Despierto y remoloneo en la cama otros diez minutos, como en los días de la escuela. En el baño bostezo frente a ese espejo que me mira con ojos hinchados y pelos de punta. Orino con paciencia y dedico un cuarto de hora a la ducha. En el balcón, con un café y un cigarro, observo a la vecina que se asolea en su terraza. Es mediodía; me esperan diez horas de trabajo y luego, en la noche, otras seis dedicadas a otros proyectos, otros textos, otras ideas. En eso consiste mi rutina durante cuatro días cada semana. Los otros tres los dedico a conocer gente, buscar más trabajo, proponer proyectos y socializar; a menos que me ronde alguna idea impostergable y me encierre a estudiarla o realizarla. Sólo concentrando todo el trabajo en unos días puedo darme el lujo de tener otros por entero para mí, mis amigos, mis búsquedas. Cierto, a veces rompo la rutina y me encierro dos o tres semanas sin salir de casa ni, por tanto, de la oficina. En ocasiones invierto los horarios y durante un mes despierto temprano y comienzo a las ocho. O trabajo sólo de noche y dedico las tardes a pasear, a refrescar las ideas. A veces no duermo, a veces duermo de más. De modo que siempre tengo una rutina, pero nunca es la misma. Realizo cada semana la misma cantidad de trabajo, aunque no en los mismos horarios.
Me ha costado mucho organizar el trabajo en casa, encontrar un equilibrio entre producción y descanso. Soy un ente disperso y a la vez obsesivo, con métodos organizativos por lo menos peculiares (personalizados) y una pulsión que me hace leer hasta la caja de cereales, lo que resulta un verdadero problema cada vez que tengo que buscar algún dato concreto, una cita, y acabo leyendo textos enteros, a veces sin relación alguna con el tema original. Como hoy, que reencontré un querido objeto propagandístico, quizá el más bello de todos, y lo único que deseo es tirarme en el sofá a disfrutarlo...
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El derecho a la pereza es un manifiesto exquisito; el objeto de su repulsa es el trabajo mismo: «Una extraña locura se apodera de las clases obreras […]. Esta locura es el amor al trabajo, la pasión furibunda por el trabajo». Su autor, el francés Paul Lafargue (Santiago de Cuba, 1842-Draveil, 1911), publicó este texto en el periódico parisino L'Egalité en 1880, siendo reeditado tres años más tarde, convirtiéndose en uno de los panfletos más leídos e influyentes del movimiento socialista internacional (tras el inefable Manifiesto del Partido Comunista, desde luego). El triunfo soviético, sin embargo, borró del mapa teórico este documento fundamental, hasta ser retomado tras la Segunda Guerra Mundial por anarquistas, primitivistas y hedonistas revolucionarios. Fue, por decirlo de alguna manera, el pilar deontológico del Mayo francés.
«Y los hijos de los héroes del Terror se han dejado degradar por la religión del trabajo al grado de [que] proclaman como un principio revolucionario el derecho al trabajo. ¡Vergüenza al proletariado francés!», clama Lafargue con genuina indignación. Su idea es simple: automatización total de la producción y muchos turnos de trabajo de tres horas cada uno. Sabe, e insiste en ello, que en la «civilización capitalista» esta mecanización de la industria se hará efectiva, pero no llevará a la liberación del trabajo, sino a un aumento del desempleo y la sobreproducción estéril; intuye, empero, que la vía para construir una ética socialista del trabajo depende, o pasa por una hiperindustrialización automatizada, única manera de trabajar menos sin que por ello descienda la producción.
Desde luego, éste es un resumen simplista de un panfleto que de por sí lo es, simpleza que no contradice la profundidad de la idea lafarguiana. Lejos de centrarse en cuestiones económicas, se concentra en las implicaciones culturales, intelectuales e incluso físicas de la alienación laboral. Deja, además, un vívido resumen de las condiciones socio-económicas de la Europa del XIX. Aboga por más tiempo libre como único camino para la realización individual, planteando que no es el trabajo el que libera, sino el ocio. Sólo teniendo mucho tiempo libre el individuo puede hacer todo aquello que su cerebro o su cuerpo exige; sólo así puede seguir sus inclinaciones naturales y concretar sus más caros placeres físicos e intelectuales. Sin embargo, no debería ser visto como un discurso antiproductivista; más bien, propone otra forma de producir, de ser productivos.
Resulta interesante el paralelismo entre este texto y aquel otro de su maestro y suegro Karl Marx, los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, perdidos durante décadas, publicados mucho después del libelo de su discípulo, y donde se encuentra el núcleo del pensamiento marxiano a pesar de tratarse de una obra de juventud (la escribió antes de los treinta). Si con la excusa de Marx se construyeron diversas dictaduras durante el pasado siglo, lo cierto es que los Manuscritos conforman un texto profundamente antitotalitario, casi anarquista, sin el incendiarismo de la prosa ácrata. Sin embargo, la diferencia fundamental entre Marx y Lafargue radica en que éste último destila ya un cierto tufo a desprecio, quizá el primer antecedente socialista de una idea que cobró forma en la segunda mitad del siglo pasado, y que consiste en que el proletariado no es una clase revolucionaria: «En presencia de esta doble locura de los trabajadores, la de matarse trabajando y la de vegetar en la abstinencia, el gran problema de la producción capitalista ya no es encontrar productores y decuplicar sus fuerzas, sino descubrir consumidores, excitar sus apetitos y crearles necesidades ficticias». Aquí se insinúa ya la fractura del proletariado en tanto categoría ideológica y su paso, en tanto problema, del mundo de la producción al del consumo. Señala el devenir del capitalismo del siglo XX: la sociedad mercadotécnica, la cultura de la publicidad. Anticipa buena parte del pensamiento postmarxista, desde el Homo Ludens de Johan Huizinga hasta La abolición del trabajo de Bob Black, sin olvidar a Debord, Derrida, Vattimo et al. Desde entonces, insisto, en la literatura de izquierda el problema del proletariado radica en que se ha convertido en un consumidor más. Ya no se habla de comunismo, sólo de consumismo.
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Así, organizadamente despatarrado, coca-cola en la mano izquierda, devoro el librillo con reverente placer. Después, vuelvo al trabajo.
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