Ya no pienso. El cansancio, el insomnio y la repetición de lo cotidiano hacen mella en mí, y me entrego a ese «dolor» con sicótica alegría. Ha sido una intensa semana de computadora: leer, escribir y algunos trabajitos técnicos ineludibles, no exentos de código y poesía. Ciertos proyectos se ordenan, a pesar de forjarse en la distancia, esa cosa que ha perdido su significado gracias a las redes electrónicas. El otro día, por ejemplo, videohablaba con un muy querido amigo de los años mozos, él en Miami y yo en Barcelona, y a la vez, vía email, discutía con el padre de ese mismo amigo un proyecto común. Así, cuando hablo de distancia no me refiero sólo al aspecto físico de ésta, también al generacional, que deja de ser relevante en un mundo de relaciones virtuales.
Internet ha extrapolado el concepto de territorio y al transformarse éste se altera también el de comunidad, que ya no se basa en la convivencia territorial localizada sino en la vagabundancia en un mismo terreno de conocimientos, gustos y consumos: despojados de la antigua comunidad local construimos otras a través de la red con gente a lo largo y ancho del mundo. Pensaba en esto hace unos días, cuando por fin, tras muchos titubeos, acepté inscribirme en una «red social» muy de moda en los últimos años. En un par de jornadas de exploración logré recuperar a una buena cincuentena de amigos a los que creía perdidos para siempre y que viven dispersos por el planeta. Para una cultura diaspórica esto es fundamental porque al salir del terruño nos alejamos, sin remedio, unos de otros. Sin embargo, si estos reencuentros me importan no es porque el eje de nuestra relación sea el terruño en sí, sino porque pertenecíamos ya a un mismo territorio cultural, en el sentido globalizado del término.
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Internet es la más clara expresión de la globalización o por lo menos una metáfora casi perfecta de ésta. Así, no estar en internet es como vivir fuera del mundo, lo que a su vez denota pobreza y aislamiento. La «barrera electrónica» es en realidad la frontera existente entre el mundo industrial y el aún premoderno, o, si se prefiere, entre el capitalismo liberal y aquel otro, feudalista y hermético. Pero la globalización es mucho más que un fenómeno económico; es también un profundo intercambio de valores otros; de culturas, de ideas, de conceptos. Junto con la globalización se expande el altermundismo: las contraculturas, la crítica del poder y hasta la subversión son mercancías que como tales se venden junto a cualquier otra, incluso en el mismo container.
La globalización, tal y como la conocemos hoy derivó de la Segunda Guerra Mundial. El vencedor de aquella contienda, y creo que todos lo sabían, estaba destinado a comerse el mundo. No se equivoca Cioran cuando piensa que «el siglo XX pudo haber sido alemán», o ruso, agregaría yo. Ganó el que ganó, por ello la primera cultura verdaderamente globalizada fue la del rock. No hablo sólo de música, en rigor fue el jazz la primera en escucharse contemporáneamente en todo el mundo; me refiero más bien a una cultura que se sabe ya global, que nace siéndolo y que por tanto se expande de manera natural por el mundo. En el fondo, es normal que desde el rock naciera una acerba crítica al capitalismo, a la globalización, al «padre» al que es necesario «matar». No es raro ver globalifóbicos envueltos en t-shirts de connotados grupos de rock mundialmente famosos...
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Internet no es sólo una ventana al mundo; a diferencia de la televisión, la red es hecha por el mundo mismo: es expresión, apropiación y socialización de éste. Es, por decirlo de alguna manera, una autoconstrucción en constante desarrollo. Si a lo largo del siglo pasado nuestra relación con la tecnología fue más bien pasiva (oír, leer y ver, sin posibilidad de intervenir en el proceso) con la masificación de la computadora, primero, y del internet, después, la situación ha variado. Expresarse públicamente es ya un mero asunto de voluntad individual. Hace veinte años, lo recuerdo bien, hacer una revistita con los amigos requería de una inversión económica que hoy ya no tiene sentido (o hacer un programa de radio, o un «canal» de televisión); lo decía bien el colectivo situacionista La société anonyme en su ensayo Redefinición de las prácticas artísticas s.21: «el arte ya no se expondrá. Se producirá y se difundirá»...
Aunque internet es la expresión máxima del capitalismo, es ahí donde se gestan con más fuerza, de manera consciente o no, las prácticas contracapitales. Las redes peer to peer para intercambio de bienes culturales son, en el fondo, más marxistas que un montón de teóricos que hay por ahí; representan la reapropiación del valor de uso cde la tecnología y de la cultura— tal y como los foros de internet son los soviet de hoy: el asamblearismo en estado puro. En verdad, estas pequeñas «subversiones» electrónicas (utilizo las comillas para denotar su ausencia de carácter político-ideológico) se sirven de la red en la misma medida en que el status quo lo hace; tal y como Indymedia (ahora sí con una clara intención social) utiliza las mismas herramientas que el enemigo crea y masifica. Cambiando de tono, hace unos años hubo un pequeño escándalo cuando se descubrió que una organización de radicales islámicos utilizaba cierta tecnología para bloguear —software libre, desde luego— y el programador de la aplicación, ante la histeria social que lo acusaba de «colaborar con el terrorismo», se defendió arguyendo lo más obvio: que si utilizan su programa es porque tienen una computadora con Windows o Mac, y una conexión a internet proveida por AT&T...
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No hay nada nuevo en utilizar los medios del poder para luchar o expresarse contra éste —la historia de las subversiones así nos lo demuestra—, lo que sí es novedoso por estar en constante y acelerada evolución, es el medio en sí. Insisto en que los grandes avances tecnológicos en internet no han sido realizados por poderosas trasnacionales, sino por programadores o colectivos de éstos encerrados en sus respectivas habitaciones (casi estoy tentado a recurrir al cliché y asegurar que se alimentan de pizzas, coca-cola y pornografía): Nuestra relación con la red es ante todo un asunto individual; es decir, desde el momento en que cualquiera sin conocimientos informáticos puede tener un blog las cosas cambian. A diferencia de otras redes tecnológicas (radio, televisión) en ésta cualquiera puede intervenir en el proceso, sea en la generación de contenidos o en la parte técnica. La pregunta, sabiendo que tanto internet como la globalización son imparables, sería: ¿de verdad aprovechamos estos fenómenos?
Mientras tanto exploro las «redes sociales», las «comunidades virtuales» no en busca de la respuesta, sino de gente que se haga la misma pregunta...
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