Todas las urgencias de la ciudad se expresan en el ulular de una sirena. La ambulancia surca las calles a todo volumen e impone respeto hasta en la más caótica de las urbes. Su aullido anuncia que es cuestión de vida o muerte. Es deliciosa esa grotesca y delicada danza de automóviles en una avenida abarrotada y estanca, cuando un vehículo de emergencias debe abrirse paso y todos los demás se hacen a un lado como pueden. Visto desde arriba parece un ballet mecánico, una coreografía automotriz, torpe y grácil como los hipopótamos de Fantasía.
Estoy en un edificio de nueve pisos, en el último, cerca del cruce de dos avenidas de por sí ruidosas. Cada pocos minutos las sirenas asaltan mi espacio de trabajo. No hay día ni hora del día en que esto no ocurra. La serenidad se rompe cuando ellas aparecen; sus quejidos rebotan en las paredes desnudas y al oírlos me pregunto quién habrá recibido un disparo ---o algo peor--- en esta ciudad hundida no tanto la catástrofe como en el catastrofismo.
Las sirenas, decía, siempre anuncian desgracias.
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La ambulancia nació con la guerra, aunque sólo se retiraba a los heridos del campo de batalla después de que ésta finalizara, muriendo desangrados no pocos combatientes. Fue el doctor Larrey, médico de Napoleón, quien diseñara el sistema de «ambulancias volantes», sentando de paso los principios de la sanidad militar moderna. Creó equipos compuestos por una treintena de hombres, camillas y una carreta adaptada para el transporte y cuidado de los heridos. El sistema fue un éxito, de ahí que se le encargara crear un servicio de ambulancias volantes para toda la armada napoleónica, en 1793.
El siguiente avance ocurrió durante la Guerra de Secesión, quizá el primer conflicto bélico moderno, con telégrafo, fotógrafos, reporteros transmitiendo «en vivo» y desde luego, el hecho de que se librara entre una cultura industrial y asalariada y otra agraria y esclavista. Fueron dos médicos de la Unión, Barnes y Letterman, quienes ampliaron el sistema de atención prehospitalaria e incluyeron trenes-ambulancias y barcos-hospitales debidamente señalizados.
Finalizada la contienda se creó el primer servicio de ambulancias completamente civil y basado en el hospital. Claro que entonces las ambulancias eran carruajes tirados por caballos y equipados con lo que se consideraban los últimos adelantos de la ciencia médica: morfina y brandy, entre otras cosas...
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Fumo. Salgo a la calle y me detengo en un semáforo en verde. Una ambulancia pasa aullando, la sigo con la vista y camino en dirección opuesta. Me interno en una planicie de casas bajas, de una o dos plantas, interminable el desfile de fachadas de colores, algunas desteñidas, en esta zona despojada de árboles (dos o tres arbustos, un raquítico limonero, nada más). Los cables de electricidad y de teléfono surcan la bóveda celeste y las nubes parecen enredarse en esa telaraña industrial. En ese mirar hacia arriba tropiezo con uno de los fenómenos inherentes a la ciudad de México: los perros de azotea, esa especie que habita en los techos de las casas y cuya función es ladrar a toda persona, automóvil, bicicleta o cosa que pase frente a su territorio. La sensación es extraña, el ladrido, el gruñido o el aullido de esa fiera de la jungla urbana suena desde lo alto y parece dispuesto a saltar sobre uno. Al mirar aparece una hilera de dientes y colmillos, pelos erizados y músculos en tensión. No suelen ser amables ni simpáticos estos perros. No los culpo.
Cuando era chico visitaba a unos amigos que tenían un perro de azotea. Jamás bajó de ahí aquel animal. Sin duda evitaba que los ladrones irrumpieran por el techo (la bravura de ese perro era legendaria) y sólo el mayor de mis amigos lo podía alimentar. Una bestia, literalmente. Nadie se le podía acercar. A veces me daba un poco de pena pero le tenía tanto miedo que en efecto me parecía lo más sensato su encierro. El pobre bicho, imagino, sólo quería correr un poco, mear un arbolito y morder a uno que otro crío. Jugar. Divertirse.
Pero no era una mascota, sino un guardián. Tenía una función específica y debía cumplirla para ganarse el sustento. Como en el campo, donde el perro realiza una labor (en el pastoreo, en la cacería) y desde luego no duerme en la casa. Es la cultura urbana la que ha vuelto al perro un animal de compañía o de ornato, a veces sustituto de la familia y siempre despojado de funciones laborales. La modernidad hizo del perro un vago.
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Vagabundeo en otra zona de la ciudad, de moda, y al cruzar un parque un espectáculo me sorprende. Una guardería para perros en el parque mismo, de modo que los vecinos dejan a sus canes un par de horas al día para que les enseñen buenos modales. Ver a medio centenar de perros sentados en hilera, quietos, algunos jadeando y otros adormilados, es algo fuera de lo común. Ni un ladrido. Todo quietud. De pronto un bóxer se enoja con un pastor y amaga un ataque, pero a la primera orden del cuidador todo vuelve a la paz. Sin inmutarse. Obedientes. Perros cívicos y educados. Imagino a los amos presumiendo ante sus amigos los buenos modales de sus mascotas, que desde luego tienen veterinario, peluquero y quizá sicoanalista. Comen carne de primera (para perros y enlatada, pero de primera), los peinan una o dos veces al día y los bañan cada semana. Imagino que hay ambulancias para animales domésticos. Y funerarias. Y cementerios de mascotas...
Imagino una revuelta canina, la perra lucha de clases: los de la azotea, los de este parque, los callejeros (el lumpenproletariat, los que acaban en la perrera o en la taquería). Mientras paso entre ese bulto de perros tranquilos ---no confío en su aparente calma; algo planean--- me pregunto si la rebelión será entre ellos mismos o también contra los humanos. ¿Se solidarizarían para combatir a un enemigo común? Primero: ¿se rebelarían los perros? Los miro de reojo y sonrío, vista al piso.
Alucino.
Debe ser el sol.
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