Vivo en la Avenida 69 entre la 213 y la 215. Desde luego, ni se trata de una avenida ni el poblado tiene más de nueve cuadras, pero la numeración crece con esa grandiosidad que los pequeños pueblos exhiben con orgullo. Acompañado de un café, abro el periódico y la computadora para hundirme en las noticias sobre la decisión de la Corte Internacional de Justicia, en La Haya, en torno al conflicto fronterizo entre Nicaragua y Costa Rica, que ambos países, a juzgar por sus respectivas prensas, enarbolan como triunfo propio. Pero el fallo de La Haya es eso, un fallo que no resuelve el verdadero problema (la soberanía sobre un cacho de tierra inculta) al tiempo que apacigua a ambos gobiernos con su arrullo conciliador. Por un lado, le exige a Nicaragua retirar a sus tropas del lugar al tiempo que le permite continuar con los trabajos de dragado en la zona; por el otro, autoriza al gobierno costarricence a enviar civiles al islote para vigilar dicho dragado, pero siempre con permiso del país vecino. Lo que está en juego es el futuro desarrollo turístico de la zona, pero también —se comenta en voz baja— la posibilidad de un nuevo canal entre el Atlántico y el Pacífico.
La Historia, lo he dicho antes, da vueltas extrañas. Las actuales labores del gobierno nicaragüense en la desembocadura del río San Juan están a cargo del civil Edén Pastora, nombrado por Daniel Ortega con el pomposo y arbitrario título de Ministro de Desarrollo de la Cuenca del Río San Juan. Hace 35 años Pastora era conocido en el seno del Frente Sandinista como el Comandante Cero. En 1978, con Dora María Téllez, dirigiría el asalto al Palacio Nacional capturando a todos los legisladores e intercambiándolos por 50 prisioneros políticos y medio millón de dólares para la guerrilla. No se trató de un triunfo menor; por el contrario, mostró que la posibilidad de un genuino triunfo guerrillero era plausible. Tras éste, Edén Pastora se volvió un ícono popular (era un líder carismático, muy joven y cargado de un discurso iconoclasta), ocupó cargos importantes en el nuevo gobierno sandinista hasta que en el año 81, denunciando las veleidades comunistas del Frente, renuncia a todos sus cargos y a la propia organización. Se exilia en Costa Rica, donde funda la Alianza Revolucionaria Democrática (ARDE) para continuar la lucha armada contra el gobierno de Daniel Ortega. Tres años más tarde se instalaría justo en la actual zona de conflicto decretando la República Libre de San Juan del Norte, de donde sería expulsado por tropas nicaragüenses. En 1986, el otrora Comandante Cero abandonaría del todo la lucha guerrillera. Hoy, limadas las asperezas, reaparece como ministro de su viejo amigo y enemigo.
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Uno no puede dejar de sentir cierta simpatía por una sociedad como la costarricense, despojada casi por entero de cultura militar. No ver soldados por las calles es un placer que sólo puede ser comprendido cuando se viene de países en los que el ejército sigue siendo de vital importancia para el «desarrollo de la Nación» y su presencia, por tanto, aparece como natural. Hace unas semanas, en San José, una amiga poeta comentaba que durante su viaje a México la mayor sorpresa que se llevó fueron los camiones cargados de soldados y el hecho de que sus amigos allá le dijeran que no se asustara, que «eso es normal». Hace pocos días, mientras conversaba con una joven cineasta, mencioné algo acerca de la leva obligatoria para recibir por respuesta la siguiente pregunta: «¿Qué es leva?». La falta de cultura bélica, dice otro amigo, sociólogo él, hace de éste un pueblo «poco beligerante, incluso cuando debería serlo».
En cierto modo, Costa Rica es el país más «socialista» de Centroamérica. Desde luego, no me refiero con esto a una real economía socialista (¿existe tal cosa en sitio alguno?) sino al uso habitual de tan desprestigiado término y que alude a la inversión estatal en asuntos sociales. El Estado costarricense (los neoliberales se encargan de denunciarlo un día sí y otro también) destina más dinero que cualquier otro de la zona a educación, salud y preservación medioambiental, así como a proyectos de equidad de género y de desarrollo social. No es perfecto —no puede serlo— pero algunas de las aspiraciones socialdemócratas se están logrando aquí con mayor celeridad que en otros países. Aún así, en la costa caribeña, el Estado aparece poco.
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Me saluda cuando paso a su lado: «¿Quieres comprar Jamaica?», pregunta desde su rincón. Intuyo que no quiere venderme un país, ni aquella flor carmesí que se usa para preparar bebidas, sino la nada barata hierba que importan de la isla del reggae y el calypso. Me siento a conversar con él, un hombre de mi edad, hijo de negro e india que asegura tener mucha suerte con «las hembras», que es como aquí llaman a las féminas. Afirma que la atracción que este sitio ejerce no tiene que ver con sus habitantes, sino con su naturaleza, con sus paísajes. Es posible pero en lo que a mí respecta siempre me he sentido más cercano a los hombres y a las mujeres que a las plantas y al resto de los animales. Aún así, lo admito, el magnetismo de esta tierra es poderoso.
Su pensamiento es una extraña mezcla de cristianismo, mitología rastafari, predicciones mayas y otras esoterias combinadas. Habla con soltura de La Profecía (no me queda claro cuál) y asegura que lo que está ocurriendo en el norte de África «ya estaba escrito». Le pregunto si hace alguna otra cosa además de mercar y responde que se está preparando para la gran transformación del mundo, un proceso en el que intervendrán Jehová, Lucifer, Mahoma y para no quedarme atrás, agrego a Buda a su lista. «El Apocalipsis ya empezó —dice mi nuevo amigo—, el Anticristo está entre nosotros, estudiando en la Universidad de Navarra, que es del Ku-Klux-Klan». Respondo que la universidad en cuestión es en realidad del Opus Dei: «La misma mierda», responde con incendiaria lógica.
La conversación, a tres metros del brillante Caribe, transcurre entre cervezas y bromas, aunque él habla en serio: «Las puertas interdimensionales Alfa y Omega se encuentran en una pirámide maya en Guatemala; por ahí pasaremos los salvos hacia un mundo mejor. Cuando la destrucción se acabe volveremos para repoblar el mundo». Los cristianos, insiste mi amigo, «no se salvarán jamás, están podridos con tanta hipocresía: son los amos del mundo, los señores de la guerra, la miseria y la destrucción, ¿cómo podrían ser salvos?». A ratos pierdo el hilo de sus ideas, lo admito, pero no el sentido general de su reclamo que, en el fondo, no es muy distinto a otros que he escuchado. Al final, se limita a encoger los hombros: «De todas formas estamos jodidos; los amos del mundo no nos dejarán en paz».
Luego, mientras hojeo el periódico pienso que después de todo tiene razón: «Estamos jodidos».
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