Otro mundo

San Pedro Sula, 2010


Cae la tarde al llegar a San Pedro Sula, segunda ciudad en importancia del país, polo industrial en el occidente hondureño. Hace calor en el valle; llego a una casa de huéspedes agradable, a pesar de encontrarse en un barrio elegante, lleno de mansiones y pretensiones. El hogar es sencillo, al igual que su dueña, una mujer de cierta edad que ha vivido en varios países de Latinoamérica, Europa y también en los Estados Unidos. Nos caemos bien; me cobra poco y hablamos mucho.

Parto hacia el centro de esta ciudad que aparece todos los días en el periódico plagada de los más diversos crímenes y violencias. La última noticia es la instalación de las primeras cuarenta cámaras de videovigilancia en «puntos sensibles» de la urbe, aunque el alcalde promete que pronto serán ochocientas. La noticia despierta reacciones opuestas y miedos varios. Cuando George Orwell escribió su fantasía distópica 1984 todos quisieron leer ahí una metáfora de las dictaduras fascistas o comunistas, pero nadie quiso imaginar que sería la «democracia liberal» la encargada de desarrollar tales mecanismos de control y vigilancia electrónica. Hoy nos burlamos del Gran Hermano en forma de tontos programas televisivos, pero lo cierto es que el Big Brother existe; es una realidad llamada Estado.

El centro de San Pedro Sula está plagado de sucursales franquiciarias de cuanta transnacional pueda uno imaginar: pizzas, hamburguesas, cafés, sándwiches, helados (desde luego bancos, compañías de seguros, automóviles y todos los demás etcéteras) reunidas en muy poco espacio, una tras otra, acentuando la estridencia del centro urbano. El parque central es pequeño y arbolado, con la catedral en un extremo, el ayuntamiento en el otro y en una esquina el McDonald's, completando así los tres poderes. En el centro del parque, en el quiosco, decenas de pintas y consignas del Frente Nacional de Resistencia Popular, la organización nacida tras el golpe de Estado y en la que confluyen movimientos e individuos de las más variadas ideologías, desde liberales hasta comunistas, siendo el común denominador el apoyo incondicional a su líder —a su «comandante», como lo llaman los más vehementes y militaristas—, el depuesto Mel Zelaya. En torno al parque pululan individuos con profesiones arqueológicas: cambiadores de dólares, fotógrafos ambulantes, histéricos religiosos con la Biblia en la mano, aullando el fin del mundo...

*

En la mañana parto rumbo a la universidad, tras ver el cartel de un concierto «resistente». Es el día de las Fuerzas Armadas, pero los chicos, en un acto iconoclasta lo han rebautizado como el Día del Artista en Resistencia. Es mediodía cuando llego a un campo de futbol al fondo del complejo universitario, donde una cincuentena de jóvenes esperan que comience la fiesta. Panfletos, consignas, puños en alto, banderas rojinegras, rostros del Che... nada que no haya visto antes, en otros sitios, en tiempos distantes. Tengo claro que soy un tipo simbólicamente extraño pero ¿es necesario repetir los mismos simbolismos una y otra vez? A veces me parecen católicos con sus crucesitas de dos mil años, o Testigos de Jehová con su adicción a la palabra verdadera, y me pregunto dónde ha quedado, pues, la sacrosanta irreverencia, el reclamo destructor de convenciones ajenas. En todo caso me divierte el escenario, lleno de muy reales lugares comunes: el pueblo, la vanguardia, el imperio, la oligarquía, y el fantasma del comunismo, que sigue funcionando como «el coco» de la Guerra Fría. Transcurre el concierto entre vivas a Zelaya, en espera de que se ponga al frente de su movimiento, y me pregunto cuándo los movimientos sociales se atreverán a pasar por encima de sus líderes, a continuar sin sus fundadores, a dejar atrás al caudillo que les dio origen. Me sorprende aterradoramente escuchar a jovencitos afirmar con total seriedad que «no hay libertad, sino libertinaje», como si fueran ancianos reaccionarios, conservadores fundamentalistas, detractores del gozo radical. ¿Adolescentes antilibertinos? ¡Por Dios!, lo que hay que oír en estos días.

Aunque sus reclamos son ciertos, certeros, justos y necesarios, no puedo evitar aburrirme cuando escucho sus «compañeros», cuando veo sus disfraces (hay uno que insiste en imitar con total seriedad a Hugo Chávez), cuando corean sus frases huecas pero altisonantes y la repetición de consignas de ciento cincuenta años de antigüedad supera con creces el ejercicio de un genuino pensamiento radical y moderno, sin avanzar en el desarrollo de las ideas ni en la organización de una subversión autónoma que por fin no dependa de, ni defienda a, un presidente cualquiera, por muy golpeado y exiliado que esté. Converso con un muchacho de 19 años, y él, ácrata perdido, afirma: «el problema es que seguimos discutiendo cuál presidente queremos, sin decidirnos a aceptar que en realidad no queremos ninguno». Casi lo abrazo, claro.

*

Salgo del concierto mucho antes de que acabe, en parte por hartazgo ideológico (insisto, he visto esto muchas veces en mi vida) y en parte porque se alarga demasiado, con buenos y malos grupos subiendo al escenario y una sobredosis de consignas ya escuchadas. Atravieso la universidad, llena de alumnos que continúan con sus clases, se enamoran en los jardines, fuman clandestinamente o van de un sitio a otro con sus libros bajo el brazo sin interesarse por el concierto. Ya ha pasado más de un año desde el golpe de Estado; no es difícil imaginar que entre tanto se han organizado mil festivales de «resistencia» y que no pocos estudiantes están cansados del asunto. Se nota cuando desde el estrado gritan: «¿Quiénes somos?», y desde el público responden: «¡Resistencia!». Se trata de una progresión extraña, cuanto más público llega son menos, en proporción, los que responden a gritos las consignas.

Luego subo a un taxi —los taxistas, como en todos lados, son politólogos, o al menos eso pretenden— y hablamos durante los veinte minutos del viaje: «Yo soy resistente —dice— porque estoy en contra del golpe de Estado, pero tampoco soy zelayista. Ayudó a los más pobres, claro, pero eso no le da derecho a pretender la reelección, como los otros tampoco tenían derecho a sacarlo como lo hicieron», resume. Le pido que me deje en el centro comercial cercano a casa. Me interno en el mall a cambiar dinero y es en efecto otro mundo, un universo de aire acondicionado, tiendas caras, ropa bonita, compras con tarjeta, guardias armados, del todo aislado de aquel otro espacio abierto en el que jóvenes sudorosos lanzan consignas contra este mundo que por razones económicas, sociales, políticas, ideológicas, culturales, les es del todo ajeno y desagradable. Y a mí me ocurre otro tanto, por eso me encierro en mi habitación a leer todos los periódicos y revistas «resistentes» que compré en el concierto, y a beber un no muy barato vino tinto adquirido en el mall en cuestión.

Luego, cuando el pomo llega a su fin, me conecto los audífonos, subo el volumen y estalla La internacional, cantada por el coro del Ejército Rojo...

San Pedro Sula
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
Diseño: Despacho de Utopías · Motor: Joomla! · Alojamiento: Site 5