Un día gris y lluvioso

Guatemala, 2010


Ayer en la tarde sonaba la radio en la pensión. Una estación de moda, con música juvenil, locutores «simpáticos» y demás. Son, sin embargo, los anuncios comerciales los que atrapan mi atención, al principio caóticos pero luego, poco a poco, aparece el patrón unificador: son todos productos para el estrés urbano (pastillas para la migraña, gingsen para las tristes mañanas, gel para la tensión muscular, analgésicos para los dolores de la vida, toda suerte de relajantes y estimulantes legales). En verdad no es para menos, el caos es universal en esta ciudad gris y a ratos cinematográficamente siniestra. La violencia es cotidiana, y no me refiero sólo a la criminalidad, a la violación, al asesinato; hablo más bien de una suerte de conducta impuesta por la urbe misma: los automóviles y buses se mueven con violencia en las calles, y a veces las personas se conducen también así, o en respuesta a esa violencia. El miedo mediatiza no pocas relaciones en la gran ciudad; se vive a la defensiva, mirando de reojo a los desconocidos. En medio del tráfico se mueven repartidores o cobradores en motocicleta, siempre con un hombre sentado atrás, armado con una escopeta de cañón corto. En los negocios que pueden permitírselo un policía monta guardia con el dedo en el gatillo del revólver, y en las instituciones bancarias u oficiales la guardia se hace con fusil de asalto. Pero hay también un amplio sector comercial y privado que no puede pagar guardianes, ni alarmas, ni cámaras de seguridad. Para ellos la única opción es la reja. Una buena porción de esta ciudad vive presa. Son, teóricamente, hombres y mujeres libres; no han cometido delito alguno y aún así viven y trabajan tras las rejas. Llego a la lavandería y la señora abre el candado de la enorme reja que impide el paso a la misma. En la tienda de la esquina uno debe señalar lo que desea desde el otro lado de la reja. Las ventanas de las casas tienen rejas, las puertas también. La pensión tiene rejas, y aún así el grueso portón de madera se clausura a las 8:30 pm. Es en torno a esto que se multiplica la idea de la pena de muerte como solución; es también a partir de estas condiciones que el ciudadano común corre a comprar un arma para defender su casa o su pequeño negocio de una violencia que lo sobrepasa con mucho.

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Tres décadas y media de guerra civil pasan factura a cualquier sociedad. Los adultos de hoy crecieron y estudiaron durante la guerra (mamaron de ella, pues) y son resultado de su propia violencia. En Guatemala, a diferencia de lo ocurrido en otros países centroamericanos, la guerrilla agraria tuvo más fuerza que la urbana; en consecuencia la guerra fue más cruda en las comunidades rurales que en las ciudades. Pero la ciudad es el centro del cual parte la violencia estatal, y es también el receptor de grandes masas de campesinos desplazados por la guerra misma, y sin duda de combatientes desmovilizados de ambos bandos. Las instituciones policiales y militares, profesionales pero no necesariamente profesionalizadas, son un hervidero de delincuentes uniformados, hasta que alguna comisión revisa expedientes y denuncias y da de baja a unos cuantos efectivos: entonces se quitan el uniforme y orondos militan en las filas del narcotráfico o se dedican a la industria del secuestro. En estos días el escándalo gira en torno a un ex jefe policiaco enjuiciado por asesinato, tortura y otras pequeñas delicadezas paralegales.

Almuerzo en un modesto comedor popular, a quince quetzales la ración. En la esquina un automovilista ha golpeado a un motorista, justo frente a una patrulla policial. El motorista yace en el piso, inmóvil, el automovilista huye a toda prisa y los policías miran a otro lado mientras los habitantes del centro los saludan amigablemente: «¡Hijos de puta!, ¡inútiles!», etcétera. No es que la violencia sea exclusiva de una u otra clase; es, más bien, que en la desigual repartición de ésta, a algunas les toca una dosis mayor. Eso asegura la pinta de la acera de enfrente: «Basta de femicidios», grita, sin que al parecer se escuche el reclamo. Sin contar las violencias no letales contra ellas, tres mil mujeres asesinadas en la última década —es decir, ya en «tiempos de paz»— no es una mera cifra, sino la lógica extensión de la violencia estructural que sigue fracturando este país y que invade tanto lo público como lo privado, lo personal y lo colectivo, lo político y lo social. No podría, sin embargo, afirmar que «los guatemaltecos son violentos»; la vida cotidiana, la experiencia del día a día, me demuestran una y otra vez que no es así. Y a pesar de todo ahí están las cifras, las armas, los muertos, y todos los relatos de la violencia que circulan en esta bella tierra.

Me traslado a un café más o menos elegante, con gente bien vestida, conversaciones amenas, gestos apropiados. Sobre la barra, gratis, un periódico feminista desgrana cifras y proyectos; en sus páginas las técnicas masturbatorias comparten espacio con los relatos autonomistas, las críticas a la gestión pública, los reportajes sobre colectividades afines y otros etcéteras. El grueso de los comensales, mujeres incluidas, ignoran el panfleto. Así nos relacionamos con la violencia; existe porque el noticiero, gran vocero de la verdad, así lo anuncia, pero en el fondo, mientras no nos toque directamente, preferimos no enterarnos de ella. Es desagradable y de mal gusto mencionarla. Mejor esconderla. Es más cómodo y reconfortante.

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La prensa está llena de cadáveres. Hay periódicos que se dedican en exclusiva a ello. La muerte es un gran negocio, no sólo de pompas fúnebres o de aseguradoras. Incluso la prensa «seria», así como la militante, no pueden sino alimentarse de la tragedia propia o ajena (escribo ahora sobre muertos, no estoy al margen de ello). Pero todos estos muertos, todas estas muertes, alimentan también diversos fantasmas políticos, y no son pocos los políticos que construyen su carrera en torno a esto. Así se forjan los populismos, los militarismos, los estados policiacos. El genuino reclamo en pos de mayor seguridad pública suele ser un arma de doble filo; la violencia desatada por el Estado contra la violencia criminal acaba tocando al ciudadano medio tarde o temprano (la justicia, la ley, son siempre falibles; y al final la pena de muerte se aplica a disidentes políticos: ya ha ocurrido antes). En la lucha por la seguridad pública, por alguna extraña razón, la vida puede tornarse un poco más insegura para todos...

Y este es, más o menos, el panorama en un día gris y lluvioso.

Guatemala
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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