Música de la ciudad

Tegucigalpa, 2010


Arrastro los pies por esta ciudad enloquecida, donde la violencia se ha vuelto un componente esencial de la vida cotidiana. Las maras cobran «impuesto de guerra» a todos los comerciantes de la urbe, y aquel que se niega es ejecutado en la vía pública. A la vez, se aprende a convivir en medio de una corrupción que repta por todos los elementos de la vida en común: taxis piratas, untada policial, narcoavionetas que desaparecen de aeropuertos militares. La situación política es compleja; reaparecen viejos conflictos agrarios, campesinos armados con fusiles de asalto, ejércitos privados, creciente militarización. La prensa resistente denuncia a «esa casta árabe-palestina que controla los negocios del país», como si el capitalismo criollo fuera mejor. Lo cierto es que unas pocas familias se reparten todo, controlan la mayoría de las franquicias transnacionales y la industria nacional, amén de haber aportado presidentes, senadores, diputados y todo lo necesario para que la maquinaria funcione a su favor. La sabiduría popular está al tanto del asunto y, xenofobia o no, los reclamos a esta oligarquía, a esta estructura monopólica, estallan en cualquier conversación.

A ratos me da la impresión de que Honduras está unida con grapas endebles y oxidadas, con pegamento barato o malamente cosida. A veces parece a punto de derrumbarse, y entonces impresiona su solidez. Es un país duro y frágil. La prensa llena sus páginas con crímenes de toda suerte, algunos de cuello blanco, otros sin camisa. «Es un país hermoso y destruido», dice un taxista: «Esto que llamamos democracia es una mierda; por otro lado, ¿usted cree que al país le haga bien el chavismo?», cuestiona. Murmuro que dudo mucho que el chavismo le haga bien a país alguno y el taxista continúa: «eso mismo digo yo. Yo no quiero a un Fidel o a un Chávez aquí, yo quiero a un máger que traiga socialismo, libertad y desarrollo», se inflama, y río de buen humor. Al llegar al hotel, muy solemne, el taxista se despide: «Hasta siempre, compañero»...

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Me caen bien los taxistas; viven recorriendo la ciudad, se enteran de todo, opinan sobre cualquier tema y se interesan por uno. Siempre preguntan de dónde soy, de dónde vengo, qué hago, a dónde voy y qué me parece Honduras. Todos han sufrido al menos un asalto; hay zonas de la ciudad en las que se niegan a circular y hablan con tristeza de una violencia que supera con creces cualquier intento por detenerla. Aquí, el término «parapolicial» ha sido redefinido como marapolicial. No sólo es insegura la vida, sino que aquellos encargados de la seguridad son partícipes de la criminalidad: policías antisecuestro dirigiendo bandas de secuestradores, antinarcóticos traficando a diestra y siniestra, militares vendiendo armas en el mercado negro, y una clase político-empresarial que no sólo cree estar por encima de la ley, sino que de hecho lo está.

Impresiona la producción de cultura cristiana, así católica como protestante: canales de televisión, radio, publicaciones de todo tipo, hip-hop, rock, reguetón, salsa, cualquier cosa, siempre y cuando tenga «mensaje». Todo sitio público está plagado de carteles que invitan a conocer a Jesús, a Jehová, a Dios. Por todos lados salmos, citas y bendiciones. Las radios de las diversas misiones o congregaciones suenan en todos lados, a toda hora, y uno escucha los comentarios más extraños en sus frecuencias: «Llamo porque creo que mi hija adolescente está poseída por el Diablo; sólo dice cosas raras como Michael Jackson o Britney Spears». Ni los templos están libres de pecado: la prensa narra homicidios en plena liturgia, como si se tratara de tabernas mundanas.

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La taberna es oscura y pequeña. Llena de vampiros que se refugian de la luz diurna. La especialidad de la casa es un preparado hecho con los guaros más baratos, refresco de toronja y —dicen las malas lenguas— pastillas molidas. En todo caso la mezcla es explosiva, dulce y traicionera. Lo que buscan los habitués: borrachera instantánea y a mitad de precio. Cerca se encuentra el café que me sirve de oficina; el anfitrión es un poeta de larga vida y extensa prosa. Disfruto la conversación, que va de los asuntos poéticos a los políticos, con infrecuente lucidez. El café tiene un cuarto de siglo de existencia, es centro de reunión de una parte de los escritores y artistas locales, muy vinculado también a un sector de la resistencia. Como en otras latitudes y otros tiempos, la revuelta es también artística y cultural.

«No hay que confundir —dice el poeta—: Zelaya no es socialista, mucho menos comunista. Es un liberal con cierta conciencia social, pero no más. Lo que ocurre es que el capitalista local no entiende de estas cosas y confunde "lo social" con el socialismo. Pero claro que Zelaya no es de izquierda, al contrario, es un terrateniente». No lo dice con desprecio, de hecho, su simpatía hacia Mel es evidente; tan sólo intenta poner las cosas en su justo contexto. Quizá ese sea un punto importante: el contexto. O su ausencia. En cierto modo Honduras parece un país descontextualizado, inmerso en la modernidad a la vez que aislado de ella; perteneciente a una Centroamérica cuyas revoluciones y guerras no la tocaron, saliendo de un golpe de Estado en pleno siglo XXI. El golpe generó un movimiento social impresionante, pero también reacomodó al empresariado clásico, le dio nueva fuerza a la vieja clase política y sobre todo a los militares, un tanto aislados del poder tras varios gobiernos civiles.

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Se me acaba Honduras. Admito haberme sorprendido con la belleza de este país, con sus contradicciones, los múltiples mundos que caben aquí. Tegucigalpa, por su lado, es una tremenda representación del caos urbano, postal de la descomposición social y, como siempre ocurre, una cierta belleza inexplicable aparece en medio de la decadencia. Los contrastes son abruptos; vas por una calle y aparece un barrio de casuchas de madera en un barranco; das vuelta y caes en una zona comercial más o menos chic; sigues de largo y tropiezas con el tumulto que es el mercado callejero. Las pandillas juveniles se han convertido en una fuerza beligerante socialmente reconocida, aunque despojada de contenido político. Pese a todos los intentos por ver una suerte de robinhoodismo en ellas, lo cierto es que roban a los pobres, a los trabajadores cotidianos, a los estudiantes, a los poetas. El vocablo «sicario» es habitual en esta urbe, aparece en toda conversación, en cualquier página de cualquier periódico. La música de la ciudad es el constante canto del claxon.

Es una realidad con la que se aprende a vivir.

Tegucigalpa
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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