La vida moderna es difícilmente concebible sin música; a todas horas, en cualquier sitio, se encuentra sonando privadamente o en modo colectivo, a volumen moderado o no, de un género u otro, pero siempre hay música. Es, además, el primer componente cultural que el adolescente suele hacer suyo, y no pocas relaciones se establecen a su alrededor. Cuando era chico el grueso de mis amistades circulaba en torno al gusto por músicas similares y a la postre nos fuimos uniendo en colectivos organizados no con un fin, sino con un principio, que desde luego era sonoro. Las tribus urbanas, cualesquiera que éstas sean, suelen construirse sobre un sonido identitario, y aunque esta pulsión congregacional en torno a las sagradas bocinas pueda parecer harto posmoderna, lo cierto es que se trata de un viejo impulso, de un instinto básico.
Desde el inicio toda tribu ha creado un conjunto sonoro constituido por sus propios gruñidos, y ha considerado de muy mal gusto y hasta agresivos los generados por las otras tribus. Este gruñir es un componente fundacional de la identidad, siempre y cuando nos refiramos a ésta como algo cultural y no meramente biológico. Es decir, lo que diferencia a la tribu actual de la premoderna radica en que es posible ser un rapero blanco, un heavymetalero moro, un jazzero amarillo o un punk negro; nada de esto altera la centralidad de la tribu urbana, que se maneja sobre componentes estrictamente culturales y no raciales, clasistas o políticos (conviene abrir un paréntesis en el sentido de que ciertas organizaciones ideológicas —skinheads de un bando u otro, por ejemplo— entran también dentro del concepto general de tribu urbana por ser la ideología una construcción cultural; pero no son la regla, y de todas formas): es la música la que congrega a la tribu posmoderna.
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De chico, decía, mi sonido era la guitarra eléctrica distorsionada como eje de la composición sonora, la batería golpeada con rabia y gruñidos anglófonos que no siempre entendía del todo. Desde luego, esto incluía el taparrabo, también distinto de una tribu a otra, y que en la mía era el pantalón más estrecho que se pudiera conseguir y camisetas con leyendas humanistas como aquella que rezaba: Sex, murder, art. Me gustaban grupos de lo más simpáticos cuyos nombres reflejaban el profundo optimismo de mi generación: Death, Obituary, Sepultura, Necrophagia, Slayer, Entombed, Carcass y otras lindezas por el estilo que venían a confirmar (como quien busca en la filosofía) que la muerte es nuestro único fin. Hablo en pasado porque ya no soy un hombre tribal, pero algunos de aquellos gestos se me han quedado: cierta irreverencia, el nihilismo práctico y algunos aspectos sonoros a los que recurro en tiempos de incertidumbre para reencontrar la paz interior...
Pero no quisiera que se pensara en la tribu a la que pertenecí sólo como un elemento altamente decadente de la sociedad contemporánea (o, en nuestro caso, de la «socialista»), ni definiría aquella música, como sí hizo un sociólogo norteamericano, utilizando frases tan pedantes como «an unsophisticated music for unsophisticated people». En primer lugar, siempre defenderé la genuina pulsión poética, dramática e incluso técnica de aquella música, pero además, porque era una tribu altamente creativa, al menos en nuestro contexto. Lo he confirmado en los últimos meses, llenos de encuentros reales y virtuales con viejos amigos de aquellos años, y no pocos han devenido escritores, pintores, videastas, fotógrafos, programadores de computadoras, publicistas, diseñadores, tatuadores, músicos, actores, productores, y en general nos quedó a todos un interés cultural con el que convivimos sea cual sea nuestro trabajo. Se trató de una tribu extraña, en una época extraña, en un sitio muy extraño. Nos llamábamos (y nos llamaban) frikis.
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Ser friki en la Cuba de los años ochenta era un asunto existencial de alto calibre ideológico: Nos gustaba la música del enemigo, en el idioma del enemigo y con las poses del enemigo; la particularidad radicaba en que no estábamos en territorio enemigo. Es decir, sin saberlo, sin provocarlo, sin intuirlo, éramos algo así como la avanzada de la globalización en aquella isla que entonces era del todo premoderna; y por tanto, sin saberlo, sin provocarlo, sin intuirlo, éramos profundamente subversivos, aunque en un sentido más orgánico que político. Pero entonces no entendíamos mucho de esto, nos guiábamos por instinto y hartazgo, por gusto y disgusto y no por elaboradas teorías políticas, sociales o culturales. No había conceptualismo en nosotros. Por suerte.
La particularidad de esta comunidad en el socialismo tropical no radicaba en ser friki, sino en serlo ahí. Por fuera no éramos muy diferentes a cualquier metalero de cualquier parte del mundo; era el contexto lo que nos diferenciaba de los otros en relación con sus respectivas sociedades. Quizá podríamos encontrar paralelismos con otras dictaduras militares latinoamericanas o con la España franquista (desde luego con las repúblicas del espectro soviético o sovietizado), pero eso es más válido para la década anterior, la de los setenta. No debería olvidarse que en esa década cantautores que ahora son indisolubles al régimen las vivieron negras también: Silvio Rodríguez estuvo prohibido en Cuba durante diez años y Pablo Milanés pasó alguna temporada «guardado» por hippie y homosexual, lo que tampoco indica que en realidad fuera lo uno o lo otro. Eran años —mi madre y sus amigos me lo contaron mil veces— en que escuchaban a los Beatles a escaso volumen para evitar una denuncia por parte de los vecinos; eran tiempos en los que la rareza (y por tanto el frikismo) estaban en serio penalizados en el primer territorio libre de América.
La mía fue una generación de transición, ahora lo sé. Pasamos de la estricta cerrazón cultural a una apertura social (lenta, muy lenta) en torno al valor de la diferencia. Nos costó, claro; no pocas veces nos detenían, pasábamos la noche en la estación, nos humillaba la policía por ser distintos al resto y hasta la gente común nos gritaba cosas no agradables en la calle, aunque todo esto es superficial en el fondo. El punto es que sin saberlo sentábamos las bases para una suerte de integración de la diversidad y, a la vez, importábamos los valores culturales del liberalismo occidental, al menos la parte más extrema y radical de éste. Lo que nuestras autoridades «revolucionarias» nunca comprendieron es que la música que escuchábamos era en verdad revolucionaria, en el sentido de que constituía la crítica no sólo al american way of life, sino a las formas derivadas de éste y a su expansión.
Temas como la corrupción política, el militarismo, la ignorancia, la masificación de contenidos vacíos, la guerra, la dictadura, el terrorismo, la revuelta, la pobreza, la mentira y la autoconstrucción del individuo en la sociedad de masas eran habituales en aquellos grupos metaleros de los años ochenta y principios de los noventa, a pesar del aparente nihilismo que los rodeaba y de su evidente torpeza metafórica. Todo aquello era un genuino grito libertario (sin categoría ideológica, sin consignas políticas) que nos nutrió a profundidad como individuos y como colectividad, aún si entonces no podíamos entender la significación de nuestro gesto ingenuo. En efecto, a pesar de ser la música (o el ruido) el eje de todo aquello, incluía también la subversión, por lo menos estética, cultural y simbólica. Pero insisto: no lo sabíamos.
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Ahora, con la arrogancia que los años no quitan, veo a las distintas tribus de quinceañeros que pululan por esta ciudad, lejana a la mía en la geografía y en el tiempo, cada una con su uniforme, su música, su mística, su estética, y me pregunto si saben lo que hacen, si tienen idea de cuál es su importancia, y sé que no; que lo descubrirán pasados veinte años y que será un descubrimiento propio que ellos mismos deberán hacer y analizar, y aunque yo piense que son unos pendejos sé que nuestros padres pensaron lo mismo de nosotros (y no se equivocaron) pero tuvimos que serlo para llegar a ser lo que ahora somos. La individualidad, al fin y al cabo, se construye con el concurso de multitud de pequeños gestos «inútiles e innecesarios» que poco a poco le dan cuerpo. Y la individualidad es, además, una construcción colectiva.
Quizá por ello escribo hoy en plural.
Barcelona
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