Punto de encuentro

Barcelona, 2009


Viví en Barcelona cuando era apenas un crío, no muy distinto al que aún soy, fascinado con lo que me rodea. Caminaba entonces rumbo a la escuela mirando hacia lo alto de los edificios mientras mis amigos, Pablo y Paula, me apuraban en el retraso mañanero. Cuando me fui a México nos perdimos de vista, en un mundo preinternético en el que los contactos se extinguían con facilidad, hasta que un día, hace un par de años, Pablo me escribió emocionado tras haber leído un texto en el que hablaba de mis viejos amigos de Barcelona, hijos de exiliados argentinos: «¿Te referías a nosotros?», preguntaba con sorpresa, como si fuera posible que los hubiera olvidado. Nos citamos una noche en Plaza Cataluña, con dos vidas de por medio (la suya y la mía), treinta años después de nuestro primer encuentro.

Aquí he reencontrado también a viejos amigos de aquella averiada isla que me vio nacer; amistades que la distancia no pudo atrofiar. Así me ocurrió con Radamés, con quien retomé contacto hace unos años cuando ambos, él desde aquí y yo desde Francia, colaborábamos en una revista cubana editada en Suecia. Nos conocimos a mediados de los ochenta siendo él el más joven de un grupo de artistas e intelectuales que por entonces frecuentaba a mi madre. Vivía la locura de sus diecinueve años cuando yo aún estaba en mis trece. Nos caímos bien de inmediato, compartíamos ciertos códigos. Al reencontrarnos, dos décadas más tarde y ya sin la mediación de mi madre, ni de la isla, ni de la adolescencia, nos volvimos colaboradores, compañeros de aventuras intelectuales.

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La ciudad es un punto de encuentro; internet es su más estricta metáfora, su representación electrónica. La ciudad es ya una red; internet sólo la imita y la potencia. En sí misma la urbe es pura virtualidad; sin habitantes no es real, como un servidor vacío, un portal sin contenido o una página en blanco: son los usuarios quienes la llenan de vida y sentido y razón de ser. Por eso resultan tan dramáticas las imágenes de una ciudad abandonada o destruida; por eso duele tanto cuando por censura, estupidez o desidia se hunde a una urbe en el silencio y la inutilidad. Cuando los ciudadanos pierden o se niegan a sí mismos el derecho y la responsabilidad de ocuparla y expresarse en ella, se desarrollan las peores enfermedades del urbanismo (la deshumanización de la polis) o de la política (la usurpación policial del espacio público). Creo, en diferentes sitios y contextos, en distintos instantes, quizá fugaces, haber presenciado ambos procesos.

Pero Barcelona es una ciudad viva, autoparlante, donde la gente se apodera de los rincones y los explora y explota. Las expresiones son diversas y contradictorias en esta urbe que crece entre la montaña y el mar, y una periferia que a veces parece interminable y anodina. Mas no lo es; se expresa también, a veces con poesía y a veces con rudeza, levantando ampollas en el delicado y sonriente cutis de la urbe. Sus reclamos son certeros; la ciudad se vuelve demasiado pija (en México se diría fresa; burguesa en el resto del orbe), asediada por turistas el verano entero y los otros meses también. Los precios se disparan en un entorno lleno de mileuristas —término acuñado por y para quienes ganan mil euros al mes— cuando resulta cada día más difícil alquilar una vivienda por menos de quinientos, seiscientos mensuales. No es imposible imaginar el desconcierto y el resentimiento que se generan en un joven marginal, alejado de los centros culturales y turísticos donde todo es design y por donde pasan el dinero y el esplendor catalán, europeísta y trasnacional. La distancia existente entre las boutiques de moda y la vida periférica no se mide en kilómetros, sino en euros. Entonces los sueños chocan contra la realidad de las cosas. Como en cualquier otra ciudad.

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Hablo con Julio César. La última vez que nos vimos improvisábamos juntos, él con el bajo y yo con un sintetizador un tanto anciano, allá por el noventa y cinco. Ahora me invita a su casa en esta urbe que parece haberse convertido en el sitio de mis reencuentros: «Ven pacá —dice—: vamos a improvisar una vez más». Me retrotraigo a aquella Habana, a aquella Cuba que en mi catastrófica memoria aparece como una eterna y constante improvisación, y el desconcierto me abruma por un instante. También reencuentro a Hugo, el primero del grupo en irse, en el ochenta y nueve, tras los juicios del moscovismo tropical. Era entonces un imberbe estudiante de arte; hoy, un artista conceptual que se abre paso en los museos y galerías de Europa, demostrándome que la realidad a veces condesciende con nuestros más caros sueños.

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Camino toda la mañana siguiendo mi habitual recorrido costero mientras pienso en los momentos que pasé en La Habana, harto de todo, deseoso de salir de ahí; y ahora que me reúno con los cubanos aquí un deseo opuesto, o una curiosidad, o una simple necesidad observacional despierta en mí. Sé que la ciudad que dejé ya no existe. Me refiero a la mía, a la de los míos, a la que hacíamos al caminarla, al extendernos en ella. La que contenía nuestro rock y nuestra poesía, la que fotografiábamos o pintábamos, la que en cierto modo nos era propia aunque en rigor, pienso, era ella la dueña de nuestras vidas. Pero no hay nostalgia en todo esto, ni necesidad de Absoluto; se trata, más bien, de una mera pulsión antropológica, de un ejercicio científico, arqueológico, de la urbe que se me escapó de las manos al escaparme de ella. Quisiera, un día de estos, volver a verla, recorrer sus rincones, regodearme en la belleza que esconde y no esconderme de sus fealdades, a las que ya no temo. Tampoco es añoranza, sé que no recuperaré ni mi urbe ni mi adolescencia si un día la visito; más bien quisiera verla con mi mirada actual, a través del filtro de los conocimientos adquiridos en los casi tres lustros que han pasado desde que abordé el avión. Quizá, si un día voy, descubra otros puntos de encuentro; quizá sólo sea un fantasma, o el cadáver descompuesto de mi memoria. Cabe también la posibilidad de que ahora sea capaz de ver detalles que entonces, por arrogancia, ignorancia o ambas, no pude o no quise percibir. A lo mejor se trata sólo de la certeza de que al no poseerme (ella, la propietaria de mis días de antaño) la veré con otros ojos, y tras haber conocido otras urbes, tras haber experimentado otras pobrezas y contradicciones me resulte tan ajena como cualquier otra.

En todo caso, es esa posible ajenidad lo que me atrae.

Barcelona

 

 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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