Luces, sombras, ruidos y palabras

México D.F., 2009


La mañana muestra montañas en el horizonte, copos de nubes blanquigrises en el cielo profundo y sólido, y ese conjunto de contrastes provocados por la intensidad del sol decembrino. Es un día tranquilo y hermoso, casi postalesco. Cuando se evoca a esta ciudad suele aparecer la imagen de la grisura: humo, contaminación, luz ultravioleta, qué se yo, catastrofismo puro. Lo cierto es que al repasar los recuerdos de la niñez, postales como la de hoy (cielo azul, nubes blancas, colores vivos) aparecen una y otra vez, quizá hiperbolizadas por la nostalgia. En todo caso, son días como éste los que me reconcilian con la gran urbe.

No tengo citas ni prisas, camino sin rumbo fijo, entre árboles y edificios de principios del XX. Me siento en una banca, enciendo un cigarro y desvarío un rato viendo a la gente pasar. Aquí y allá hay letreros invitando al cuidado del parque, firmados por el Ayuntamiento en 1927. Estoy en uno de esos microclimas o microcosmos de la gran ciudad, en los que por un instante uno tiene la impresión de estar en otro sitio. La enormidad de esta urbe incluye muchos mundos; algunos recuerdan a Houston, otros a Guatemala, otros al constructivismo mundial de los años sesenta, otros a las urbes españolas. La mayoría, sin embargo, sólo se parecen a sí mismos.

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Abro el periódico. Aquí los políticos coadyuvan. Todos quieren coadyuvar; de hecho, se la pasan coadyuvándosela mutuamente, según entiendo. Los periodistas coadyuvan a los políticos al reproducir su horrenda verborrea (literalmente, diarrea verbal) y el pueblo ---o el populacho, si es usted muy reaccionario--- se queja de que a ellos nadie los coadyuva. Coadyuvando, un día se fundará el Frente de Coadyuva Nacional, el Partido Coadyuvante Revolucionario y la ONG Coadyuva para Todas y Todos. A fuerza de repetir la palabreja, las abuelitas mayores de la tercera edad acabaran pidiendo que uno las coadyuve a cruzar la calle.

El habla política mexicana ---con Cantinflas como principal filólogo y retórico--- merecería un estudio serio, si la hilaridad del tema lo permitiera. Mezcla de oratoria decimonónica en desuso y mal usada; de revolucionarismo, progresismo, o liberalismo apenas entendidos; de populismos destinados a opuestos y contradictorios sectores de la población, y de esa exquisita capacidad para el falso silogismo, la autológica y el sofismo enrevesado («convertir en sólidos y fuertes los argumentos más débiles», decía Protágoras), la política mexicana se expresa como lo que es: un batiburrillo decadente, torturante y las más de las veces carente por entero de sentido, cualquiera que éste pudiera llegar a ser...

Lo atribulante, en todo caso, es que la prensa siga imprimiendo toda esa basura.

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La vida moderna es inconcebible sin música. Desde los primeros gramófonos de cuerda hasta los actuales emepetrés hay un siglo y tantos de desarrollo tecnológico, estrés colectivo y masificación del acceso a los bienes culturales. El resultado es que si antes la música se le escapaba al hombre, ahora el hombre no puede escapar de ella. Nos persigue, está en todas partes, nos guste o no. Despierto y pongo música sacra (católica o yoruba, da igual, mi ateísmo es parejo), hasta que desde la habitación de mi amigo salen los lamentos de un desgraciado pop adolescente. Salgo. En la calle, en el puesto de tacos de la esquina suena una cumbia, en la tortería una ranchera y en el restaurante un corrido romántico. Paso junto a tiendas que espantan a los clientes con tecno a todo volumen. Subo a un taxi y me ataca una balada. Me bajo. En la calle deambulan audífonos con gente conectada a ellos y de las ventanas de los automóviles escapan melodías fragmentadas. El microbús suena a heavy metal. Llego a una oficina y me recibe Michael Jackson; al salir me consuelo con un rap.

Ya no podemos vivir sin música. O más bien, ya no podemos vivir sin esa diversidad de músicas. Siempre ha sido un elemento identitario ---individual y colectivo--- al grado de que en cualquier conversación informal siempre hay alguien que pregunta: «¿y a ti qué música te gusta?», y la sola respuesta a esa cuestión puede crear o destruir afinidades (despertar gestos de admiración o de asco, yo lo he hecho), y no pocas veces la música sustituye a la religión y a la ideología, volviéndose eje teórico de dichas ocurrencias culturales. Así, por ejemplo, hay rock cristiano, rock satánico, rock comunista y rock neonazi pero lo más importante de todo es que todos suenan más o menos igual. Es decir, la estética ya no es definitoria por sí misma; no bastan los innumerables géneros y subgéneros en que puede dividirse un movimiento sonoro, hay que agregar también definiciones regionales, políticas, temporales, cosmogónicas, contractuales y viscerales para que no falte el atorrante a quien le gusta la música butanesa posmoderna, revolucionaria y religiosa, progresista mas conservadora, independiente pero trasnacional, con tintes de feminismo misógino y mucho respeto hacia las más arcanas tradiciones de la experimentación científica y la irreverencia iconoclástica, a la vez que creada con el cerebro, el corazón y los testículos...

Y si no, siempre queda la música prefabricada y sin adjetivos.

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La noche es luz. El insomnio me acerca a la ventana y un millón de focos aparece en su marco. A pesar del sol, el cielo y el resto de las bondades del día, es en la noche cuando las ciudades se iluminan y florecen. Las luces nocturnas tienen un encanto otro al de la diurna iluminación. Su poesía es diferente, evoca a la otredad. La ciudad se desdobla, en la noche es otra. Desde la ventana veo la mancha lumínica con sus parpadeos y quietudes, y me pregunto qué pasaría si la urbe entera se quedara sin electricidad durante ---digamos--- un mes...

Camino entre luces de automóviles, alumbrado público y señales comerciales. Las luces no se detienen, son la naturaleza de la urbe. No existe una ciudad a oscuras (no es ciudad, es agujero negro, implosión, o algo peor): la ciudad es luz. Sin metafísica pero luz. Burda, incluso. Anacrónica. Buena parte de la publicidad urbana parece más próxima a los años cincuenta que al llamado siglo XXI, aunque también hay mucho de ciencia ficción en la ciudad. De madrugada, cuando el tráfico es casi nulo y el anillo periférico traza su círculo entre desniveles y puentes, rodeado de anuncios que parecen pantallas con la imagen congelada, y recorriéndolo a velocidad constante (sin embotellamientos la avenida sugiere un futuro límpido y dinámico), la sensación es espacial. Hay edificios que parecen robots gigantes, cohetes interplanetarios o bases lunares. Hay sombras que parecen abismos y calles en las que no hay luz.

Hay ruidos extraños también...

México D.F.
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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