Tiquicia

San José, 2011


«Bienvenido a Tiquicia», me recibe un viejo amigo tico. El término se populariza como sustituto del formal Costa Rica, mientras los jóvenes ensayan un habla en la que las erres se suavizan imitando las sonoridades del inglés estadunidense, lo que no ayuda a desmontar la percepción general de que éste es un país agringado, imagen que los persigue desde mediados del siglo XX. El hecho de que la clase media sea mucho más sólida que en los países del norte de Centroamérica modela sin duda esta americanización de la que tanto se habla. De todas formas, el mundo prehispánico costarricense tampoco tuvo la riqueza ni el dinamismo de otros pueblos más al norte o más al sur: había pocos indígenas y durante la Colonia desaparecieron casi por entero. Siendo el extremo sur de la Capitanía General de Guatemala, la independencia les llegó por decreto. Tras una breve anexión al Primer Imperio Mexicano se funda la República Federal de Centroamérica, formada por Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua (que incluía la provincia de Costa Rica). La independencia costarricense se concreta en 1848; cien años más tarde estalla una guerra civil y al siguiente año, en 1949, el bando triunfador abole el ejército, ilegaliza al Partido Vanguardia Popular (comunista) y declara que «la Religión Católica, apostólica, Romana, es la del Estado», entre otras cosas. La eliminación de las Fuerzas Armadas, que se decreta para evitar más golpes de Estado, permite el desvío del presupuesto militar al terreno de la educación, cimentándose así la futura clase media costarricense.

«El problema de este país es que carecemos de identidad», comenta un joven profesor de Ciencias Sociales, en un bar clasemediero. Sin un glorioso pasado indígena, ni la épica colonial que da coherencia a los criollos de otros pueblos, ni las grandes revoluciones que animan el ideario de los revolucionarios, la construcción de la identidad nacional se basa en valores de la modernidad, algunos demasiado nuevos y otros aún contestados, discutidos. Discutibles. «No sabemos lo que somos, vivimos de espaldas al resto de Centroamérica y en ciertos costarricenses se da una especie de arrogancia, de chovinismo, incluso de xenofobia», dice sin orgullo. Se refiere, claro, al desprecio hacia el millón de inmigrantes nicaragüenses legales (los ilegales podrían ser medio millón más), desprecio que se ha exacerbado con el reciente conflicto fronterizo por un islote fluvial entre los ríos San Juan y Colorado, que ambas naciones reclaman como propio (y termino de anotar esta frase y me indispongo por la entelequia o absurdismo que he escrito: la nación reclama, la patria dispone, el pueblo manda...).

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Bajo en bus a San José, el núcleo central de la mancha urbana que es la capital del país, atravesando zonas de clase media, casas de una o dos plantas, en general modernas, y algunas salpicaduras de viejas y bellas viviendas de madera aquí y allá. Conforme el centro se acerca al bus las edificaciones de antaño aumentan pero no tanto como para anular el concreto modernismo de esta área metropolitana de dos millones y medio de habitantes. No se encuentra aquí esa gran arquitectura colonial que adorna otras ciudades del continente; aunque el valle comenzó a poblarse a mediados del siglo XVIII, es hasta bien entrado el siguiente siglo que deviene capital. El centro de la ciudad es zona comercial y en las noches se vacía. A pesar de esto, no se siente aquí el estrés colectivo ni el miedo social que se encuentra en otras capitales de la región. No es que todo sea paz y tranquilidad, pero tampoco es aquella violencia que fractura a otras grandes ciudades centroamericanas.

En el centro quedan casas de madera, algunas muy amplias, de dos pisos, enormes techos de dos aguas, siempre de lámina, mientras las «grandes» obras civiles (teatros, estaciones de trenes) son modestas y minúsculas réplicas de sus pares europeos de entonces. No hay aquí espacio para el barroquismo, el clasicismo, ni siquiera para el art-decó, como si la ciudad hubiera saltado del provincianismo decimonónico a los años 50 del siglo pasado. San José no es una ciudad fea, pero se parece a otras ciudades americanas de similar tamaño y modernidad: la construcción prefabricada tiende a ser igual en todos lados, fiel reflejo de la globalización industrial.

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Llego a uno de esos bares que tanto me gustan: más bien oscuro, lleno de viejos huraños y mala música a todo volumen. El local es algo anciano, de madera, larga barra y pocas mesas, desvencijado. Entro mientras un gringo cincuentón se enreda en íntimo abrazo con una local de similar edad, ambos ebrios y ruidosos; a su lado otro viejo meditabundo y cabizbajo, sin soltar la botella de cerveza, ni beberla. El viejo tras la barra me mira con desgano y hace un gesto interrogativo con la ceja izquierda. Pido una Imperial y me instalo en un rincón, libreta en mano:

A veces me pregunto si mi fascinación por los bares de viejos se debe a una suerte de preaceptación del ineludible futuro que me espera, o si es consecuencia lógica de aquel vicio adolescente que consistía en escuchar a los viejos filósofos que ambientaban las esquinas de los barrios habaneros con su dominó, su ron y esa constante habladera de mierda sobre cualquier tema, en particular sobre «esta juventú desesperá», y me miraban de reojo, no siempre con simpatía. Pero aguantaba, todo por el placer de escuchar las historias de esos viejos: sus batallas reales o ficticias, el relato de los valores, las crisis y las crisis de valores que han atravesado a lo largo y ancho de sus vidas. Pero en este bar no hay nada de eso, sino colectiva introspección, silencio social. «Más vale ser un borracho conocido que un alcohólico anónimo» exalta un letrero desde el muro, junto a una decena de fotos de modelos con poca ropa.

El viejo tras la barra gruñe algo sobre los espejismos: «todos hablan de la Suiza Centroamericana pero la verdad es que muchos estamos jodidos, mae», y pasa el paño y me sirve otra cerveza. Aunque los salarios son más altos que en otros países la vida es mucho más cara; por otro lado, la presencia estatal en educación, cultura y proyectos sociales es también más elevada que en el tramo que va de Nicaragua a Guatemala. Las señales de que la vida no siempre es tan amable como se pinta ni la política tan transparente como pretende, se encuentran a cada paso: los barrios que aquí sustantivizan como los precarios, el relato de una violencia urbana ascendente, las recientes noticias de corrupción que embarran a medio mundo, la pronta inauguración del Estadio Nacional, cuya donación por parte del gobierno chino tanto escepticismo despierta.

Aún así, la frase obligatoria en el saludo y en la despedida está llena de optimismo: «Pura vida», repiten todos sin cesar...

San José
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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