Memento mori

Madrid, 2009


Despierto. Las ventanas entreabiertas dejan ver un espectáculo de grisura y lluvia fina y constante. Es triste, y me doy cuenta que apenas abro los ojos la depresión se cierne sobre mí. Estos últimos días ---con su clima y con el mío--- han sido abismales, a ratos exasperantes y dolorosos. Me siento frío, aunque esto no tiene relación con el termómetro sino con una suerte de asfixia existencial de la cual no sé cómo salir. En días así hasta el suicidio adquiere visos de esperanza.

Mi instinto de supervivencia, empero, funciona a la perfección, por eso todos mis suicidios son metafóricos y por tanto, doblemente nihilistas. Pierdo la cuenta al preguntarme cuántas veces he dicho «¡basta, ya no puedo más!», y me quito la vida que hasta entonces he llevado para comenzar una nueva. No digo que sea ésta la mejor manera de vivir, afirmo que es la única que conozco y que ejerzo con mediana funcionalidad. Ese suicido hiperbólico, existencial mas no biológico, no es un fin en sí mismo, sino la anunciación de un nuevo inicio. Recuerda a esas malas películas de terror, cuando parece que todo ha acabado y una mano sale de la oscuridad, de la tierra o de las aguas, justo antes de que los créditos se estampen en pantalla. Al ver esa escena se tiene la certeza de que habrá una segunda parte, más mediocre que la presente y sin duda con peor final.

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Al mediodía subo al tren en Burdeos; tres horas más tarde llego a París y de inmediato agarro un autobús con destino al aeropuerto. No tengo boleto a sitio alguno, ni plan concreto, ni nada que parezca medianamente coherente me motiva. Supongo que a la postre se trata de una ínfima rebelión contra la inmovilidad. Cambiar de vida es una forma de morir, un matar cierta parte de lo que uno es. Moverse significa explorar, sí, pero es también abandono, un escape de las certezas. Con cada movimiento se abren nuevas dudas, algunas superficiales, otras de una hondura casi miserable. Esa miseria no es otra que los residuos del decir «adiós»: el famoso nudo en la garganta, el dolor en el pecho, el vacío en el estómago...

De pronto recobro la energía. Los años de matrimonio domesticaron una parte de mi ser, que ahora se subleva y decide que las decisiones se toman al vuelo, sin antelación ni condescendencia. Cierto que ni en mis peores días he sido planificador, pero ahora me encuentro en pleno estallido. Tras dos horas de zapatear por el aeropuerto de ventanilla en ventanilla, acabo comprando un boleto, y de esa forma, vaciando por entero la cuenta bancaria. Sé que ya no tendré un centavo hasta el próximo mes (lo cual es incierto, porque para sobrevivir entretanto tendré que endeudarme, lo que indica que tampoco el próximo salario me pertenecerá) pero es lo único que puedo hacer en las actuales circunstancias: cuando un sitio ---o una situación--- se ha vuelto insoportable, sólo la huida adquiere algún lejano viso de progreso.

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A las ocho abordo el avión con destino a Madrid. Cuando despegamos las estrellas están abajo, en los millones de luces que conforman el universo francés visto desde el cielo. El vuelo está completo, a medio camino pasan las aeromozas con el carrito de los alimentos y las bebidas, que por supuesto están a la venta, y no incluidas en el precio del viaje. Me abstengo. De ninguna manera voy a gastar mis últimos centavos en un sandwich cualquiera a precio de lujo, fruto de la ausencia de competencia.

Una hora y media más tarde nos acercamos al aeropuerto de Barajas, esa joya de la ingeniería y la arquitectura que recuerda a las estaciones espaciales que poblaron mi infancia. Para ir de una terminal a otra subo al tren subterráneo que lo atraviesa. En efecto, el paisaje es de otro mundo. Confunde y seduce tanta laberintología. Se trata de una representación de la cultura hi-tech, todo cromo y design. La bóveda de la terminal es catedrálica y posmoderna, y una cierta religiosidad me invade porque en efecto, estoy de tránsito hacia el más allá.

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La megafonía no habla de huelga, sino de «conflicto laboral», por eso no hay certeza alguna de que el vuelo 6401 de Iberia despegue según lo planeado. Las puertas tardan una eternidad en abrirse. Nadie sabe qué ocurre, si las negociaciones avanzan o no. Es casi medianoche. Camino hasta el fumadero más cercano, poblado de tabacómanos noctámbulos, gente como yo. Entro al duty free en busca de cigarros. No tienen los que me gustan; me parece absurdo comprar otros. Luego, sin explicaciones ni avisos se abren las puertas.

El cansancio es atroz. No he dormido en treinta horas, y toda la semana anterior ha sido de discusiones entre yo y yo, de modo que es un agotamiento que viene de lejos. Apenas ceno ---ni siquiera me importa qué--- y me acurruco en el asiento como puedo. Sueño con explosiones aéreas, me entrego al catastrofismo de la noche. De vez en cuando abro un ojo, veo que todo está en orden y vuelvo a la muerte chica. Cuando por fin despierto tengo mal sabor de boca, real y metafórico.

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Desayuno sin ganas: jugo de cartón, pan de piedra, café de calcetín, mantequilla sintética y desabrida. Anuncian que dentro de una hora aterrizamos. Recupero el buen humor, abro mi cuaderno y comienzo a escribir, tras una semana de total apatía literaria. Las palabras avanzan con torpeza, lo sé, pero eso es mejor que la nihilidad en la que me encontraba, ese nadismo que me llenaba de... ¿de qué?

Quizá sea eso lo único bueno de tocar fondo: obliga al movimiento, aunque ello implique recorrer nueve mil quinientos kilómetros en doce horas, y signifique volver al inicio de las cosas. Tras el aterrizaje comienza el paso de aduanas y funcionarios, comienzo a reconocer gestos habituales. Son las seis de la mañana cuando camino por el pasillo principal de esta instalación aeroportuaria que en el amanecer se me antoja miserable. Al pasar junto a una de sus cafeterías recuerdo que fue ahí donde comenzó, hace ya cuatro años, esta extraña aventura. Fue entonces cuando escribí aquello de «el aeropuerto —diría Hakim Bey— es el no-lugar por excelencia. Es el territorio de paso del siglo XX, sitio de llegada y huida, de encuentro y desencuentro, de bienvenida y adiós. Es el más grande mito arquitectónico pues nadie lo habita, muchos lo transitan: es la real metáfora del eterno retorno…»

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Así que aquí estoy otra vez. Salgo de la terminal y me ahogo en el mar de gasóleo. Ya no tengo dudas: he vuelto a la ciudad de México. Supongo que es a esto a lo que llamo progresar...

 

México D.F.

 

 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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