Sociables antisociales

San José, 2011


Las últimas semanas han sido de encierro, en parte por la pérdida de la tarjeta pero también por la necesidad de leer, escribir y descansar de la excesiva socialización a la que a veces me someto. Siempre he sido «amiguero», pero soy también un fiel amante de la soledad y el silencio, y así como disfruto de la tribu, me placen los instantes en los que estoy conmigo mismo. Siendo adolescente, lo recuerdo bien, pasaba largas etapas en compañía de mis compañeros de aventuras y otras en las que no abría la puerta ni contestaba el teléfono ni salía de casa. Esta búsqueda del equilibrio entre el animal social y el individuo aislado es indispensable para no estropear mi zenitud —o como quiera que se llame la calma con la que finjo vivir.

Ahora que las comunicaciones son instantáneas y transnacionales, mantenerse en silencio se vuelve un poco más difícil o, en todo caso, más descortés, pero lo cierto es que tengo temporadas en que ni el correo electrónico reviso: el videófono (ese sueño de la ciencia ficción) yace apagado en el fondo de la computadora e ignoro por entero las redes sociales. Son etapas, claro, en que debo restringir la sociabilidad en aras de tener más tiempo para mí, mis lecturas, escrituras y proyectos. Pero no estoy solo (en un sentido profundo no lo estoy jamás): las últimas semanas las he pasado en casa de buenos amigos, gente que respeta mis neurosis y mis extraños horarios, así como mis silencios y mis desatinados ataques de verborrea. Ese respeto, quizá, es el más difícil de encontrar.

Y de ejercer.

*

Hay días en que me parece que nuestra cultura teme profunda y horrorizadamente al silencio y la soledad. Tengo entonces la impresión de que hablar por hablar es signo de buenas maneras, de integración social y hasta de salud mental. Banalizadas, las ciencias del comportamiento se empeñan en denunciar al retraído, al introvertido, como elemento sospechoso de sociopatías varias. El cine para adolescentes (y no sólo ese) habla de un ser popular vacuo y parlanchín, aterrado ante la idea de detenerse a pensar. La televisión está llena de entes que parlotean de nada con la convicción de decirlo todo; se expresan con grandes gestos, tono urgente, imperioso —«¡haga esto!, ¡compre aquello!, ¡ore aquí!, ¡vote allá!, ¡crea en mí!, ¡llame ya!»—, sin que quede claro por qué habría de seguir semejantes ordenanzas (¿necesito de verdad un intermediario para lidiar con un dios omnipotente y omnipresente?, ¿o un representante que se rasca los cojones en la cámara y cuando alza la mano es para aprobar leyes que me afectan?, ¿o una verdad que se opone a la realidad? ¿Necesito, en definitiva, comprar aquello que no necesito?).

La voz en mi cabeza parlotea sin cesar. No importa si veo una comedia tonta, si estoy en la ducha, lavo los platos o leo el periódico. Incluso cuando con distracción y ausencia miro el techo o el horizonte murmura insistente. Recuerdos, sueños, ilusiones, proyectos, orgullos, vergüenzas, temores, amores, ausencias, conversaciones, lecturas, músicas y películas se mezclan en ese interminable monólogo interno empecinado en conectar puntos en el espacio, y al instante me distraigo. Escribo sobre un tema y recuerdo otro, eso me lleva a pensar en algo más (busco en mis archivos, en la red, en lo que tenga a mano) y por último olvido qué estaba escribiendo. Sé que el parloteo externo me irrita cuando no logro controlar el interno; quisiera entonces apagar la voz en mi cabeza aún si sé que dependo de ella, que sin su habla, o más bien, sin la abstracción de esa habla, soy nada. Gracias a ella me intereso en lo que me rodea y lo expreso; la voz me hace preguntas y me obliga a buscar respuestas. Es justo en la búsqueda de esas respuestas que tropiezo con el parlotear ajeno...

*

«You are a broken toy, aren't you?», afirma preguntando una voz en el televisor. Mi amigo se voltea y dice: «Asere, estoy hecho un antisocial de pinga», y continúa viendo la tele. Respondo que yo también, y vuelvo al parloteo escrito. Hablamos de los temas más variados y compartimos largos ratos de silencio. Con su esposa ocurre otro tanto y con el otro amigo que vive aquí también. Todos tenemos opiniones tajantes en torno a esto o aquello y aún así la conversación fluye siempre de manera agradable. No hay silencios incómodos porque el silencio no es una incomodidad. Sabemos hablar a solas también.

Recuerdo haber leído en algún sitio que la soledad no consiste en estar solo, sino en estar rodeado de seres con los que no se puede hablar, intercambiar, compartir. Otro autor, guerrillero setentero, centroamericano, decía que lo peor de la cárcel no era la soledad, sino la total ausencia de ésta cuando se pasan varios años en una celda compartida: «no estás solo ni cuando cagas ni cuando te masturbas», decía. Rubén Darío, por su parte, se jacta ante una dama: «Tengo una soledad / tan concurrida». Luego, leo un titular en una revista de interés general: «La soledad: un mal de nuestro tiempo»...

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Parloteo por escrito como otros lo hacen en voz alta (así, sin decir nada); me pongo los audífonos y sigo el parlotear de un trovador. A ratos abro un libro que parlotea en torno a teorías del lenguaje y cosas por el estilo. En el supermercado de al lado, un hombre parlotea las ofertas del día a través de un amplificador. En la calle, los taxistas parlotean a gritos.

Pero ya nada de eso me molesta. Gracias a mis amigos —al refugio que me brindaron — estoy listo para enfrentarme al parloteo de allá afuera, de la frontera, del llegar a un nuevo sitio. Ahora puedo hundirme una vez más en el mundo de los altoparlantes, de los que parlotean en bares, mercados y oficinas. Necesito un buen parloteo de esquina, escapar del encierro en mí mismo. La sociedad me sigue pareciendo un ruidoso camposanto (Disneylandia llena de zombis) pero, por alguna extraña razón, ahora necesito revolcarme en su miasma verbal, en los detritos que produce su habla. A fin de cuentas, también soy subproducto de ese parloteo, deposición del lenguaje escrito.

Descubro entonces que he recuperado el optimismo, las ganas de vivir en medio de esa mierda, el gusto por el tedio de la sonrisa y las frases amables e inodoras, y me pregunto si me estoy volviendo masoquista o simplemente humano.

Demasiado poco humano...

San José
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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