Nostalgia en la terraza

El valle. Oaxaca, 2010


Al llegar a esta ciudad, sin dinero, sin trabajo y en buena medida sin proyecto, ella me prestó esta casa, entonces a medio construir. Aquí viví varios meses, al principio sin agua ni electricidad, bañándome a cubetazos en el jardín y durmiendo al caer la noche. La casa está en las afueras, subiendo un cerro. Bajaba todas las mañanas al centro, a la oficina, y volvía en el último autobús. Cuando conectaron la electricidad lo primero que compré fue un minibar para las cervezas y un aparato de sonido decente. Luego ponía música ambient y me acostaba en el inmenso jardín a ver las estrellas, con una fría en la diestra y un Bob Marley en la siniestra.

Una noche, al volver del trabajo, descubrí con horror que me habían robado el equipo de audio y mi modesta pero rara colección de discos. Llamé a mi amiga, la dueña, mi ex madrastra, y me pidió que pusiera una denuncia ante la policía, sólo para que hubiera constancia. No me gustan los azules, y soy de la idea de que mantener una sana distancia respecto a ellos hace más agradable la existencia, pero obedecí. A la mañana siguiente me personé ante el Ministerio Público; el licenciado transcribió mi denuncia con la gramática más abstrusa que se pueda imaginar y lo tuve que firmar, como si fuera un texto mío. Me entregó entonces un recibo, dijo que tenía que acudir a la Policía Judicial, y que ellos investigarían el robo. Decidí entonces que ya había cumplido con mi deber cívico y me desentendí del asunto. Además, la idea de presentarme voluntariamente en sus mazmorras me pareció una soberana tontería.

Comenzaba a olvidar el robo cuando una tarde, al volver más temprano que de costumbre, vi desde el camino una camioneta frente a mi casa. Moderé el paso, afilé la vista, agucé el oído y comprendí que estaba rodeado. Eran los judiciales. El jefe se acercó, me miró de arriba a abajo y preguntó si yo era yo. Le dije que sí, y lo medí también. Era un hombre mediano en edad y en estatura, fuerte, curtido por el sol y por la profesión. Llevaba botas vaqueras de piel de víbora, estrecho pantalón de mezclilla, hebilla al cinto y camisa de vívido diseño multicolor. En la cintura portaba una semiautomática del .45 con lindas cachas de nácar. «Soy el comandante 124», se presentó: «y ella es la comandante 149», dijo, señalando a su compañera. Ella era idéntica en todo a él —poses, formas, vestido—, aunque con tetas. Los otros muchachos, jovencísimos, eran los aprendices.

Preguntó por qué había puesto una denuncia y no había acudido a verlos. Respondí que me parecía una irresponsabilidad molestarlos por un simple robo, «teniendo en cuenta la ardua labor que realizan en pos de nuestra seguridad». No pareció ofenderse. Entramos a la casa y miró el sitio con sumo interés. Era obvio que se trataba de la guarida de un veinteañero soltero, intelectualoide y un tanto juerguista. Inquirió por la factura del equipo, y en el momento de entregársela comencé a sudar: solía preparar mis churros sobre ese papel, y desde luego expelía un soberbio aroma. El judicial leyó el documento en silencio, durante un par de minutos, fingiendo demasiado interés. Luego, con lentitud y dramatismo (casi tarkovskiano) acercó el papel a su nariz, lo olfateó, alzó la vista y dijo: «Mmmm, esto huele a mota». Aguanté su mirada y no dije ni sí ni no. El silencio volvió a ser denso. Sonrió: «No te preocupes —dijo—, aquí todos fumamos, ¿verdad muchachos?», y el coro de imberbes respondió: «¡Sí, señor. Aquí todos fumamos!».

Esto fue un jueves. El domingo salí temprano de casa y al volver a media tarde, tranquilo, silbando por el camino, encontré un destrozo en la ventana. Abrí la puerta y fui absorbido por una novela de John Le Carré: mi casa había sido registrada in profundis, dejando todo patas arriba. Mis negativos en el piso, fuera de sus sobres; mis diskettes tirados por ahí y la laptop, una linda 386, despatarrada en un rincón. Los libros abiertos, la ropa revuelta, todo fuera de lugar. Recuento mis escasas propiedades y concluyo que nada falta, salvo dos cervezas. Llamo a la propietaria, a mi amiga, a mi ex madrastra y le digo que ha ocurrido otro pequeño incidente. «¿Robaron de nuevo?», preguntó incrédula: «No —respondí—: esta vez fue un registro».

En dos o tres horas movió no sé cuántos hilos y consiguió una cita con el jefe de la Judicial para la mañana siguiente. Y allá fuimos, yo con mi habitual desaliño. Nos recibió —perdón por el lugar común— un cerdo gordo y rosa, de inmóvil sonrisa. Desde su trono, el jefe habló: «Si te registraron es porque algo ocultas. ¿Qué escondes?», preguntó, haciéndose el perspicaz. Tragué saliva, claro, porque eran los años en que el EZLN era una fuerza viva en Chiapas, y en Oaxaca y en Guerrero el Ejército Popular Revolucionario hacía de las suyas, siendo ésta una ciudad fundamental en su estructura.

«Dime —preguntó el judicial—: ¿eres militante de algún grupo político subversivo y clandestino?». Lo miré como se mira a un fantasma. O a un imbécil. Además, mi nihilismo se ofendió: «¿Militante? ¿Yo?». El jefe me miró muy serio y siguió con aquello de si ocultaba algo. «No tengo nada que ocultar —respondí—, y en verdad lo único que quiero saber es si el registro lo hicieron ustedes. No hay problema con ello, no voy a presentar denuncia alguna (¿ante quién?, por cierto); el único problema radica en que si no lo hicieron ustedes lo hizo alguien más, y eso sí es preocupante». Se removió en su asiento y habló con voz suave: «En todo caso, yo no ordené nada, pero voy a preguntar si alguno de mis comandantes, por iniciativa propia, se tomó la libertad de realizar el registro».

Esto fue un lunes. El jueves, a media tarde, recibí una llamada del comandante 124. Quería verme en mi casa. Lo cité en media hora. Cuando llegué ya me estaba esperando, un tanto amargado: «Psss. Me dejaste en malas con mi jefe», reclamó. «La culpa es tuya —le dije—, por aventurar conclusiones absurdas». «Ponte en mi lugar —replicó—: aquí está el EPR con sus chingaderas, y de pronto llega directito de La Habana un Guevara. ¿Qué quieres que piense, carnal?»...

Parecía sufrir de verdad. Casi sentí lástima por él. Nos sentamos en la terraza y el comandante se dedicó a quejarse del oficio y de la modernidad: «Ya no se puede trabajar. Esto es una mierda, así no se puede hacer nada. Antes agarrábamos a un sospechoso y lo exprimíamos a golpes hasta que confesaba; ahora tenemos siempre a esos putos de los derechos humanos encima nuestro, protestando si tocamos a un detenido... ¿cómo quieren que alguien confiese sin golpes? Así no se puede trabajar», repetía una y otra vez, ladeando la cabeza. Nos bebimos un par de cervezas en la terraza, como si fuéramos viejos amigos, viendo el valle a la luz del atardecer.

Eran los primeros meses de 1997.

Oaxaca
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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