Santa semana

San José, 2011


De pronto se hace la calma. Voy al supermercado y la avenida, hace unos días infernal en su tráfico, aparece desolada, vacía de autos y gentes. Ni un alma en la ciudad; los piadosos cristianos peregrinan hacia las playas a celebrar la tortura y asesinato de su Rey («no murió por nosotros —nos recuerda Cioran—: lo mataron, que es diferente»). Volví a San José a visitar a mis amigos, pero también a descansar de la playa, sabiendo que en estos días se llenaría de turistas nacionales y extranjeros.

Enciendo el televisor y la programación «especial» es exactamente la misma que todos los años anteriores, con la imprescindible Ben-Hur en medio de una retahíla de peliculitas menores más cercanas a la comedia involuntaria que a la seria tragedia del señor de los clavos. En cualquier caso, tengo un buen paquete de libros pendiente de lectura, y algo de trabajo acumulado, así que me desentengo de la tele y su catódica religión sin misticismo ni fe. Antes de apagarla, un canal de noticias me atrapa, transmitiendo los pormenores del congreso del Partido Comunista de Cuba, en el que por supuesto, nada sustancial parece pasar...

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Me encierro a trabajar. Mis amigos se asustan porque nunca me habían visto en uno de esos ataques en los que no me despego de la computadora en tres días con sus noches. El código cibernético me fascina, sin religiosidad pero quizá con la misma pasión con la que otros se adentran en la Torá. Leer un manual de cualquier lenguaje, script o markup, me abstrae del «mundo real» con esa mezcla de absoluto y fantástico que es el código, resultando en una verdadera revelación la comprensión de las ocultas funciones de un programa, los extraños caminos del lenguaje, la oscura verdad de las variables matemáticas. Si la computación se ha convertido ya en una suerte de segunda naturaleza, conviene comprender sus leyes, desde las elementales hasta las más complejas. Como ocurre con la física y la química (por decir), entender sus generalidades no vuelve a nadie físico o químico; con la computación ocurre lo mismo: no soy ingeniero ni programador pero su virtualidad me interesa tanto como la otra realidad, la que se esconde allá afuera entre matorrales y edificios de concreto.

Mi amigo, mientras tanto, juega a ser piloto de combate con su consola de penúltima generación, blasfemando como un genuino guerrero, con mil piruetas en ese cielo virtual plagado de virtuales aviones. A ratos me quedo mirando la pantalla como si viera una película, en parte por la bien lograda imitación del realismo que los programadores consiguieron, y por lo bien que juega mi amigo, quien lleva varias semanas celebrando su cumpleaños 42 sin soltar los controles, pues la infancia no envejece.

Pero los videojuegos son fascinantes no sólo por el nivel gráfico y sonoro que han alcanzado en la última década, sobre todo por la compleja jugabilidad que exigen y por esa, no imitación de la realidad, sino franca imitación del cine. La secuencia inicial, la presentación de la historia y de los personajes, la acción que se desarrolla en ese espacio de falsa tridimensionalidad, los cambios de cámara y la enorme banda sonora: todo remite a las mejores cintas de guerra. La historia se desarrolla misión tras misión hasta que el jugador cambia de bando al descubrir que estaba luchando «con los malos». Ese vuelco es también cinematográfico. Entonces mi amigo termina la misión y yo logro retomar la escritura.

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Disfruto del semivacío de las grandes ciudades durante la Semana Santa; que el fervor se traslade a otros sitios devuelve algo de la calma perdida con el progreso y la contaminación, el ajetreo laboral y estudiantil y los desmanes delincuenciales. De pronto al ciudad parece un lugar de descanso y no el centro económico, social, político y cultural que en verdad es. Despojada de su estrés, la urbe se relaja, desaparece el ruido habitual a ella y se puede caminar sin miedo a morir aplastado por la multidud en una calle peatonal, o atropellado en el cruce de dos avenidas. Es como un largo y consistente domingo.

Me dedico a leer artículos y correos sobre el proceso de «renovación del socialismo» en Cuba y bostezo, no porque el tema no me interese, sino porque he escuchado el mismo cuento cientos de veces. El fortalecimiento del capitalismo de Estado y la continuidad del férreo control político no son novedades; se trata del mismo proceso que comenzó con la caída del bloque soviético a principio de los años noventa y que desembocó en el actual modelo de economía mixta, «planificada y descentralizada». No es que esperara otra cosa del mentado congreso, pero es del todo decepcionante que el tema acuciante de la economía cubana no se haya siquiera abordado: la abolición de la doble moneda.

Luego, aburrido, pongo algo de rap cubano: «Contrarrevolucionario, ese es el nombre que me han dado por ver, oír, pensar y no quedarme callado»...

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Fue alrededor del siglo V cuando se estableció la actual fecha para la Semana Santa. Hasta entonces, las distintas comunidades cristianas lo celebraban de acuerdo a su propia cuenta o conveniencia, hasta que se impusieron las reglas elementales (la Pascua debe celebrarse en domingo y de ninguna manera puede coincidir con ninguna celebración judía) que dieron lugar a esta fecha pagana: el Señor resucitó el primer domingo después de la primera luna llena después del equinoccio de primavera, según me parece entender.

Crecí en una familia atea, de modo que nuestro único interés en las fiestas religiosas se limitaba a su estrecha relación con vacaciones y días feriados, pero en verdad nunca comprendí cuándo se celebra qué, ni por qué. Algunas cosas las he comprendido siendo adulto, otras no las entiendo ni las entenderé jamás. En todo caso, este tipo de fiestas han perdido en buena parte del mundo su profundo carácter religioso, quedando sólo el ocio, que desde luego me gusta más. El resto es historia, o al menos eso asegura la Biblia.

Entonces, desesperanzado por mi incapacidad para comprender tan complejos temas, me hundo en un manual de programación con la pírrica certeza de que esas escrituras sí las entiendo, quizá porque están siendo escritas por humanos a lo largo y ancho del orbe, sujetas a constante verificación, transformación, a novedades cotidianas. En computación, al menos, todo puede ser comprobado: si un pedazo de código promete un milagro, éste debe ocurrir al ejecutar el script. Si nada pasa, el programa es una mierda y se desinstala del disco duro.

Así de simple.

San José
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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