San Felipe

Hasta aquí. San Felipe del Agua, 2010


Era éste un pueblito en las afueras de la ciudad, con calles de piedra y casas de adobe, rodeado de tierras de cultivo, en la ladera sur de la montaña. La mancha urbana se extendió hasta el pueblo; un día los campesinos comprendieron que sus tierras eran más rentables construidas que cultivadas, y en lugar de hortalizas sembraron casas. Mucha gente compró tierras aquí; no hacía falta ser rico para ello, ni había agencias inmobiliarias de por medio, y el Comisariado de Bienes Comunales resolvía cualquier posible conflicto. Poco a poco el pueblo se llenó de artistas, intelectuales, hippies y jóvenes empresarios dispuestos a darse una buena vida lejos del mundanal ruido. Luego llegaron más empresarios, políticos y, según cuentan los que saben, uno que otro narco. En consecuencia, la modestia pueblerina dio paso a mansiones amuralladas, no del todo hermosas, y por las estrechas callejuelas comenzaron a circular autos de lujo conducidos por gente bien, modestos Volkswagen de los ochenta y burros cargados de madera o maíz.

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Es un pueblo variopinto, donde conviven diversas clases sociales y culturales, ignorándose mutuamente. El control político-administrativo lo detentan los nativos (así se llaman a sí mismos), mientras los avecindados carecen del derecho de participación. Las elecciones locales se resuelven mediante el sistema de usos y costumbres, sin partidos políticos ni voto secreto, en asamblea pública. Son unos mil quinientos los nativos en edad de votar; en una buena asamblea participan novecientos o mil. La asamblea elige tres candidatos; el que más votos obtenga se convertirá en agente municipal, el segundo en secretario y el tercero en tesorero. La asamblea puede anular una elección y repetirla incluso con otros candidatos; la asamblea puede destituir a un agente municipal si su actuar atenta contra los intereses de la comunidad; en la asamblea participa todo nativo mayor de edad que desee hacerlo. Hace algunos años, por ejemplo, sacaron a rastras a un agente municipal. De hecho, por poco lo linchan.

La organización comunal descansa sobre el tequio, la palabra náhuatl que designa al trabajo voluntario (en realidad tequiotl, derivada de tequita, trabajo). Los candidatos a agente municipal son elegidos entre aquellos que más activamente se entregan a las actividades comunitarias, y todo, absolutamente todo, se organiza mediante este voluntariado obligatorio, que es el eje de la vida en común. Las festividades religiosas se organizan con tequio; si hay un desastre (incendio, terremoto, plaga) se resuelve mediante el tequio; los caminos y las fronteras se trazan con tequio, y en la construcción de los espacios comunes (la sala de fiestas, por ejemplo) el trabajo está mediado por el tequio. Quien no hace tequio carece de derechos en la comunidad.

El avecindado, en cambio, puede hacer tequio donando dinero o trabajo, pero eso no le dará jamás derecho a participar en las asambleas comunales, aunque lleve cuarenta años viviendo aquí. Fuera de la asamblea será escuchado y respetado, pero el avecindado es siempre extranjero, y como tal carece de derechos políticos.

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Todas estas tierras son comunales. Cada poblador explota su predio como mejor le conviene. Cuando las grandes cadenas de supermercados llegaron a la ciudad se alteró por entero el ya frágil equilibrio agrícola de la región. De pronto cultivar la tierra apenas daba para sobrevivir. Los campesinos comenzaron a vender terrenos o a alquilar sus modestas viviendas de adobe y techo de lámina, con jardín y campo alrededor, ideales para jóvenes poetas sin recursos (durante años gocé de mi pobreza aquí): los campesinos dejaron de serlo y se convirtieron en caseros. Llegó también gente muy pudiente que compró tierras y construyó grandes casas; y son propietarios, claro, pero todas estas tierras, repito, son comunales.

Así, el Comisariado de Bienes Comunales puede expropiar, en el momento en que lo considere necesario para los intereses de la comunidad, cualquier tierra, por privada que sea. Claro que esto no es algo que ocurra a menudo, pero la propiedad final de la tierra la detenta la comunidad, ya no el propietario original, que la perdió al venderla, sino el Comisariado en tanto administrador de lo común. Una tierra expropiada ya no puede volver a ser propiedad privada, y su uso, por tanto, debe ser en beneficio de la comunidad toda.

El Comisariado de Bienes Comunales es algo así como el consejo de ancianos de la comunidad. A diferencia de lo que ocurre con la agencia municipal, al comisariado no se entra con votos, sino que está compuesto por comuneros, es decir, administradores de tierras comunales. Los comuneros tienen beneficios que los pobladores no tienen. Los comuneros, por ejemplo, pueden solicitar al comisariado equis cantidad de hectáreas para la siembra, y el comisariado se las otorgará sin dudar. Los comuneros, agrupados en tanto comisariado rector del uso de las tierras comunes, conforman en rigor una clase social dinástica, aunque se trate de campesinos curtidos por el sol y el trabajo cotidiano. La administración de las tierras se hereda; no se elige al comunero, se nace para serlo. Un hijo de poblador no puede aspirar a dicha condición social. Su casta se lo impide.

El actual núcleo de comuneros se estableció en la década de los setenta por decreto presidencial; entonces eran unos ciento cincuenta de diversas edades; ahora queda la mitad, ninguno menor de sesenta años. Sus hijos comienzan a exigir un nuevo censo de comuneros para pertenecer al comisariado y establecerse como administradores de bienes comunes; reivindican, pues, su derecho de clase. Reclaman su herencia.

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No hay mestizaje entre nativos y avecindados, aunque no me queda del todo claro quién excluye a quién. Desde luego, se trata de mundos culturales distintos, quizás opuestos. Uno, ancestralmente anclado a la tierra y a la comunidad; el otro imbuido de valores urbanos y cosmopolitas. A la comunidad no se entra, se pertenece; el cosmopolitismo se aprende, se adquiere rompiendo los amarres del terruño. La ciudad es la ausencia de tierra, el campo es la ausencia de ciudad. Esta contradicción quizá sea esencial y explique en buena medida la convivencia sin mezcla ni matrimonio. Hay, de hecho, un divorcio entre nativos y avecindados. Y mucha tierra de por medio.

Así es San Felipe del Agua, la zona más rica y exclusiva de la ciudad de Oaxaca. La más rural también.

 

San Felipe del Agua
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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