Me deslizo hacia el campo, a una hora en tren. La ciudad agobia con su aire caliente y los últimos días, de juergas y resacas, me obligan a alejarme un poco. La fiesta es una de las instituciones más nobles de este terruño y a pesar de las restricciones que en los últimos años se han establecido en cuanto al ruido o al uso de los espacios públicos sigue siendo uno de los grandes atractivos de Barcelona. En estos días se celebraron las festividades de un antiguo barrio, con conciertos casi en cada cuadra. Ya tarde aterricé en una calle que había sido cubierta con cartón y en la que habían puesto sombrillas y algunos sillones, simulando una playa urbana. Así que ahí estaba, despatarrado a las tres o cuatro de la madrugada en plena calle, con algún dj disparando house mediterráneo, rodeado de gente de diversas nacionalidades y alimentados todos con cerveza y cannabis.
La tolerancia social es uno de los puntos clave de la ciudad. Sin ese respeto a la diferencia la convivencia sería imposible dada la cantidad de rarezas que se concentran en la urbe. En Barcelona, las reuniones en los espacios públicos son normales, la gente se apropia de las calles, las hace suyas (a veces bien, a veces no, qué puedo decir) y el consumo de hachís en la vía pública es tan habitual que a nadie sorprende ni escandaliza. Las parejas de hombres o de mujeres son francas y abiertas, el nudismo es natural y en general hay espacios para todos los gustos y perversiones. Desde luego nada de esto indica la ausencia de conflictos sociales —como para acentuar aún más el abismo entre locales y visitantes, las autoridades planean prohibir el consumo de bebidas alcohólicas en la calle... salvo para los turistas—; pero ahora hasta los huelguistas, y quizá ellos primero, se han ido de vacaciones.
*
Me refugio en casa de amigos, un agradable matrimonio que ha venido a retirarse aquí, rodeados de viñas, en un valle a escasos kilómetros de la costa y protegido de ésta por unas breves montañas. De entrada el termómetro desciende cinco o siete grados, lo que no es poco. No se trata sólo de una cuestión geográfica, hablo del propio calor producido por la urbe. Conforme la ciudad se calienta se recurre más al aire acondicionado y cuanto más se usa éste más calor se genera en la ciudad. Cada vez que paso junto a un banco me golpea en la cabeza el calor despedido por su sistema de enfriamiento; la concentración de automóviles produce también un calor especial, con aroma a combustible. Desde los barios altos se pude ver —en un buen día— la capa de nata que cubre a Barcelona.
Hay cosas de la ciudad que uno sólo descubre o comprende o acepta al alejarse de ella. En el verano, en Barcelona me siento sucio todo el día, pegajoso y cubierto de hollín. Al volver a casa los rastros de la calle sobre mi cuerpo me obligan a ducharme de inmediato. Me sorprendo ante la cantidad de mierda que sale de mi epidermis. Pero me sorprendo ahora que estoy en el campo y noto la diferencia. Allá me parece normal y cotidiano. Como los ruidos de la calle.
*
Me instalo en el porche, frente a los viñedos, con la brisa como acompañamiento sonoro (algún automóvil pasa por el camino): grillos, pajaritos —hay un nido de golondrinas sobre mi cabeza—, los perros o una avispa que zumba por ahí, y poco más. Todo es calma en este rincón, en este instante en que escribo mirando el horizonte. Sin fatalismo, me parece un buen lugar para estar cuando estalle la próxima bomba atómica, o cuando la civilización urbana degenere en el canibalismo más atroz, o cuando los extraterrestres invadan las grandes ciudades del planeta. En resumen, es un amable contexto el que me rodea.
Dormir bien es algo que se me ha dado poco en las últimas semanas. Descansar se agradece con particular énfasis cuando el estrés comienza a nublar el ánimo. Todo cambia aquí, hasta fumo menos. Trabajo sin prisa, sin presionarme, sin preocuparme por el trabajo mismo. Eso es esencial; hay momentos en que un proyecto deviene obsesión en su sentido más insano. A veces caigo en la cuenta de que estoy todo el tiempo dándole vueltas a una misma idea, atorado, atrapado en ella, y tengo entonces la impresión de que se me jodió el disco duro —el mío, el de mi cerebro— y reproceso el mismo documento día y noche. Soy obsesivo con mis cosas pero sé que hay un punto en el cual debo detenerme y cuando se me escapa esa señal de stop las cosas comienzan a ir mal: veo errores donde no los hay, busco excusas para deshacer lo hecho. Es ese el punto en que el trabajo deja de ser divertido. O simplemente sano.
*
Quisiera salir a caminar pero el sol y la pereza se abaten sobre mí y decido quedarme tranquilo, a la sombra y con un vino frío como única compañía. La pereza es espectacular en este entorno; todo invita a ella, al grado de que me cuesta trabajo pronunciar la palabra productivismo. Demasiadas sílabas. Esta deliciosa molicie sólo es perturbada por el roce de las moscas, empeñadas en posarse sobre uno. Lo demás es modorra.
¿Me adormilo? Es posible. La brisa hace que me sienta mecido por ella, o flotando en el mar a merced de una corriente benévola y refrescante; los ruidos de los árboles y las plantas crean una música orgánica, dispar, despojada de notas o algoritmos. Si la palabra paz tiene algún significado es éste, por eso Cioran soñaba con un «provincianismo a escala universal» como única posibilidad de calma en este mundo atribulado. Una vez recordado esto, la pregunta sería: ¿es la paz entonces un ideal conservador destinado a preservar al mundo de las transformaciones de la historia? Es decir, pensamos en ella como un estadio a alcanzar, no uno donde debamos quedarnos. Luego, aunque a veces se intente disimular, lo cierto es que la paz siempre tiene adjetivos, siendo diferentes la pax americana y la paz proletaria de la Primera Internacional, por decir. Diferentes pero igual de absortas en esa pulsión que parece impedir la existencia de una paz sin condiciones ni fines.
La paz es uno de los más caros objetos ideológicos; no hay ismo (incluyendo al democraticismo) que no haya discutido en torno a su concepción y razón de ser, ni que haya olvidado justificar alguna guerra en su nombre. La paz se conquista con sacrificio, de lo contrario carece de valor, parecen decir todos los relatos ideológicos tendientes a generar una épica a partir de lo que debería ser la simple normalidad. Por todos lados hay gente dispuesta a ponerle precio a la paz, a negociar la paz, a luchar por la paz, cuando lo cierto es que si se sentaran a disfrutarla ya existiría. Desde luego hoy tiendo a una tranquilidad de espíritu que otros días no tengo pero, ¿cómo van a hallar la paz todos esos seres que estando en ella viven estresados por su ausencia?
Pasado el sopor me obligo a decir que sin violencia la humanidad no avanza, nos lo ha demostrado la historia una y otra vez. Las grandes transformaciones de las sociedades no han ocurrido por pacifismo sino por arrebato, en un sentido bien poco místico. Es fácil olvidar que las conquistas sociales, laborales e incluso políticas de que gozamos (escasas o no) se adquirieron tras luchas violentísimas y se deben en buena medida a los movimientos comunista, socialista y anarquista de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX. Se olvida porque está muy lejos en el tiempo y porque estos términos, en la modernidad, se asocian con la dictadura (comunista), con el neoliberalismo de izquierda (socialista) o con el desorden social (anarquista), pero fueron ellos quienes sentaron las bases de las leyes que hoy protegen al trabajador y garantizan una relativa paz entre éstos y sus empleadores y el Estado. Después, algunos tomaron el poder y ninguna ideología opera igual una vez que deja de ser oposición. El conservadurismo del poder no es otra cosa que su propio instinto de conservación. La resistencia al cambio por parte de los poderes establecidos es también un claro síntoma de esa paz adjetivada de la que hablaba: la del sistema, la que reprime con violencia a quienes por una razón u otra pretenden perturbarla o transformarlo.
*
Así las cosas, desencantado con la paz me entrego a ella...
Sant Marti Sarroca
| < Anterior | Siguiente > |
|---|