Retromodernidad

Teléfono fijo. Oaxaca, 2010


Recorro las calles de mis recuerdos; metáforas adoquinadas que asisten a la lenta transformación de la ciudad, a la brutal acumulación de automóviles que supone adentrarse en el progreso. Las viejas casonas se convierten en hoteles, en comercios elegantes, en restaurantes internacionales. Como en muchas otras ciudades de México, el centro de Oaxaca se había convertido en una zona pobre, un tanto decadente y descuidada; luego, en las últimas dos décadas, los nuevos millonarios, fruto de la privatización de los monopolios de Estado, se lanzaron a comprar propiedades y a «rescatar» los cascos de las ciudades coloniales. Rescatarlos de manos de sus pobladores, se sobrentiende. Así, poco a poco, el centro histórico se adorna como un pastel de bodas.

Pero no toda su belleza se ha perdido, ni su colorido, ni sus agudas contradicciones. Doy vuelta en una esquina y una señora sentada en el piso me pide unas monedas. Pocos metros más adelante se acerca un niño de ocho o diez años. Vende chicles y cigarros. Un hombre toca el saxofón a cambio de unos cuantos pesos. La música llena la ciudad. Por todos lados instrumentos que suenan, bocinas que se lamentan, coches que bailan al ritmo del techno. Las grandes bandas de metales o de cuerdas resuenan en las fiestas populares, en los bailes, en los eventos oficiales. Anochece cuando desemboco en la plaza central, aún hoy eje de la vida social. Un conjunto con tres enormes marimbas interpreta música tropical. Más allá, un dueto de mariachis, un guitarrista con sus boleros, un grupito de música norteña.

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Todavía recuerdo mi primer domingo en esta plaza. Llegué al mediodía, cuando una gigantesca banda de metales interpretaba algo de Brahms ante un centenar de sillas plegables, algunas ocupadas. Los cafés de los alrededores estaban repletos, había gente por todos lados y una multitud de niños corría y gritaba en perfecto desorden. Pronto comprendí que se trataba del típico escenario dominical. Cada domingo, después de trabajar toda la semana en una oficina, y el sábado en la noche en un bar electrónico fingiendo ser Dj, venía aquí a desayunar, a tomar una cerveza y a leer con calma dos o tres periódicos. Cree así mi ritual en torno al ritual de la ciudad.

Mucho antes de que yo naciera, después de la misa en la catedral, la gente bien se reunía en la plaza a hablar del clima o de la política local, a recorrer los chismes de sociedad y a hablar de negocios. Luego, al caer la tarde, los jóvenes varones daban vueltas a la plaza en un sentido, mientras las chicas lo hacían en el otro. Al cruzarse, chicos y chicas sonreían, se hacían caricias con la vista y esperaban a la siguiente vuelta, al próximo encuentro. Es un alivio constatar que los rituales de seducción y apareamiento han cambiado desde entonces...

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En la plaza convergen las manifestaciones políticas. No hay marcha o plantón que desdeñe este punto estratégico de la ciudad, a pesar de que hace años que el gobierno se trasladó a las afueras con la ingenua esperanza de que las protestas se alejaran también; desde luego, tal cosa nunca ocurrió. En estos días hay un plantón de Antorcha Campesina, una organización nefasta, corporativista, arraigada al viejo y todopoderoso partido emanado de la revolución y que durante setenta años de ejercicio del poder creó una gigantesca red de complicidades políticas, a veces por las buenas y otras por las malas, creando y controlando sindicatos obreros y organizaciones agrarias por igual.

La modernidad digital llega a todos los rincones. Hace años, las grandes pancartas de las huelgas y las movilizaciones estaban pintadas a mano, cuidadosamente rotuladas y exhibidas con artesano orgullo: hoy se hacen en plotter, gigantescas impresiones digitales, como si Xerox estuviera al servicio de los huelguistas.

Supongo que eso forma parte del plan de embellecimiento urbano.

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Oaxaca es la capital de un estado en el que aún se hablan siete lenguas prehispánicas, cada una con sus variantes y dialectos, creando una suerte de melting-pot indígena donde conviven el provincianismo y la posmodernidad. Es también una ciudad medianamente cosmopolita, frecuentada desde los años treinta por artistas e intelectuales de diversos rumbos. Malcolm Lowry, D. H. Lawrence, Julio Cortázar, Allen Ginsberg, Aldous Huxley, Graham Green, Jack Kerouac, Sergei Eisenstein y Henry Cartier-Bresson viajaron y narraron aquí, cada uno a su manera, sumidos en sus propios prejuicios y delirios. Es difícil explicar la fascinación que esta región ejerce en el temperamento artístico: sin duda es «naturalmente surrealista», como decía el buen Breton, y una cierta melancolía más bien próxima a la metafísica aparece en los relatos visuales de esta ciudad que ya no es un pueblo, aunque tampoco ha dejado de serlo.

Una visita al mercado deja en el oído el discurso de diversas lenguas locales y extranjeras. Hay indígenas, pero también grandes movimientos indigenistas. Hay campesinado y lucha campesina. No hay proletariado en el sentido obrero del término; aparte de la construcción de obras públicas y privadas, la única industria es la turística. El turismo aquí es cultural, no turismo a secas. Se trata de una región de pintores y burócratas, músicos y políticos, poetas y guerrilleros, y es la indecente mezcla de todos ellos la que engrandece sus contradicciones y la hace hermosa e inasible. Riqueza y pobreza conviven a patadas; la marginación se arrastra a lo largo y ancho del estado, y se calcula que unos dos millones de oaxaqueños viven en Estados Unidos (Oaxacalifornia se ha vuelto un término común para referirse al principal destino del exilio económico). La migración es un fenómeno habitual en estas tierras, y muchos vuelven con fragmentos de la cultura del Norte: no es raro encontrar pueblos bilingües en donde se habla, por decir, zapoteco e inglés, pero no español. En las zonas rurales es normal encontrar grandes pick-ups con matrícula de Estados Unidos circulando en la semilegalidad. Es, además, uno de los principales productores de cannabis y amapola del país, y buena parte de la cocaína sudamericana entra por las costas de la entidad. Los hongos alucinógenos forman parte de la ancestral cultura local.

El narcotráfico es economía. Es trabajo también.

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Vuelvo a la plaza. Bebo el elixir de los dioses, el sacrosanto mezcal que en exceso despierta al diablo que todos llevamos dentro. Levanto mi vaso y brindo. Me despido de esta ciudad retromoderna, anclada entre el pasado y un futuro que se construye a trompicones con el concurso de la endémica corrupción política que da sentido y razón de ser a esta bella ciudad.

La realidad es una anormalidad aquí; lo irracional parece razonable.

Y brindo por ello...

 

Oaxaca
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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