfrazados de cualquier otra cosa. Que Osama y el Che hayan sido ambos ideológicamente antiamericanos no los hace iguales en sentido alguno. Establecer simpatías a partir de antipatías comunes no conduce a nada bueno. Dicho de otra manera: «el enemigo de mi enemigo no es necesariamente mi amigo».

Y ahora que por fin lo cazaron, ¿será el mundo, de verdad, un sitio más seguro? Difícil asegurarlo, al menos si se carece del ingenuo optimismo norteamericano. En todo caso, quizá dentro de una década se aclaren los detalles de la relación entre Bin Laden y la CIA y, con un poco de suerte, los de su ejecución también.

San José
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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