Un bello rincón

Copán Ruinas, 2010


El bus desciende en caída libre por la carretera hacia La Entrada; luego, otras dos horas de locura al volante, disparados en esta cinta de asfalto llena de agujeros. No sorprende que cada día los periódicos amanezcan ebrios de accidentes carreteros, ora culpa de la infraestructura, ora de la cultura. Aún así llego vivo a Copán Ruinas, el pueblo construido junto al antiguo centro gubernamental y ceremonial maya, en medio de una vegetación de mil verdes, a escasos 14 kilómetros de la frontera guatemalteca. Aún en el bus un joven sentado atrás de mí pregunta si es mi primera vez en Copán, y al asentir comienza a darme toda suerte de consejos prácticos, bromeando y saltando de un tema a otro. Al llegar nos despedimos con simpatía, roce de palmas y choque de puños. Los lugareños, lo he descubierto en estos días, son amables, simpáticos, sonrientes, parlanchines. Casi dan ganas de ser humano cuando uno ve esto.

Al instante me enamoro del lugar. El día ayuda, claro: cielo azul intenso, sol vibrante, brisa fresca. Es tarde para ir al centro arqueológico, a un kilómetro del pueblo. El hambre me empuja, ataco una pizza al atardecer, en un vacío restaurante en el centro, rústico techo sin paredes, horno industrial. La algarabía de mil aves resuena de mil maneras, mil tonos, mil variantes. El cielo oscurece, las nubes enrojecen. Pasan los minutos y el alboroto se vuelve enorme, indescrifrable, variopinto (cubre el jazz del restaurante). Los colores se acentúan, la brisa se vuelve más intensa y de pronto todo acaba: el sol, el canto, el viento, y también la pizza. La noche cae.

*

Despierto temprano y salgo a cabalgar por los alrededores de Copán. El guía es un hombre simpático, cincuentón, evangélico (todos parecen serlo aquí) y que habla con soltura de cualquier tema que se le ponga delante. Paseamos durante tres horas por los senderos de la zona hablando de esto y de aquello; los desbordamientos del chocolatoso río Copán, el presupuesto de las escuelas rurales, el consumo de «piedra» entre los jóvenes o el «tráfico» de granos en la frontera: «el frijol, el maíz, incluso el café se pagan mejor en Guatemala que aquí, así que muchos campesinos los cruzan por estos senderos». Luego se aventura a hablar de Mel Zelaya, y en términos sencillos relata algo así: «Es el único presidente que se ha portado bien con los pobres, aunque no todo le salió bien. Duplicó el salario mínimo y enseguida subieron todos los precios; instituyó ayudas sociales que sólo funcionaron mientras él estuvo al mando. Después cometió dos errores: destituir al jefe del Ejército, y querer reelegirse, y ahí empezó todo», cuenta quien me guía por los recovecos de este sitio. Todo lo narra sin moralismo: lo de las drogas, las fluctuaciones del mercado, y critica los errores de Zelaya con el mismo tono con el que habla de sus aciertos. Estamos en medio de la montaña cuando suena una ranchera: es el timbre de su celular, lo oigo preguntar quiénes son los muertos. «¿Muertos?», inquiero cuando cuelga. «Sí ---responde---, aquí la gente bebe mucho y luego pasan estas cosas». Es el ritmo de la vida. Nada más.

Más allá de pobres o ricos, lo cierto es que la sociedad se dividió en dos mitades exactas ante el proceso zelayista y el ulterior golpe de Estado. Tras éste, los precios y los salarios se mantuvieron a la alza, pero las ayudas estatales y foráneas (de Venezuela, sobre todo) desaparecieron del espectro social. El guía cuenta que para colmo Micheletti se robó el dinero de las escuelas que funcionan sábados y domingos y que tan urgentes son en un país donde el analfabetismo sigue siendo elevado y en una zona, la de Copán, donde el trabajo infantil es cotidiano. Copán Ruinas es una población turística y por tanto de relativa riqueza, pero el Departamento del cual es capital es uno de los más pobres del país. La cabalgata por la zona no deja lugar a dudas.

«En las escuelas los padres están poniendo dinero para el almuerzo de los niños, y en las de los fines de semana los profesores están trabajando sin sueldo; por eso los consejos campesinos están discutiendo si toman el centro ceremonial, pues esa es la única forma de que nos hagan caso. El gobierno pierde tanto dinero cuando cerramos el sitio arqueológico que sólo así logramos que el presidente venga y escuche nuestros problemas», se queja, a la vez que aplaude los intentos del nuevo presidente, Pepe Lobo, por conciliar a todas las partes. «Pero es difícil —asegura—, la sociedad ya quedó partida en dos. Nosotros nunca habíamos vivido un golpe de Estado. No sabíamos lo que era eso».

Pasamos junto a una finca interminable, cercadas sus tierras incultas. «Aquí no es como en Guatemala: allá los propietarios de tierras prefieren arrendarlas a los campesinos en lugar de tenerlas improductivas; aquí ponen una cerca y se acabó», continúa el Quijote. «Además, tarde o temprano el gobierno tendrá que expropiar porque toda esta zona esta llena de vestigios. El centro ceremonial es apenas un pequeño pedazo pero en el pueblo, cada vez que se construye una casa aparecen fragmentos de construcciones, estatuillas, hasta entierros». Se calcula que en un radio de diez kilómetros a la redonda está lleno de construcciones de mayor o menor tamaño. Por todos lados, montículos que sugieren lo que se esconde bajo la superficie. Las instituciones hondureñas no pueden hacer frente a la exploración y explotación de esta gran zona. El pasado continúa soterrado.

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Esta es una zona tabacalera, aunque un sistema de cultivos rotatorios limita la siembra de la hoja a períodos de cinco años, y luego otros cinco de maíz, frijol, tomate, chile, y otros cultivos menores. Compro un puro —excelente— y lo acompaño con un Flor de Caña 7 años en la azotea del hotel, viendo el paisaje de montañas. Es justo en esas montañas donde se cultiva el café, otro de los productos típicos de la zona, también con muy buen aroma y sabor. Los turistas se esfumaron tras el golpe, y apenas ahora reinicia el flujo. Un mar de artesanías recorre la región, y una jauría de niños amaestrados ataca al paseante al grito de «¡comprá esto, comprá aquello!», siendo la mercancía más común unas simpáticas muñecas hechas de hojas de maíz secas y pintadas, que se quiebran al menor gesto.

Los niños, expertos en el arte del chantaje emocional, ponen unos ojitos lastimeros a los que es difícil decir No, y si lo haces, reviran: «Entonces regalame una lempira», y si vuelves a decir No, responden: «Entonces regalame dos lempiras», y así sucesivamente. La economía es el arte de la supervivencia, en algunos sitios queda más claro que en otros. Aunque quisiera, no puedo comprar artesanías en cada pueblo que me detengo, en parte por la ya mentada supervivencia económica y en parte porque no puedo cargar más de lo cabe en la mochila. Los turistas, tras estar en un sitio vuelven a casa; los viajeros no. La ruta es el hogar. Pero es difícil decir No.

Luego, tras descansar un rato, camino por la carretera hasta la vieja ciudad maya que el marino y científico español Diego García de Palacio describiera en 1576 de la siguiente manera: «Unas ruinas y vestigios de gran población y de soberbios edificios[…]. Es ribera de un hermoso río y en unos campos bien situados, de tierra de un mediano temple, harta de fertilidad y de mucha caza y pesca. En dichas ruinas hay montes que parecen haber sido hechos a mano y en ellas muchas cosas de notar». Habla también de «ciertas letras que no se sabe que sean».

Pago, pues, los dolorosos 30 dólares de la entrada, y me interno en el pasado...

Copán Ruinas
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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