The others

Isla de Ometepe, 2011


Siempre he admirado a los migrantes. Comprendo la fuerza que hay que tener para abandonar lo que uno conoce y ama y lanzarse, impulsado por la necesidad, a explorar otros mundos en busca de sustento, de oportunidades de trabajo, de escuela para los niños. El migrante, como leí en algún sitio, es un cosmopolita involuntario, alguien que se nutre del mundo no porque así lo desee, sino porque el propio mundo lo obliga a ello. El migrante abandona todas las certezas (incluyendo las del hambre y la miseria) a cambio de todas las incertidumbres posibles, siempre que éstas sean, de un modo u otro, esperanzadoras.

Pero así como admiro al desesperado que se lanza al mar o se interna en el desierto en pos de un real o ficticio mundo mejor, admiro también, y mucho, al primermundista que abandona no sólo las presiones y el estrés de la vida en la sociedad desarrollada, también sus beneficios y comodidades. Deja atrás un «buen empleo» con un buen salario, quizá un lindo apartamento y un automóvil de moda (y bares modernos, ropa de marca y restaurantes caros, supongo); reniega de su pensión y del seguro social, se aleja de la familia y de la tribu, y todo para venir aquí —cualquiera que sea el aquí—, al último confín del mundo civilizado. Abandona el cuadriculado orden de la seguridad para adentrarse en la interminable e insegura espiral del caos, y a ese gesto algunos lo llaman ser libre —o, grandilocuentes, libertad.

Un amigo belga, en San Juan del Sur, comentaba acerca de las ganas de «los locales» por irse a vivir a Los Estados o a Europa: «No tienen idea de la agradable vida que llevan y de lo libres que son aquí, aunque no tengan muchas de las “libertades” que a nosotros “nos garantizan”», entrecomilla; y tiene razón, pero no puedo evitar revirar que tienen que ir para descubrirlo, «tal y como tú tuviste que venir para comprender que no eras tan libre como pensabas» (es inevitable, al otro lado del espejo sólo está el reflejo, uno mismo pero al revés. Eso es la frontera: ser yo de aquel lado, con suerte a la inversa de lo que aquí soy). Además, estos chicos quieren ir en busca de trabajo y dinero, mientras que el belga —quizá yo también— huye, no del trabajo ni del dinero, pero sí de una vida que parece reducirse a producir capital y gastarlo. La vida moderna, desde luego, es mucho más que eso, pero a veces parece estrecharse, replegarse en sí misma, sobre todo cuando uno siente, perdón por la abstracción, que no es libre.

Cualquier cosa que eso signifique.

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A lo largo de mis tiempos, en diferentes espacios, he convivido tanto con migrantes involuntarios como con expatriados y apátridas de distintas latitudes. La extranjería no me es ajena —lo he dicho antes—: soy ciudadano de Extranjia y como tal gusto de reunirme con mis compatriotas también. Pero a la vez siempre he sido un local, un nativo, en el sentido de que disfruto insertarme en la cultura que me da cobijo, quizá no para ser parte de ella pero al menos sí para comprenderla y moverme con cierta soltura en su marea. Si a veces no encajo del todo no es por decisión ideológica, sino por esa incapacidad mía para cumplir con ciertos rituales colectivos que en verdad bien poco me interesan, sean occidentales, paganos, comunistas o extraterrestres; por eso, pienso, de un modo u otro me siento cómodo en compañía de otros desencajados, sean locales o extranjeros.

Decir «soy extranjero en mi propio país» es mucho más que una frase; indica no enajenación sino una cierta ajenidad respecto a la sociedad a la que uno debería pertenecer per se. Un extrañamiento mutuo se produce entre ese «antisocial» y aquellas buenas conciencias sociales que saben a ciencia cierta cómo debemos ser, pensar y actuar todos los demás. A qué debemos aspirar. Y un día uno se harta de todo eso y parte en busca de otro espacio, de otro contexto, sólo para descubrir que toda sociedad tiene sus propias reglas, sus propias taras, sus propios vicios y virtudes y bajezas y delirios de grandeza. Aún así, de algún modo es preferible sentirse ajeno a una cultura otra que a la propia: la primera opción quizá provoque curiosidad, la segunda tan sólo produce hastío, desolación y algunos buenos chistes que por desgracia nadie más comprende...

 

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«Me avergüenza cuánto saben los demás de mi país y cuán poco sé yo de los suyos», ha escrito el rapero alaskeño en su cuaderno de rimas. Está consciente de las limitaciones que impone ser ombligo del mundo, policías y censores de un planeta que no pueden ni quieren entender —el relativismo funciona siempre en beneficio propio, casi nunca para bien del otro—. Salimos a caminar por el pueblo cercano a la finca y me ve saludando a todos a nuestro paso: «Es curioso —dice—: los gringos caminan por ahí con sus poker-faces sin decir jola ni nada. I mean, in the States, si tú saludas a la gente en la calle te miran como si fueras un freakin' loco, you know? —y luego sentencia con el cantadito que ha adquirido aquí—: ¡Eso no bueno!». Es un chico curioso, interesado por las plantas y las gentes, el planeta y el universo. Alguien que de verdad se esfuerza por comprender su entorno, el mundo al que también, a pesar de sí mismo, pertenece (el aislamiento es brutal, no es fácil vivir sintiéndose amenazados por el planeta entero, temiendo lo que hay más allá de sus fronteras): «Mis amigos told me: “Don't go to Nicaragua, ellos ser communists y no gustan gringos”, and I'm here», dice con orgullo y provocación, en ese particular espánglish que aprende cada día y que yo practico con él. Luego suelta su nueva frase preferida: «¡A juevo!», dice, jotificando la hache.

Pero hay también otros gringos (no sólo americanos sino extranjeros en general) que llevan años viviendo aquí y apenas hablan español y desprecian —primero en el sentido de querer ignorar, luego en el otro— la vida que transcurre a su alrededor y que podrían estar disfrutando right now. Pero se quejan de todo y hablan mierda todo el día y en la noche, ya ebrios, se indignan: «People no querer me!», y lo único que se me ocurre murmurar es: «pero bot of cors que no, moderfóquer», y me voy, porque yo también estoy ebrio y también sé decir estupideces cuando lo estoy: «Give peace a chance», me despido haciéndome el hippie, cuando en verdad lo que quiero es desatarle, no tres, sino cuatro Vietnams al hijueputa en cuestión.

Y hay otro grupo, no tan abierto como el de los curiosos ni tan cerrado como el de los despectivos pero, sean laicos, religiosos o ateos, vienen siempre a predicar, a evangelizar, a enseñar, y nunca a aprender. La razón —sea espiritual, ideológica, artística o científico-técnica— los acompaña siempre, está de su lado y anima y dota de coherencia sus palabras e ideas, por estúpidas que sean.

Así, con modestia, aspiran sólo a una cosa: que los locales aprendan de ellos.

Finca Zopilote
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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