Camino rumbo a casa de una amiga. Cuando me dio su dirección algo hizo clic en mi cerebro. Desplegué el mapa virtual que todos llevamos dentro para descubrir que yo viví muy cerca de ahí, siendo niño, cuando llegué por vez primera a esta ciudad. Me desvío unas cuadras con la intención de encontrar aquel edificio de los años cuarenta, o cincuenta, forrado de azulejos, cuatro pisos, tres bloques. Nada del otro mundo. Un edificio cualquiera. Empobrecido, sucio, viejo. Sin chiste.
El departamento era estrecho. Incluso en mi infantil memoria aparece reducido. La sala era pequeña y en ella estaban la estufa, el refrigerador, un miniaturizado televisor en blanco y negro y el mínimo sofá plegable en que mis padres dormían. La habitación tenía mi cama, la cuna de mi hermano y un mueble para guardar ropa. Había una grabadora monofónica. No recuerdo que hubiera más cosas. En realidad, lo que más teníamos eran carencias, algo habitual en familias como la mía.
Un año antes el gobierno mexicano había dictado la amnistía general a favor de todos aquellos que habían tomado las armas contra el gobierno mismo. En esa categoría estaba mi padre. Llegamos provenientes de España a tiempo para el nacimiento de mi hermano («uno me salió cubano —dijo mi padre— y no voy a permitir que el otro me salga gachupín»). Tras años de ilegalidad en Europa regresábamos al país de mis padres, aunque mi madre había partido a los tres años. Volvíamos a ser inmigrantes, pero esta vez en casa.
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Enfrente del edificio hay un hospital público. Ahí celebramos el segundo cumpleaños de mi hermano. Estaba internado, en una campana de oxígeno, con un severo ataque de asma. La avenida era tóxica. De hecho, se trata del cruce de dos importantes arterias, ambas perfumadas con monóxido de carbono. A unas cinco o seis calles está la escuela. Lleva el nombre del más cursi de los poetas cubanos, el más ingenuo de los pensadores políticos y, todo sea dicho, el hombre que estructuró la lucha independentista cubana. Fue el primero de los modernos, lo que significa también que fue el último de los románticos: José Martí, el multiutilizable. Escribió tantas cosas, sobre tantos temas diversos que tarde o temprano cualquiera encuentra una frase que le sirva para justificar una idea u otra; así, Martí es ícono ideológico tanto en La Habana como en Miami. Sirve para cualquier cosa, el poeta.
Así que estudiaba en la escuela primaria José Martí. Estuve un par de cursos. En su patio me rompí los dientes, corriendo, hasta que aterricé con la dentadura por delante. Recuerdo a la maldita profesora que llenaba el pizarrón con ejercicios matemáticos para luego sentarse a leer una novela romanticoide al tiempo que nos decía: «Cualquier duda, consulten la página 80 del libro». Un día quisieron adelantarme un curso. Dijeron que yo no debía estar en tercero, sino en cuarto; y aunque yo llegué a casa muy orgulloso, mi madre puso el grito en el cielo: «Que suban el nivel de todos, no el tuyo», dijo, en pleno ataque comunista-igualitario, y yo me eché a llorar porque en verdad los demás siempre me han importado poco y yo quería estar en cuarto y no en tercero.
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Cerca de casa había una iglesia enorme, toda concreto y Cristo, inmortalizada en una versión cinematográfica light, contemporánea, doblemente adolescente del clásico Romeo y Julieta. La iglesia es fea y hermosa; una mole gris de formas cubistas, entre búnker y zigurat. Luego, el parque al que solía ir de niño, más pequeño que en mis recuerdos, más simpático también. Me siento a fumar un cigarro y divago en busca de mis viejos amigos. Recuerdo pocos nombres, menos rostros y alguna que otra broma de mal gusto. Tenía nueve años, la memoria se empaña, los recuerdos son apenas fragmentos desorganizados cuando uno se retrae en pos de la infancia.
Pierdo un par de horas dando vueltas por ahí, reconociendo algunos gestos, desconcertado ante otros. Sé que sufro un ataque de nostalgia y me entregó sin pudor al redescubrimiento de un territorio semiolvidado. Vuelvo a pasar frente a mi casa y una sonrisa se me atraviesa en el rostro, como una cicatriz. Aquí gané el derecho a ir solo a la escuela, a cruzar la avenida y recorrer las escasas calles que pronto se convirtieron en mi espacio. Al caminarlas sin adultos me apropiaba de ellas, sin comprender que en realidad era yo quien comenzaba a pertenecer a estas calles, a este vecindario, a esta ciudad...
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Bebo una coca-cola en la tiendita de la esquina, como antaño hacía, al salir de la escuela con los amigos. Recuerdo el viejo cine donde sólo proyectaban viejas películas de Disney. Invariablemente mi padre se dormía, obligándome a despertarlo cada cierto tiempo para que no perdiera el hilo de la historia. Luego él me decía que en realidad ya había visto todas esas cintas de niño y yo lo miraba con incredulidad, pensando que esas películas no podían ser tan viejas.
Luego, un día, sin que recuerde cómo o en qué condiciones, nos mudamos lejos de aquí, al extremo sur de la ciudad. Después me fui a otra ciudad, a otro país, y así, avanzando en la línea del tiempo me alejé de estas calles. Una vez, hace diez años, mientras visitaba a un amigo y paseábamos por ahí, tropecé con la escuela, me detuve, la señalé ominosamente y exclamé que yo había estudiado en ese sitio. Mi amigo me miró compadecido, no sé si por mi gesto o por la escuelita en cuestión.
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Durante un instante un antojo se instala en mí: tocar el timbre y pedir permiso para ver el departamento. Me reprimo. Soy realista. Esto es en una megaurbe de veinte millones de habitantes, no un pueblito simpático donde todos se conocen y son abiertos y hospitalarios. Aquí es el miedo el eje de las relaciones entre extraños, no la confianza. Es imposible confiar en alguien. Por más gestos honestos, nobles, bellos que encuentres en el día a día, en realidad no bajas la guardia. Nunca. Jamás.
Imagina la escena. A través del intercomunicador te explico mi pedido, insisto en que aquí pasé parte de la infancia, y ante tus dudas agrego que sólo soy un pobre poeta nostálgico, ávido por recuperar la memoria; entonces tú 1) me recuerdas que la diferencia entre poeta y puto es de muy pocas letras y que ya puedo irme a ejercer el Edipo con mi mamá; 2) me respondes con un largo, larguísimo silencio, porque en realidad apagaste el intercomunicar en cuanto comencé a hablar, o 3) sientes cierta curiosidad por mi historia o, más probable, por ver qué clase de imbécil formula este tipo de peticiones en una ciudad como ésta. Bajas las escaleras (te protege una reja de acero) y me ves: alto, pesado, barbón, greñudo, desgarbado, mal vestido...
Dime, honestamente, tú, ¿me dejarías entrar?
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