Entro a un bar y suena música romántica. Doy media vuelta y me largo, apenas cruzado el umbral, ante la atónita mirada del dueño. Entro al del al lado, donde la música es otra (cualquiera, da igual) y pido una coca-cola. Lo sé, es un gesto en extremo nihilista ir a un bar cuando se está atiborrado de antibióticos; tengo, empero, una buena excusa: busco al peruano loco. Es su cumpleaños. Me dejó un mensaje. Se ha impuesto, siempre tan sacrificado, dos días de borrachera nacional. Me pide que lo acompañe.
Lo encuentro al mediodía, en un bar despojado de sordidez. Tiene una cerveza en una mano y un libro en la otra. Ya lo leí. Es la historia de un ex policía marsellés de origen vietnamita, especializado en lucha contra el crimen organizado, trata de blancas, secuestro, asalto bancario, terrorismo. Un verdadero enamorado de las armas y del ejercicio de la violencia. Casi un esteta de la brutalidad policial (en la portada aparece con una pavorosa Magnum apuntando hacia el lector). A la vez, el tipo proviene de uno de los barrios populares de Marsella y porta esa solidaridad que lo une a «los suyos»: No puede evitar reconocerse en el criminal al que persigue, estableciéndose lazos que pasan por lo afectivo (común infancia y juventud en un entorno en el que hay que abrirse paso a golpes) y terminan en la frontera, para él indisoluble, inconfundible, entre el Bien y el Mal. Y en esa frontera se acaba todo, normalmente a balazos. Se trata, en efecto, de un ser refractario a toda idea que no sea la del orden por la fuerza. Entre sus grandes orgullos se encuentra el haber luchado en África contra los independentistas argelinos; él, hijo también de una antigua colonia francesa. Se consuma así el ciclo perfecto de la «integración», cuando los hijos de los inmigrantes luchan por la Patria contra aquellos que quieren liberarse de ésta.
Los ejércitos y policías del mundo se han nutrido siempre de inmigrantes. Las armadas griega, cartaginesa o romana estaban compuestas por soldados y mercenarios de todo el mundo conocido. En la policía fronteriza norteamericana apellidos como Sánchez o Ramírez son habituales, y ni hablemos del ejército, vía segura para obtener la naturalización y estudios superiores. Tampoco es raro el fenómeno de inmigrantes legales y bien adaptados que apoyan leyes contra la inmigración ilegal y desadaptada. En Europa lo he visto más de una vez, incluso con viejos amigos venidos de lejos. De pronto, para no pocos ex inmigrantes (ya no lo son, ya no se sienten como tales) la inmigración se vuelve un problema, algo que turba la tranquilidad adquirida y quizá también su estatus. Ya han recorrido el largo y difícil camino de la integración (aprender el idioma, las leyes, los mercados) y se han ganado por tanto el derecho, real o imaginario, a despreciar al recién llegado. En ese instante, cuando el inmigrante teme al fenómeno que le dio origen, se llega al clímax de esta histeria contagiosa contra el libre tránsito de los trabajadores.
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El peruano, como todos en esta ciudad, es seguidor del Olympique de Marseille. Por solidaridad lo acompaño a ver el partido en un pequeño bar propiedad de un egipcio, frente a la comisaría de la Policía Nacional, en la Avenida Garibaldi. El sitio me gusta por subversivo, no por bonito: es uno de los pocos bares en cuyo interior aún se puede fumar, a pesar de la estricta prohibición reinante en todo el territorio nacional y buena parte de la Unión Europea (y tal y como van las cosas, me temo, la prohibición total del tabaco está próxima). Comienzo a preguntarme qué clase de hombre es el propietario de este sitio para que la policía lo deje en paz, a pesar de los escasos cuarenta metros que los separan. El único gol del partido me distrae de mis pensamientos. Todos gritan a la vez, aplauden, brindan. El bar está lleno de gente de distintas edades, razas y condiciones. Me pregunto si lo que los une es el fútbol o un equipo, el Olympique, que como ellos conforma un mosaico multicultural, retrato de la composición de esta ciudad heterodoxa y amorfa. Un somero repaso a los nombres de los jugadores marselleses me dice que entre el terreno y el banquillo no hay más de tres o cuatro franco-franceses: el resto, magrebíes, subsaharianos, sudamericanos...
El fútbol, junto con el rock, es uno de los grandes relatos de la globalización. Ambos llenan estadios, templos por antonomasia de la cultura del espectáculo; los grandes equipos, como los grandes grupos, tienen fans en cualquier parte del planeta. El Arsenal, el Barça o la Juventus son tan conocidos como Led Zeppelin o Rolling Stones. Los futbolistas se vuelven modelos, no de virtud o sobriedad como quisiera la mojigatería deportiva, sino de ropa y automóviles, que son mucho más rentables. Son estrellas del mundo del espectáculo, aparecen en los sitios de moda, en las portadas de las revistas «del corazón» y tal y como le ocurre al roquero, deja de deberse a aquello que le da origen (el fútbol, el rock) para pertenecer, de ahora en adelante, al «público», que no es más que la «masa» ideologizada por el mercado. Pero en el fútbol, a diferencia de lo que ocurre en el rock, se adora al equipo per se, sin importar quién lo integre. Un fundamentalista futbolero puede cambiar de oficio, de partido político, de religión, de pareja, de hábitos y desde luego de gustos musicales, pero jamás cambiará de equipo aunque su equipo cambie cada año de jugadores. Gane o pierda siempre lo apoyará, como se hace con un buen amigo, aunque en esta relación entre el público y la institución, me parece, el eje no es la amistad.
Por eso, al terminar el encuentro, cuando veo la felicidad de la gente en este bar, me pregunto qué es eso que los hace reaccionar con tanta vehemencia, de dónde proviene tanta alegría si en rigor sus vidas no han cambiado un ápice en los últimos noventa minutos. Pero lo pienso mientras sonrío, integrándome discretamente al júbilo generalizado. Y quiźa sólo sea eso, la más elemental necesidad de pertenencia. Compartir un triunfo, aunque sea ajeno.
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A estas alturas, debo admitirlo, mi tratamiento de antibióticos se ha ido al carajo, sustituido por el vino barato del bar y los deseos de festejar con mi amigo, ahora que ha decidido beberse el mundo en un instante. Es normal, en rigor los cumpleaños no se celebran; se exorcizan o se ahogan en alcohol para olvidar que otro año ha pasado en la más absoluta inutilidad.
Pero esto último, claro, no lo digo en voz alta. No sería solidario.
Marsella
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