Tiburones de carne y hueso

Ciudad de Panamá, 2011


Estaba listo para abandonar Panamá cuando un pequeño proyecto se interpuso en mi camino, y el gozo que me provoca y la posibilidad de ganar unos dolitas extra me retienen un poco más. Además, a qué negarlo, estoy encantado con los amigos y con una capital que, con mucho, me resulta la más agradable de Centroamérica, en buena medida porque el mar abre el horizonte, le da espacio al paisaje, aligera la tensión urbana. A veces me siento a fumar en la Cinta Costera, en el malecón, viendo la marea y pensando en una u otra musaraña. Así escapo de la avenida en la que vivo, donde a ciertas horas se desata un pequeño infierno de cláxones y monóxido de carbono.

Entre la avenida y el mar el barrio se calma; por ahí camino un rato, entre casas de dos plantas y edificios de cuatro. Arquitectura cuadrada, más bien sobria, de los años cincuenta, sesenta, y otras construcciones de los cuarenta y los treinta, un poco más adornadas. De vez en cuando una casa, un hospital, un edificio de un siglo atrás. Nuevas torres de veinte o treinta pisos crecen aquí y allá.

Una erupción de constructivismo afecta a esta ciudad, que se moderniza empujando a los pobres hacia una periferia en constante e irregular expansión. Esas barriadas, asentamientos y poblados, esos puntos, aparecen como los pilares de la futura megaurbe panameña, que imagino como una mancha gorda y amorfa de la que irradian tres largas líneas de barrios y avenidas: una hacia el norte cruzando el istmo hasta Colón, otra hacia el este hasta el Lago Bayano, y la tercera, la más larga, que se extendería hacia el oeste hasta Santiago. Viendo el desarrollo —o desarrollismo— en que se ha embarcado este país no es un escenario imposible, ni siquiera demasiado lejano: «las infraestructuras», después de todo, están en boga; se construyen y planean más autopistas, más aeropuertos, más puentes, más desarrollos urbanos.

Panamá, dicen los que saben, es un negocio boyante.

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El mundo es otro en el área bancaria, con mucho cromo y vidrios polarizados. Alrededor de ésta se concentra el Panamá moderno y rico, los bares y restaurantes de moda, los comercios de marca, los barrios de alcurnia. En toda esa zona se toman no pocas decisiones de capital importancia; se fraguan negocios enormes, con muchos ceros, y se concentran los réditos del tropicapitalismo. Así como hay pobres en El Chorrillo que jamás han salido del barrio, hay también adinerados en Punta Paitilla que no abandonan estos rumbos, ignoran la ciudad entera, la vida en ella. Si unos viven encerrados en la exclusión, los otros se encierran en la exclusividad, de donde «emerge» la clase gobernante, la financiera, la empresarial —el Derecho, el Estado, el Capital...

Se van a la high school a los Estados Unidos, vuelven después de la universidad, y son los que mueven el presente y futuro de una ciudad, de un país, que con suerte conocen en cifras o en postales. En el otro extremo del espectro se encuentra la concentración de la pobreza, de la opresión —de lo opresivo de las condiciones—: el abandono, el crimen. Si en una zona las diferencias las dirimen los abogados caros, en la otra se hace a balazos. No es esta, sin embargo, la violencia o la miseria que se ve en otras urbes de Centroamérica —las zonas ricas de aquellas ciudades tampoco se comparan a esta— y aún así por contraste, el abismo es brutal: geográfico, laboral, social, cultural, educativo, sanitario. Hasta que un día el gobierno les construya un gueto nuevo, bien lejos, los reubique, derrumbe el viejo, y los inversionistas siembren ahí un puñado de rascacielos, a medio millón el apartamento, empleos directos y progreso para todos y todas. En los restaurantes del área bancaria se discuten estos y otros negocios, y yo, acostumbrado a transacciones de diez dolitas finjo naturalidad cuando oigo en la mesa: «No, chico, si diez millones se consiguen fácil», y luego se habla de inversiones de trescientos, quinientos millones, y de cómo se corta el pastel.

«Eso está más allá de mi liga», dice mi amigo el banquero, un cultísimo libertario, jesuita, libanés y matancero (todo un personaje, genuino subproducto de la antigua burguesía liberal, ilustrada, laboriosa y meritocrática). Educado en Chicago, el banquero despotrica contra el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Departamento del Tesoro, los bancos centrales y en general contra toda gran institución financiera («¡Son monopolios!», se indigna con teatralidad). Las conversaciones giran en torno al dinero, a su producción y circulación, a su valor y a su uso; a su desuso. A sus realidades y también a sus ficciones, que conoce bien. Siendo un hombre honesto, no tiene empacho en hablar de las pequeñas triquiñuelas que se tejen en el medio, las ingenuas compinchadas que hermanan al político y al inversor, los transparentes movimientos del capital, su blanqueo y su desvío. Antiestatista y anticorporativista, sueña con otra economía, otra política, y lo discute, lo explica y, hasta donde puede, lo aplica. Lo suyo es la cooperativa...

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Es este un mar de tiburones alebrestados que ponderan las ventajas del tropicapitalismo y las bondades de la corrupción organizada, aunque no en voz muy alta. Las comisiones mueven la política económica y social del Estado y el gobierno distribuye contratos a conveniencia, siempre por el bien del país. Se favorece en todo a la gran corporación, y el microempresario, o el mediano, que pague más impuestos y se endeude más con las grandes corporaciones crediticias y aseguradoras. Por si fuera poco, una curiosa ley proteccionista obliga a contratar a diez panameños por cada extranjero que labore en una empresa dada, condenando así al panameño a ser empleado del extranjero, y no su patrón, pues el extranjero tiene entera libertad para registrar una pequeña o mediana empresa, y ser contratador, pero no para ser contratado con igual libertad por su equivalente panameño. Esta ausencia de verdadera competencia de capacidades y conocimientos entre nativos e inmigrantes —esta falsa seguridad—, arruina en cierto modo la cultura laboral, la calidad del trabajo. Lo que en verdad está protegiendo el Estado es que el 65% de las empresas panameñas sean propiedad de extranjeros, y sólo protege al trabajador manteniéndolo en una misma condición, sin posibilidad de competir con sus iguales, de aprender, de avanzar, de contratar o ser contratado según dicte su soberana necesidad. El Estado interviene, sí, pero no donde en verdad se requiere su participación: sus propias instituciones e infraestructuras educativas, sanitarias y culturales simplemente no están a la altura del «desarrollo» que se presume o inventa aquí, ni gozan de los recursos que esta economía dinámica, con el Canal como constante fuente de ingresos, produce de sobra.

Por eso los tiburones sonríen ante este estado de las cosas y los individuos.

Ciudad de Panamá
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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