Pura vida

Puerto Viejo de Talamanca, 2011


Abro los ojos y el Atlántico se abre ante mí. El bus da delicados tumbos por una carretera cuyos baches desmienten la ilusión primermundista de esta tierra, recordándome que sigo en Centroamérica. La señora junto a mí habla de Puerto Viejo, pequeño pueblo de pescadores en la provincia de Limón, cantón de Talamanca, a pocos kilómetros de la frontera con Panamá. «Ahí viven muchos extranjeros —dice—, sobre todo italianos», y hace un gesto de desagrado. Le digo que no se preocupe, que los italianos están por todos lados, y al llegar a Puerto Viejo me alojo en una hostal de sicilianos, donde me reciben como si fuera de la familia. El pueblo es pequeño y hermoso, con esas casitas de madera esenciales en la arquitectura vernácula del trópico. La playa es de finísima arena volcánica. Las migraciones jamaicanas de mediados del siglo XIX dejaron una gran herencia negra, apellidos como Brown y un creole basado en el inglés que se supone hablan unas ochenta mil personas en toda la provincia y disminuye conforme el Estado se asienta en estas costas.

Hasta 1949 los negros tenían prohibido salir de Limón: la capital del país les estaba vedada, mil leyendas circularon en torno a esos violentos y oscuros hombres, y aunque el drama de la negritud queda poco a poco atrás, el racismo no desaparece del todo. Me cuentan la historia del chino del pueblo —el «rico» del pueblo—, un comerciante que también ha hecho mucho por el desarrollo de la comunidad. Sin embargo, dicen, era un hombre que despreciaba a los negros, hasta que su china hija, para escarnio paterno, se enredó con el negro más negro del pueblo y el padre la echó de casa. Aunque estos acontecimientos ocurrieron hace años, el relato aparece una y otra vez en las conversaciones, quizá porque en efecto, hay cosas que no deben ser olvidadas. Además de los jamaiquinos, Puerto Viejo de Talamanca se nutrió de inmigrantes nicaragüenses, panameños y colombianos, y en tiempos más recientes, de toda suerte de europeos, italianos primero.

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Antes de salir de San José dediqué un día a buscar alojamiento a través de internet. Mientras leía los comentarios de los clientes de un hotel, un nombre atrajo mi atención. «Yo la conozco», me dije, y enseguida salté al Facebook para confirmar el dato. En efecto, en su perfil dice que vive en Puerto Viejo. Le escribo para avisar que llego al pueblo y me responde emocionada: «Aquí te espero» (las casualidades, insisto, me fascinan). Se trata de una cineasta italiana que vivió muchos años en Cuba, y aunque nunca nos conocimos personalmente, los muchos amigos en común nos acercaron: hace uno o dos años, cuando ella aún estaba en La Habana, intercambiamos algunas cartas. Es una mujer menuda, flaca, cabello corto, cincuenta años, eterno bastón que arrastra con orgullo como símbolo de su diferencia (no hay victimismo en ella: ríe de su forma de caminar y de los chistes al respecto, y ha pasado toda la vida peleando contra la discriminación). Al vernos nos abrazamos como si fuéramos viejos colegas; de inmediato comenzamos a hablar de esto y aquello, sobre todo de Cuba, país al que llegó buscando la Utopía. Lo que encontró fue el Partido (y el amor, por eso se quedó allá once años).

La acompaña su discípula, una estudiante de cine, de San José, que se encuentra aquí filmando algo sobre el racismo. Hablamos durante horas tanto de su proyecto como de los conflictos raciales que le dan origen. Ella, la estudiante, es bisnieta del hombre que en el siglo XIX signó la prohibición de movimiento para los negros de Limón. Dice que se siente un poco responsable y le respondo, con toda sinceridad y conocimiento de causa, que nadie puede ser juzgado por lo que sus antepasados hayan hecho, bueno o malo. La conversación continúa en la playa, frente a una barcaza de acero encallada en la orilla, con vegetación en medio del óxido, dando la impresión de una isla industrial y abandonada, metáfora de un fracaso tropical. Entonces, no puedo evitarlo, pienso en mi vieja isla y en aquello que llaman «responsabilidad histórica». Luego, meditabundo, enciendo un buen puro...

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Hay cosas en este mundo que no pueden ser descritas: ciertas sensaciones, aromas, emociones. Sobre eso divago mientras me pregunto en qué consiste el increíble encanto de este poblado, la energía que transmite, la curiosidad que suscita. Es un pueblo pequeño y turístico, no muy barato, rodeado por una reserva natural y no pocos rastamanes que alegran el paisaje. El día está lleno de pequeños encuentros, conociendo personajes aquí y allá, olvidando los nombres de todos y soñando despierto. Llegué sin plan fijo y ya he decidido encallar unos días en este pequeño poblado negro, cosmopolita y multiétnico.

Más allá comienza la Talamanca profunda, donde todavía sobreviven, en número de pocos miles, los pueblos cabecar y bribrí, que dieron origen a La Rebelde Talamanca, la zona que nunca fue del todo conquistada. Comienzo a hacer amarres para visitar la región, atraido también por la leyenda de Pablo Presbere, el cacique que en 1709 lidereara una insurrección de 4000 indígenas contra las autoridades coloniales, asaltando San José e incendiando catorce templos del impío enemigo. La represión no se hizo esperar; Presbere (también llamado Pa Bru) fue arrestado junto con setecientos sublevados, y su ejecución tendría lugar al año siguiente: «arrimado a un palo, vendados los ojos, ad modum deli sea arcabuceado [...]; y luego que sea muerto le sea cortada la cabeza y puesta en alto, que todos la vean en dicho palo», decía la sentencia.

En 1997, se le declaró «defensor de la libertad los pueblos originarios»...

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La discoteca frente a la playa, con cientos de puntos lumínicos que se impregnan en las ropas de los danzantes, parece de otro mundo. Salgo, me siento en la arena, la brisa de la madrugada acaricia con sus escalofríos y la llovizna roza mis brazos mientras arrastro las chanclas hacia el hotel. Me siento en la pequeña terraza de la habitación a beber un último güisqui, conversando todavía con la cineasta y el anarcosiciliano del hotel, hombre de mi edad, viajero, que vivió muchos años en una Bolivia de la que habla con amor y añoranza, y narra los aciertos y desgracias del gobierno de Evo con pasión y objetividad, mezcla rara donde las haya. «Es de los míos», pienso, y prometemos encontrarnos en tierras bolivianas, a donde ambos llegaremos un día u otro.

Entonces, me adormilo en la hamaca, arrullado por la lluvia y el placer de los bellos encuentros. «Esto es pura vida», pienso, justo antes de caer dormido...

Puerto Viejo de Talamanca
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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