Me interno en una obra universitaria, simpática, cruda, ligera y torva, atiborrada de significados, jugueteos estilísticos aquí y allá y producción más que sobria. Alcoholismo, prostitución, fractura familiar, violencia social, desempleo y subempleo, homofobia, maras, drogas, marginación, todo eso llena la sala durante una hora, creando un universo paralelo y a la vez en exceso similar al conocido (el teatro, en efecto, es un mundo aparte, pero nutrido y nutriente del nuestro). Para mi sorpresa —experiencias previas con el teatro universitario han forjado mi pesimismo— las actuaciones no sólo son buenas y del todo coherentes con los personajes que encarnan, sino que a ratos alcanzan con total naturalidad altos grados de teatralidad.
Desde el principio la pieza acepta su condición de ficción; los actores y actrices se presentan ante el público: «Buenas tardes, mi nombre es Fulana y en esta obra interpreto a Mengana, una madre soltera, etcétera, etcétera». Con irreverencia y humor negro recorren una serie de tragedias mundanas que en conjunto dan cuerpo a la gran tragedia social que sacude a este país. Dos cosas me llaman la atención; primero, el escaso dramatismo con que se narran dichos dramas, y a posteriori me pregunto si esto es resultado de una muy hábil utilización del humor o si de alguna manera esas tragedias se han vuelto tan comunes, cotidianas, normales, que pierden ya todo sentido trágico (al salir, por ejemplo, escucho a dos jóvenes comentando la pieza y uno le dice al otro: «Sí, me gustó, pero es siempre lo mismo, ¿por qué no se habla de otra cosa en el teatro salvadoreño?»); y la segunda, a juzgar por el número de asistentes, tiene que ver con el muy escaso impacto social del llamado teatro social (o arte social, para generalizar), supuestamente destinado a «crear conciencia» aún si su público parece ya tenerla. En una escena la actriz principal, harta de dramatismo, mira al público y pregunta airada: «¿¡por qué nadie dice nada!?» (y si repito el reclamo no es para tranquilizar mi amoral inconsciencia, sino por mera coherencia con el relato). Así, el divorcio entre arte social y sociedad se vuelve tan profundo que los artistas ni siquiera aciertan a representar la profundidad de tal divorcio: entonces, ni el artista puede pagar la deuda que tiene con la sociedad de la cual emana, ni la sociedad puede pagar por cobrar tal deuda (a fin de cuentas, el arte, incluso el social, cuesta). Además, en estos días del Señor —¡demonios!— ¿vale la pena pagar para ser sermoneado?
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«Esto es una suciedad, no una sociedad», afirma la señora que me alquila la habitación. Su enojo es comprensible pues la ciudad está semiparalizada. Se acaba de aprobar la nueva «Ley de proscripción de maras, pandillas, agrupaciones y organizaciones de naturaleza criminal» que convierte a las maras en «enemigos del Pueblo y del Estado» y aumenta las condenas a sus miembros y líderes a seis y diez años de prisión respectivamente. Éstos, los natural born killers, no se quedaron con los brazos cruzados; de un día para otro «convocaron a un paro» en los transportes públicos tras haber incendiado algunas unidades y lanzado serias amenazas contra empresarios y choferes (alguno murió en estos días también). La ciudad inutilizada, sin buses, comercios cerrados, pánico social y llamados a que el ejército se haga cargo de la situación.
La historia es larga y compleja; la ley, impulsada hace casi diez años por el entonces gobierno de la Alianza Republicana Nacionalista (ese nombre sólo puede ser de derecha) fue vetada en su momento por el centro y por la izquierda, y retomada y aprobada ahora por el Frente Farabundo Martí y la actual diputación. La fama de las maras, como la de cualquier otro fenómeno social extremo, se nutre a partes iguales de verdades y mitos. La violencia, en efecto, es verídica y verificable, pero el miedo social también es real y es, por cierto, una fuerza prodigiosa. En términos económicos (venta de drogas, chantaje y secuestro, cobro de «renta» por actividades comerciales, etcétera) las maras controlan diversas zonas de la ciudad, pero en términos sicológicos son los dueños del país entero. La extorsión, en su más profundo sentido, es su mejor arma.
Mientras la pandilla es barrial, zonal, ultralocalista, la mara es por entero transnacional —su origen en las grandes urbes estadounidenses y su posterior expansión por Centroamérica y sur de México da sentido a esta tesis—, aunque tampoco puede hablarse de una genuina estructura confederada dada la ausencia de coordinación entre las distintas maras e incluso entre las clicas (células) que componen cada mara, aún si comparten ritos, métodos y objetivos comunes. No es necesario ahondar mucho para comprender que las maras se nutren de la cultura y tradiciones de la reciente guerra civil (guerrilla, paramilitarismo, escuadrón de la muerte, todo revuelto y despojado del sentido originario) y se desarrollan al amparo del desempleo en una nación con apenas industria, una agricultura de supervivencia y donde las remesas de los emigrantes constituyen el principal combustible de la economía. Las conexiones entre pobreza y violencia aparecen, aunque ello no signifique que todos los pobres sean violentos ni que todos los violentos sean pobres. Aunque se presenten juntas, la marginación es una cosa y la marginalidad otra. A la primera la define la economía, a la segunda la ley.
A la vez, la mara es una suerte de hermandad y la pertenencia a una implica el reconocimiento y el respeto de los pares. Tienen sus propios códigos de solidaridad y nobleza, tergiversados sin duda por la cultura de la violencia pero, al fin y al cabo, códigos que todos los miembros deben respetar (se insiste, por ejemplo, en la honestidad: todo marero debe ser honesto consigo mismo y con la mara). En uno de sus estudios, el antropólogo urbano Dennis Rodgers maneja cifras interesantes: según una encuesta entre mil mareros, el 40% admitió haber entrado para «estar en onda» (¿es necesario recordar cuánto puede impactar el discurso y ejercicio de la fuerza en un adolescente repleto de resentimiento y testosterona?). En los años setenta y ochenta los adolescentes, según su educación y filiación ideológica se unían a una u otra fuerza beligerante; en los noventa se unían a una u otra pandilla, ahora se unen a una u otra mara. La mara está de moda; la prensa la mienta cada día, las fotos de los mareros recorren el mundo, todo el mundo habla de la mara, todo el mundo le teme a la mara: ¿cómo no querer pertenecer a algo así?, se pregunta el adolescente convulso y compulsivo que un día también fui.
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La nueva ley ha generado múltiples discusiones, entre otras cosas porque se intuye que tras las maras hay poderosos grupos políticos y económicos, la derecha, el narcotráfico, el ejército, etcétera; se discute también si es la mano dura o el proyecto social la mejor manera de domesticarlas, si la policía es cómplice, si la crisis económica, si los residuos de la guerra, si los miles de repatriados y otros asuntos más. Pero lo que no se discute —y eso me parece preocupante en sí mismo— es quién, cómo y en base a qué decide la «naturaleza criminal» de una organización dada, ni las formidables repercusiones que sin duda esta ley ejercerá sobre la propia libertad de asociación.
Por otro lado, en efecto, las maras son un problema serio...
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