Molinos de viento

2009


Es un día frío y soleado, y el viento se cuela por la rajadura de mi zapato izquierdo. Recorro por última vez las calles de este barrio en las afueras de París. Aquí gobierna el PC, aunque desde luego, el adjetivo comunista carece de las connotaciones y realidades que uno aprendió en Cuba. No deja de resultarme curioso, porque desde que salí de La Habana, hace unos trece años, no había vuelto a estar bajo la égida (es un decir) de los residuos soviéticos. Insisto en que no hay punto de comparación; se trata de dos realidades económicas y sociales completamente distintas, de ahí que el funcionamiento institucional y político sea del todo diferente en un caso y otro. Aquí el Partido Comunista no controla la economía ni tiene nada que ver con la generación —o no— de la riqueza, sino única y exclusivamente con su socialización, cosa que no hace mal. Los servicios sociales, incluso en cultura y deporte, son interesantes en esta pequeña ciudad multirracial, multinacional, que ha sido ya absorbida por la urbe parisina.

Decía que me embargan sentimientos contradictorios en este mundo de lo cotidiano. El boletín del ayuntamiento está lleno de consignas anticapitalistas («el Granma local», dice una amiga), cuando lo cierto es que toda la estructura social que el PC ha creado aquí emana precisamente de la riqueza generada por el capital. A la vez, y no conviene minimizar en este punto, el Estado (el pequeño Estado que es esta pequeña ciudad) utiliza esos recursos con justeza: los centros deportivos están llenos de jóvenes, hay buenos conciertos, incluso internacionales, a precio accesible todos los fines de semana, el cine de la localidad proyecta películas clásicas o «alternativas» y organiza debates interesantes, y, a diferencia de otros barrios de París (o de otras ciudades francesas), no se ven en las calles a policías malencarados que le piden la tarjeta de identidad a toda sombra ambulante. Contra todos los prejuicios aún vigentes, siendo éste un rincón proletario e inmigrante, la criminalidad es bajísima en comparación con otras zonas. Por todo esto, el PC gana una y otra vez las elecciones aquí, muy por encima del resto de los partidos políticos.

Otra diferencia con Cuba.

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A las tres y media llega Germano en su go-kart, como llamamos al Alfa-Romeo que conduce. Se dirige a Burdeos, por eso nos hemos puesto de acuerdo para hacer el viaje juntos, mucho más barato que el tren, sobre todo porque decidimos no ir por autopistas. Nos conocimos hace cinco años; hemos compartido apartamento, trabajado juntos y en general, desarrollado una buena amistad. Es piamontés, comercial y medio comunista también. Entre semana viste con traje y corbata; durante el week-end (así se dice en francés) se transforma por entero y es entonces cuando despotrica contra el sistema que le da de comer. Y me parece decente, pues esa tontería de «no morderás la mano del amo» estará bien para los perros, no para los humanos.

Viajamos hacia el sur desviándonos en esa maraña de carreteras nacionales y atravesamos la nada que es el centro de Francia. Kilómetros y kilómetros en los que si acaso atravesamos poblados minúsculos, sin comercio ni gente en las calles, ni nada que simule un poco de movimiento. Soñamos con una cerveza y no aparece bar alguno en esa planicie que se antoja eterna. Cuando se mira el mapa de los grandes trenes, se evidencia un vacío en el centro del país. Es la Francia profunda. Otras veces he pasado en automóvil y la vida me parece de un aburrimiento abismal en estos pueblos sin juventud ni carisma, todos idénticos, igualmente nulos.

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Quizá una de las escenas más revisitadas y parodiadas de la literatura universal sea aquella de los molinos quijotescos, cuya utilización suele evocar un romanticismo cargado de moralejas cuando en verdad es todo un manifiesto, siempre y cuando se aventure una interpretación ideológica: Al detenerse el flaco de la barba ante los molinos en cuestión, su mirada no ve artefactos resultado de una técnica en constante desarrollo, apela más bien a símbolos de una cultura decadente y moribunda que lo hacen aparecer como un genuino reaccionario. Se aferra a un mundo de ideas incompatible con los tiempos «actuales». No hay belleza en ese instante de quijotesca insania; la escena es en verdad patética, aún sin olvidar que es ese mismo reaccionario quien defiende valores que no por ser de una época anterior deberían perecer con ésta. La solidaridad, por ejemplo, aunque idealizada, aparece siempre como necesaria. Así, toda la novela es un constante choque cultural, y no sólo entre dos tiempos.

Uno de los pasajes más bellos y significativos de El ingenioso hidalgo... es aquel que versa sobre la propiedad de las cosas: «Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados […] porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas», etcétera. En efecto, el fin de la Edad Media significó también la organización de la propiedad privada en el sentido moderno del término (es decir, posfeudal); el hidalgo se rebela contra eso, y al hacerlo insinúa o anticipa discusiones que tres siglos más tarde serían fundamentales para el devenir de la historia, la política, la sociedad, la ideología y la humanidad en su conjunto. Me pregunto: ¿es ahí también un reaccionario?

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Recordé a don Quijote al atravesar una planicie con hélices que más bien parecen delicados droides cinematográficos (no son molinos, son imágenes de un futuro en construcción). Mi catastrofismo imagina campos enteros sembrados de hélices y un paisaje abigarrado que cubre estas tierras otrora cultivables, mientras producen energía para sostener una agricultura industrial en la que los tomates crecen en la fábrica. Algo similar pensé hace unos meses, durante un accidentado viaje entre Madrid y Galicia, al pasar frente a un inmenso sembradío de paneles solares. En ese instante, ética, estética y pragmática chocaron frontalmente, destrozando todo romance eléctrico. Energía renovable, sí, desde luego, pero qué ocurre con esa inutilización de la tierra, y cómo se convive en campos metálicos...

Como siempre, la belleza de una cosa muestra también su fealdad.

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Así, hartos de esta línea recta inamovible nos desviamos por un camino que serpentea hasta Burdeos. Llegamos a las once de la noche.

 

Camarsac
 
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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