Santa Rosa

Santa Rosa de Copán, 2010


El trayecto a la frontera dura poco más de tres horas, que recorro de pie por cederle mi asiento a una mujer con bebé (no sin maldecir la educación que me dieron mis padres, ni el hecho de ser el único idiota en el bus capaz de semejante gesto). Arribo al confín cuando ya ha oscurecido; considero poco prudente adentrarme en territorio ignoto en plena nocturnidad, y busco un sitio donde dormir. Mundano, un letrero advierte que «tener relaciones sexuales con menores de edad es un delito que se paga con 14 años de prisión». Tomo nota y entro solo a la habitación. El viejo que atiende el negocio me dice con orgullo que «aquí no hay violencia ni nada de eso»; le agradezco el comentario y salgo a cenar. Sólo tengo un billete de diez dólares, y como este tipo de poblaciones en medio de la nada se mueven con una microeconomía nada envidiable, debo recorrer todos los comercios de la zona en busca de «sencillo», hasta que consigo cambiar en el billar. Ceno con frugalidad y duermo doce horas seguidas.

En la mañana abordo un mototaxi hasta «el otro lado», y en el puesto fronterizo de El Poy el guardia me bombardea con preguntas al ver mi pasaporte: «¿naciste en Cuba, eh?», como si fuera un delito tal eventualidad: «¿qué hacés aquí, quién te paga, a dónde vas, cuál es tu itinerario?», y como lo único que sé es que nunca sé a dónde voy, ni a qué, ni por qué, tengo que inventar un recorrido sobre la marcha. Me parece correcto vagar sin ideas preconcebidas, o al menos dispuesto a que la realidad las destroce y reorganice en cualquier instante. Quien viaja para confirmar una tesis o una ruta viaja a medias, pues tendrá que ignorar todo aquello que resulte molesto a la «integridad» de sus planes o ideas. Los manuales y el nomadismo no suelen llevarse bien. Las guías de turistas no funcionan cuando uno se mueve al azar. No sé cómo explicarle esto al policía.

Aún así apruebo el examen de admisión (pago el importe correspondiente) y a partir de ahí todo es sonrisa y buena disposición. Cruzo y tomo un taxi a Ocotepeque, la ciudad más cercana a la frontera y desde donde salen los buses hacia el interior del país. En el camino le pregunto al taxista cómo les fue por acá con lo del golpe: «Aquí estuvo tranquilo —dice—, como si no hubiera pasado nada. Todo estuvo allá en Tegucigalpa, en San Pedro Sula, pero aquí no hubo nada», responde sin dejar de mirar al frente. Luego calla, y como comprendo que no hay nada más desagradable que un extranjero preguntón, callo también. Quince minutos más tarde llegamos a la terminal y compro un boleto a Santa Rosa de Copán, a unos 1200 metros sobre el nivel del mar, en medio de las montañas del Occidente del país.

*

Es mediodía cuando llego al centro de Santa Rosa, una ciudad rural que combina a plenitud la arquitectura de ambos mundos y cuyas calles suben y bajan siguiendo los accidentes de la geografía. El clima es fresco y agradable, una bendición tras el atronador calor de El Salvador. El primer ser —o artefacto, o algo— con quien entablo conversación es un borrachín mañanero que sin ambages ni mentiras dispara: «Oye hermano, déjame cinco lempiras que necesito echarme un trago» (prefiero eso a la hipocresía aquella de «no he comido en tres días, o mi hijo está enfermo» cuando lo cierto es que los ojos de un alcohólico son de una transparencia insuperable): le dejo unos billetes y a cambio lo bombardeo con preguntas. Ni él, ni nadie con quien haya conversado, dice mucho sobre el golpe de Estado: «la verdad yo no entiendo lo que pasó», es la respuesta más común. Como si la política fuera ajena a la polis, al menos en esta civitas.

No hay muchos fuereños por aquí, recorro a pie los pocos hoteles: uno anuncia ser VIP pero ni soy una persona muy importante ni estoy dispuesto a pagar para que se me considere como tal. Luego encuentro otro que me agrada aunque sigue fuera de mi presupuesto —descubro que el alojamiento es mucho más caro que en los países vecinos—, hasta hallar un sitio sencillo, no muy barato pero accesible, en cuya esquina hay una funeraria llamada sin humor La universal.

Salgo a comprar cigarros y descubro con horror que en ninguna de las tiendas del centro venden tabaco o cerveza (ni hablar de otros alcoholes). Le pregunto al chico que me atiende, y balbucea algo de una ordenanza municipal, sin que pueda explicar cuál ni por qué. Es más probable, pienso, que la culpa la tenga el maldito cristianismo que domina en estos lares. Providencialmente, el centro es pequeño y unas pocas cuadras más allá es posible obtener todo lo que uno requiere para encerrarse a trabajar. La prohibición, en todo caso, no impide que uno tropiece con borrachos en las esquinas céntricas, alguno desplomado en la acera. Desde luego, los bares operan con total tranquilidad. Los impuestos, al fin y al cabo, regulan la vida en común.

*

Recorro la noche hasta encontrar a los metaleros locales, inconfundibles con sus ropas negras, pinchos plateados y t-shirts de Impaled Nazareth, Godflesh y Brujería, entre otros. Me instalo con ellos en su esquina, donde venden parafernalia relativa a la refinada ideología del metal. Hablamos de política, drogas, sexo, y también, con harta sensibilidad, de las bellezas naturales de esta tierra. Así, me cuentan que Mel Zelaya es un burgués quizá con buenas intenciones; que no hay mucha hierba circulando en Santa Rosa, ni de buena calidad; que aquí las chicas son un poco reacias pero que en la costa «lo dan todo» (esto narrado con el finísimo lenguaje que caracteriza al metalero), y me aconsejan también que visite playas y valles de connotada hermosura: «Lo único que vale la pena en este país es el país mismo; aquí lo que no es naturaleza es una mierda», dice uno de ellos, aunque insiste en sentirse orgulloso de ser hondureño. Yo, que desconozco el orgullo nacional, me limito a asentir como si de verdad comprendiera de qué diablos habla.

¿Y la policía?, pregunto. «Ah, aquí la licencia de conducir es el billete de 50 lempiras», responde uno. «Sí —dice otro—, pero hay sitios donde son bien militarizados. Yo soy de San Pedro, allá te gritan de una acera a otra: “Eh, vos, parate ahí. ¡Papeles!”, y te tratan, cabal como si fueras un trapo», comenta sonriente, sombrío... y no puedo evitar pensar que hay cosas que jamás cambiarán.

Nos despedimos, me voy a echar un trago a un bar muy fresa, con salsa y música pop, porque sólo ahí he encontrado el ron que me gusta (bebo una copa; la música ahuyenta). Luego, cuando avanzo hacia el hotel lo hago con la certeza de que no voy a encontrarme en el camino con turistas ni con mareros, y ni siquiera recuerdo haber visto a un policía en la noche. Es, decía, una ciudad tranquila, no del todo vacía.

Temprano, empero, me voy a la terminal. Ya veré a dónde me lleva el bus.

Santa Rosa de Copán
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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