Modernidad tradicional

Río Castro, 2009


Redes es un pequeño poblado a pocos kilómetros de Ferrol, en la ría de Betanzos. Un sitio simpático, con casas de piedra al borde del puerto, la playa a un lado y poco más: el tipo de pueblo en el que podría instalarme unos meses a escribir, tranquilo, sin nada que me distraiga salvo los muchos y buenos amigos encontrados por aquí, y el excelso paisaje que configura este rincón. Durante estas semanas he venido varias veces a tomar un café o una cerveza y he visto y sentido la excitación previa al acontecimiento. Como si fueran cubanos construyeron balsas con toneles de gasolina, tablas y alambre, aunque a diferencia de aquellos todo lo compraron en la ferretería. Además, estas balsas llevan adornos, como carrozas de carnaval. No es una huida sino una festividad.

Todo comenzó hace tres años. No es difícil imaginárselo: una tarde de aburrimiento los chicos de Río Castro (a un par de kilómetros de distancia) deciden asaltar por mar el poblado de Redes disfrazados de vikingos, y los de Redes, ataviados de piratas, responden desembarcando en Río Castro. Todo amenizado con una batalla naval. Un juego veraniego que en su tercera edición se ha vuelto una fiesta en toda regla, que atrae a gente de toda la comarca, a algún despistado turista, y en la que la sacrosanta bandera pirata ondea junto a la institucional gallega y anuncios de coca-cola. Desde luego, el bar del puerto hace su agosto; la fiesta se extiende hasta la madrugada con música, comida, buena compañía y todo lo necesario para pasarla bien.

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Suelo tener una relación dual, siempre contradictoria, en lo que a tradiciones refiere. Por un lado, ahí radica el acervo cultural de un pueblo, sus gestos, sus sabores; por otro, está esa suerte de acatamiento acrítico de lo tradicional (o del ser tradicional) que a menudo me parece limitante o excluyente. En medio hay un mundo de posibilidades y convivencias, claro; hay tradiciones de suma vitalidad, que se renuevan y adaptan al espíritu de la época, y sobreviven; otras, las más reacias y herméticas acaban por ser abandonadas, no sin lucha. El hecho de que una tradición persista «miles de años» no indica que se haya mantenido intacta, pura y casta a lo largo del tiempo, al contrario, denota a las claras que se ha ido remodelando con los años, y gracias a ello pervive. Las culturas, como las especies, se adaptan o desaparecen.

Las costumbres, las tradiciones, los ritos, se sobreponen unos a otras, significando lo mismo con distintas formas o representaciones. Que el nacimiento de Jesús coincida con la celebración romana del Deus Sol Invictus no es una casualidad, sino otro de los mecanismos de la Tradición para establecerse y perpetuarse: usurpar una anterior, o al menos ciertos símbolos y gestos. Pero si esta usurpación o apropiación existe es porque en rigor en todas las culturas se encuentran rituales o celebraciones equiparables, parecidos, incluso idénticos. El nacimiento, la muerte, la unión, la guerra, las estaciones, las cosechas, los astros, la prosperidad, la vida, son motivo de celebración en todas las latitudes. La belleza radica, precisamente, en que esas fiestas son distintas siendo comunes. Cualquiera comprende una boda o un funeral aunque su simbología difiera por completo de la de uno. El significado es igual en todos lados. Importa de la misma manera.

Es difícil establecer barreras entre tradición, cultura, costumbre y folclore. Son conceptos que no significan ni incluyen lo mismo pero son indisolubles entre sí. Se trata de conjuntos de valores que se transmiten de una generación a otra, enriqueciéndose en el camino y que funcionan como eje identitario de una comunidad dada. Los cuentos, las canciones, los chistes, los proverbios, las supersticiones, son la expresión en voz alta de un pueblo, el relato de sí mismo. Es en este autorrelato donde aparece, en toda cultura, en toda sociedad, la idea de su propia excepcionalidad, de ser única e irrepetible. Lo primero que la Tradición transmite es que no hay otra como ella.

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En Río Castro la batalla es hermosa. Una retahíla de pequeñas embarcaciones (desde simples canoas plásticas hasta «galeones» construidos para la ocasión) combate frente a la playa lanzándose agua, petardos e insultos amistosos y bienintencionados. Parece un campamento de verano para adultos aniñados. La mar de divertido. Una piragua se hunde bajo el peso de sus siete tripulantes. Una embarcación pirata (A perla nejra) se bambolea orgullosa sobre los bidones que la mantienen a flote. Otra dispara su cañón de agua. Luego, poco a poco, las barcas vuelven a Redes donde comienza la fiesta, la celebración de la victoria, la paz, el retorno de las orgullosas tropas.

Narrado así parece la representación de una antigua batalla, un homenaje a un instante de la historia, a los héroes del pueblo, etcétera. Pero no hay nada de eso; lo que se celebra es que tras once meses de nubes salga el sol, que a pesar de la crisis se viva una cierta prosperidad, la suficiente para comprar un kayak en una tienda de deportes o construir una balsa que se hundirá al final del día. Se celebra que aún hay ganas y posibilidades de celebrar, y eso ya es de suma importancia en los tiempos que corren. En la noche, durante la fiesta, me divierte el hecho de estar en este pueblo de celtas romanizados mientras el tipo del escenario, un gordito simpático, hace playback con cumbias, reguetones y hasta algún corrido por ahí.

En efecto, los caminos de la globalización son extraños...

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Aunque es común asociar tradición y premodernidad, lo cierto es que las tradiciones hablan tanto del pasado como del presente. Nadie duda, por ejemplo, que el Halloween es una antigua celebración celta, pero sabemos que su popularización se debe más a la expansión de la cultura norteamericana que a la del neopaganismo. Lo que quiero decir es que las tradiciones se deslocalizan, en parte porque su origen ya lo es (las tradiciones celtas, cristianas o musulmanas no pertenecen, en rigor, a un país) y en parte porque es signo de nuestra época que todo se venda y se compre. No es raro que una auténtica fiesta tradicional acabe siendo patrocinada por conocidas transnacionales carentes de tradiciones otras que las emanadas del capitalismo contemporáneo. Desde luego, no es mi intención moralizar al respecto, entre otras cosas porque no me queda claro en qué radica la diferencia si una tradición es explotada por un cacique, un Estado o una empresa.

En aras de nuestras tradiciones, de nuestra cultura, se han cometido toda suerte de crímenes y violaciones, y toda disidencia interna, en un sistema u otro, es y ha sido perseguida por pretender destruir nuestros valores, sean éstos morales, éticos o comerciales. Las tradiciones suelen transmitir algo más, tienen siempre una utilidad, una finalidad práctica. Existen para preservar algo que no son ellas mismas. Así como las iglesias se fortalecen con la expansión de las tradiciones religiosas, y la república gana cuando las tradiciones democráticas arraigan, así también, para el capitalismo, toda tradición es buena si reporta beneficios. Es eso lo que necesita para prosperar.

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Devoro el churrasco con mi tradicional buen apetito. La fiesta está en su apogeo y desde luego no hay el menor gesto de conservadurismo, mucho menos de control o represión. Suspiro aliviado: lo único que quieren es ganar dinero, unos, y gastarlo, otros. Mientras camino de vuelta a casa, ebrio y medio, pienso que dentro de cincuenta años le venderán esta fiesta a los turistas como si se tratara de una antiquísima tradición celta, quizá simbolizando la lucha entre el bien y el mal. O algo por el estilo.

Al llegar, me pregunto si es así como nace una tradición en la modernidad.

Redes

 

 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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