Mucha lluvia. A cualquier hora del día o de la noche. Así, de pronto, sin previo aviso. En Guatemala a la temporada de lluvia se le llama invierno —aunque ocurre en el verano— y es que en efecto el frío cae del cielo, se mete entre las ropas y acaba en los huesos humedecidos por la imparable lluvia. Las montañas y volcanes se cubren de una bella niebla que recorre sus cimas con fantasmal andar, reptando entre las ramas de los árboles. El cielo es de un gris uniforme, blanquecino, cuya armonía sólo rompen los ocasionales nubarrones oscuros, presagio de más lluvia. Si el día es bueno, una fina llovizna cae casi sin interrupción (de vez en cuando el sol se deja ver, no por mucho tiempo), y cuando las cosas van mal el aguacero es interminable y apocalíptico. Como hoy.
Camino bajo un aguacero pertinaz. La ciudad (en rigor un pueblo grande) está llena de pequeños mototaxis que aquí llaman tuc-tuc. Le hago señas a uno y le pido que me lleve al otro lado del río: «Imposible —dice el chofer—: el presidente está inaugurando el puente y no hay paso». Panajachel está construido en la desembocadura de un río semiseco (el San Francisco), y con cada ciclón, tempestad, huracán o tormenta se reaviva el ancestral terror ante el eterno retorno del agua. El río es un hilo que de vez en cuando crece y destruye el puente, tal y como ocurrió con el paso de Agatha. Ahora, un mes y medio después del desastre, el presidente aparece por estos lares para confirmar cuán arduamente labora su gobierno y cuán importantes le parecen esos pequeños e inútiles gestos: el puente, en rigor, funciona igual con o sin discurso (y se destruirá igual durante la próxima calamidad). Cuando por fin cruzo el «nuevo» puente, el acto ya ha terminado, aunque la policía y el ejército siguen vigilando el lugar, el tráfico se mantiene cerrado y la lluvia, en cambio, parece no tener fin.
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Hace algunas semanas, en Xela, conocí a un editor, periodista y activista cultural que vive y trabaja aquí. Nos reunimos en su casa, al fondo de un callejón verde y estrecho, en el barrio de Jucanyá, donde me muestra sus proyectos (libros, revistas, y escucho el piloto de un programa radial que ha comenzado a hacer con otros amigos en un estudio casero). Siempre me resulta fascinante esta relación con la tecnología, gracias a la cual es posible desarrollar proyectos complejos con muy poca inversión. Durante horas nos hundimos en el relato de lo posible y lo imposible en las condiciones actuales (dicho esto sin leninismo); en la belleza del estar aislado del mundo y a la vez del todo conectado con éste vía Facebook, blog y portal. Justo eso es lo posible: vivir con sencillez en una sucursal del paraíso, regodearse en lo mundano (política, cultura, poesía) y comunicarlo al mundo, o en su defecto, a cualquier interesado en cualquier parte del mundo. Luego, entre cafés y cigarrillos, hablamos de historia. Y de rock.
Tal y como ocurrió en otros países del continente, durante los últimos estertores de la dictadura, el rock, el movimiento, tuvo un papel importantísimo en la reconfiguración de ciertos procesos sociales y ciudadanos. Sin duda canalizó el descontento de la juventud, a la vez que careció siempre de algo así como un proyecto político (era una protesta, no una propuesta); en virtud de ello la escena fue tolerada, no sin contratiempos, y a la postre de su «masa» salieron muchos de los que hoy se organizan en los más variados modelos participativos. La capacidad de autorganización de los movimientos roqueros es una experiencia difícil de olvidar, pero también de trasladar a otros fenómenos sociales. No es imposible, sin embargo; de ahí la tendencia a vincular los movimientos sonoros con otros de orden más bien político.
En 1931, Antonio Gramsci escribió un artículo titulado «Espontaneidad y dirección consciente», en el que afirma que «descuidar —y aun más, despreciar— los movimientos llamados espontáneos, o sea, renunciar a darles una dirección consciente, a elevarlos a un plano superior insertándolos en la política, puede a menudo tener consecuencias serias y graves». Razón no le falta; la espontaneidad es una fuerza única, radicalmente irrepetible, y a la vez ajena a cualquier «dirección consciente» que no provenga de sí misma. Estos movimientos comparten todos una estructura de orden celular en la que algunas «células» se dedican, por decir, a la organización de eventos, otras a la producción de publicaciones, otras a crear ropa o cualquier parafernalia asociada, y así sucesivamente, buscando los resquicios del mercado; y al hacerlo —es inevitable también— crean nuevas mercancías, nuevos mercados, nuevos consumos; sin haber en dichos gestos, ni por error, algo que se parezca a un comité central. No hay palabra verdadera, ni líderes encapuchados, ni ideólogos de academia. Cada individuo actúa en su círculo de influencia a lo largo y ancho de una estructura en la que cada «célula» (y el término es quizá demasiado concreto para retratar la ambigüedad del fenómeno) organiza su trabajo, sus ideas, su función como mejor le parece, como mejor puede o sabe hacerlo.
Los «movimientos espontáneos» son a la vez profundamente localistas y naturalmente globales. Buscan incidir en su comunidad (pequeña o grande) y están siempre al tanto de lo que sus pares hacen en otras partes del mundo; están en contacto con ellos y «exportan» su propio trabajo con la certeza de que será atendido y entendido en otros lares, que hay retroalimentación, intercambio, simbiosis, sinergia. Recuerdo que cuando era un adolescente habanero, con los amigos publicábamos un fanzine; en mi casa montamos un pequeño y ruidoso estudio de grabación, en la de otro amigo había una biblioteca común y en la de otro un laboratorio fotográfico. Todo era colectivo, poníamos algún cacharro, documento o conocimiento para poder, entre todos, configurar espacios de trabajo más o menos funcionales. El correo era una mierda pero nos carteábamos con colectivos afines de todo el planeta (mi madre, viendo las fotos que llegaban a la «redacción», exclamaba: «¡pero si son todos iguales en todos lados!», y lo éramos, y a mucha honra). Si nuestra intención primera era incidir en el entorno inmediato, la segunda era hacerle saber a los nuestros en el mundo que lo estábamos intentando, que aquí también se gestaba algo.
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Converso con el periodista-editor-activista y con un músico-pintor-ingeniero de sonido. Ambos dominan el diseño gráfico, la computación y tienen nociones generales o profundas de esto y de aquello. Participan ambos en varios proyectos a la vez, realizando a veces diferentes funciones dentro de éstos. Tienen más o menos mi edad y a estas alturas del partido resulta obvio que somos los tres el triste subproducto de una misma cultura organizativa en la que por fuerza aprendimos a hacer de todo un poco para mejor participar en ella, para aportar más y aprovechar al máximo las posibilidades de esos movimientos espontáneos en los que un día, sin dirección ni consciencia, nos vimos inmersos.
En otras palabras, nos reconocemos como pares de distintos lares.
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