Pacífico caribeño

Portobelo, 2011


La manifestación de maestros pasa bajo mi ventana: banderas rojas con siglas sindicales, consignas llamando a la unión del pueblo, rostros envalentonados y otros sumidos en el tedio. Algunos puños se alzan al cielo, hay quien grita con inusual fuerza y otros muchos que envían mensajes con sus celulares (otros conversan en pequeños grupos, o le miran las nalgas a sus compañeras de lucha). Los automovilistas se exasperan; al altoparlante se le suma el claxon, al eslogan la mentada de madre. Los buses circulan con lentitud por el único carril libre: son viejos transportes escolares, un día amarillos y hoy pintados de mil colores, diseños extravagantes, rostros de actores hollywoodenses, íconos pop, dragones chinos, tipografías raras, luces parpadeantes, carrozas de carnaval: se trata de uno de los símbolos de esta urbe. Algunos llevan nombre de mujer (Margarita, Isabel, Carmen), otros se llaman Matador, Supermán o Terremoto. Tras cada bus, como nubarrones que anuncian la peor de las tormentas, el denso humo negro de la contaminación.

El paisaje está cambiando; poco a poco se sustituyen los folclóricos buses de colores por otros nuevos, blancos, asépticos, cómodos, climatizados, menos contaminantes aunque mucho más caros. Si el pasaje en el viejo bus es de un cuara (25 centavos de dólar), en el nuevo el precio aumenta hasta el dólar veinticinco. No es poca cosa para un trabajador: «Setenta dólares al mes sólo en buses», comenta un guardia de hotel ladeando la cabeza. Él, como muchos empleados de la ciudad, vive en las afueras. El patrón, desde luego, no paga el transporte de sus trabajadores. De momento conviven ambos buses, aunque es evidente que poco a poco se imponen los nuevos, no sin conflictos varios. No es raro leer en el periódico que otro nuevo bus ha sido apedreado en un barrio popular, y hay quien intuye que se trata de acciones impulsadas por los propietarios de los viejos buses, incluso quizá por sus choferes.

El asunto es complejo; muchos conductores no podrán pasar los exámenes para las nuevas unidades. Pruebas sicológicas, de consumo de drogas —el uso de estimulantes, se sabe, es común en el gremio— y las propias pruebas de manejo son más severas en el nuevo modelo corporativo. Si los conductores de los viejos buses ganan de acuerdo al número de viajes realizados en el día (lo que los obliga a conducir a toda velocidad y con total irrespeto), los de la nueva línea metropolitana tienen salario garantizado, así como seguro completo, vacaciones y otras lindezas de la modernidad. En efecto, se trata del choque entre dos modos distintos de trabajo, pero también entre dos modos distintos de relacionarse con la ciudad y sus habitantes. Visto así, parece difícil encontrar un punto medio; a la larga es probable que los nuevos buses y las nuevas tarifas se impongan. Es, entre otras cosas, el precio de la ecología, que de momento sigue siendo para las clases medias.

*

Los chinos controlan no pocas tiendas de abarrotes (suelo ir a una que se llama, con rotundo rigor asiático, Minisúper Capitalismo), de tecnología barata, de regalos y de artículos varios. Los judíos, para variar, se hacen cargo de bisnes más serios y establecidos, de orden financiero. La telefonía celular es un negocio competitivo en Panamá, con varias compañías enfrentadas en precios y servicios. A pie de calle parece el negocio con mayor impacto popular —hace veinte años era el teléfono del rico, hoy es más barato que una línea fija—: en esta ciudad hasta los homeless tienen celular. Con un dólar me las arreglo para enviar mensajes durante una semana; con dos dólares logré sostener una conversación de diez minutos con un empleado de mi banco en México, y con quince dólares tengo internet durante un mes, todo sin contrato. Los teléfonos también son baratos: se puede conseguir un buen aparato multimedia nuevo y desbloqueado, sin compromiso con empresa alguna por relativamente poco dinero. Es, sin duda, una economía dinámica impulsada, entre otras cosas, por un bajísimo 7% de impuesto sobre el consumo (junto con Puerto Rico, el más bajo IVA de toda América).

Si los chinos controlan el pequeño negocio y los judíos el grande, los colombianos controlan el tráfico de drogas y las colombianas son las reinas entre las prostitutas, actividad legal en este país. No deja de ser contradictorio el hecho de que las cuentas bancarias secretas y la prostitución sean legal y socialmente aceptadas, mientras las drogas siguen sujetas a una persecución que no anula, dicen las malas lenguas, la participación del Estado en dicho business. Quizá por eso, pese a la cercanía con Colombia, no son baratas aquí.

A las diversas policías uniformadas hay que agregar una retahíla de agentes de civil que poco a poco aprendo a distinguir entre el gentío. Hace unos días, tras comprar algunas cosas no autorizadas por la legislación vigente, noté que me seguía uno de ellos. Logré escabullirme en una tienda de chinos, donde fingí escoger mercancías tras un estante del fondo. Desde ahí, oculto por latas y bolsas, lo vi entrar, mirar a todos lados, preguntar algo al chino, salir, volver tras sus pasos con rostro contrariado, y entonces partí en dirección opuesta, pegado a los edificios para no proyectar mi sombra sobre la acera...

*

Así como hay comercio informal de todo tipo de mercancías y servicios, abundan también los ciudadanos y ciudadanas que piden dinero sin dar nada a cambio. Algunos, algunas, llevan en el rostro las huellas de la adicción al crack; otros, otras, los gestos del hambre y la enfermedad; unos, unas más, el mero descaro. Tampoco faltan los engatusadores de toda suerte y condición, ni los emprendedores del bajo mundo. A ratos la ciudad se vuelve violenta pero es, sobre todo, una violencia pandilleril en torno al sacrosanto territorio (el barrio, los colores, el honor, el mercado)...

Prolifera el secuestro express, enfocado a comerciantes y hombres de negocios que vienen a esta ciudad a resolver sus asuntos. No falta el relato del turista asaltado, del robo a casa-habitación, del tiroteo entre pandilleros, pero no se encuentra aquí esa gran violencia que desgarra a otras capitales de Centroamérica. Esta ciudad, en cuya área metropolitana se concentra un tercio de la población del país, se nutre, pese a estar en el Pacífico, de una intensa cultura caribeña que la hace por entero diferente al resto de las urbes del área. En las calles, en los taxis, en las cantinas, suenan la salsa, la cumbia, el merengue y el son, y en los sitios más juveniles y de moda, el reguetón. La influencia norteamericana es evidente (un siglo de dominio económico, político y cultural no se evapora de la noche a la mañana) pero junto al pedazo de Miami sobrevive el tropicalismo barriobajero.

Sí, a ratos me recuerda al Caribe...

Ciudad Panamá
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
Diseño: Despacho de Utopías · Motor: Joomla! · Alojamiento: Site 5