Los subterráneos

México D.F., 2009


Dos cosas distinguen al metro de la ciudad de México de otros que he conocido: las incongruentes tiendas naturistas con sus escaparates llenos de pomadas y pastillas, y los vendedores ambulantes, ese ejército informal que día tras día asalta el metro armados con chicles, linternas, discos compactos, devedés y en general cualquier cosa que ocupe poco espacio y cuyo precio no exceda los diez pesos. Los vendedores de discos cargan un amplificador con baterías en la mochila y un reproductor conectado a éste, en un alarde de alta tecnología mercadotécnica, mostrando la mercancía al saltar de una canción a otra. Así, un viaje en metro se convierte en una exposición aleatoria de microfragmentos de músicas diversas, siempre apoyando la piratería. Sin embargo, no son los vendedores lo interesante, sino el incesante canturreo con que anuncian sus productos, a medio camino entre el pregón, la letanía y el fraseo rítmico industrial, no sé si similar pero en todo caso integrado a los propios ruidos del metro.

Con las tiendas naturistas ocurre otra cosa; siempre me han parecido fuera de lugar, como si ese mundo subterráneo le resultara ajeno y estuvieran mejor situadas en parques u otras zonas verdes. Cuando pienso en naturaleza no pienso en el metro; si hablamos de vida sana y al aire libre, desde luego no se me ocurre soñar con estos túneles de concreto llenos de cables. Mi claustrofobia me lo impide. La vida es luz, sol, no el subsuelo industrializado. Por otra parte, esa colección de remedios para bajar de peso, dejar de fumar, prevenir la caída del cabello, las manchas de la piel, la gripe y cualquier otro mal posible, en mi escéptica imaginación adulterada suele sonar a charlatanería barata, seudociencia y pensamiento mágico. ¿Será que el metro tiene reminiscencias de catacumba?

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Indios Verdes ---bautizada así por las oxidadas y enmohecidas estatuas de los reyes guerreros Ahuizotl e Itzcóatl--- es la estación más concurrida del metro de la ciudad de México (casi cuarenta y siete millones de usuarios el pasado año), y una de las zonas más caóticas de esta megaurbe. Es la salida norte de la ciudad; además del metro hay un paradero de autobuses y otro de esos pequeños autómatas tripulados que pasean su inigualable garbo por las avenidas y calles de la ciudad, a los que aquí llaman peseros o microbuses. La cantidad de automóviles que pasan a cada instante por este punto abruma. Hay algo de ciencia ficción catastrofista y distópica en este sitio; recuerda a lo que es: el caos del fin de la urbe...

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Otro de los elementos propios del metro de la ciudad es obra del diseñador estadounidense Lance Wyman: los íconos de las estaciones. En rigor, Wyman y su equipo (Arturo Quiñones y Francisco Gallardo) diseñaron la iconografía de las tres primeras líneas, pero la identidad corporativa se ha mantenido intacta desde entonces, y desde luego hizo escuela. Estas representaciones visuales (alto contraste, trazo grueso) remiten a algún rasgo distintivo del vecindario, ya sea arquitectónico, geográfico, histórico o cotidiano, gesto importantísimo en una sociedad en la que el analfabetismo no es cosa del pasado.

En el metro se vive otra ciudad, más hiperrealista que la de arriba. La televisión (los medios en general) retratan un México minimizado, reducido social, cultural y hasta racialmente hablando. El metro es el México profundo que buscan ciertos intelectuales y poetas, y es, quizá, la mejor metáfora del dejarse llevar, de ese acarreo que siempre se ha denunciado es la política mexicana. Es el medio de de quien no tiene automóvil, el poderoso símbolo de la urbe.

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Me quedo en casa de un amigo, a quien conocí hace meses en Barcelona. Nos hicimos compañeros de desvaríos; se presentó como aprendiz de escritor, de inmediato me cayó bien. Comparte el departamento con un ingeniero del norte del país, simpático y silencioso. Todos los días agarro el metro en la estación Patriotismo, cuyo obvio ícono es la bandera con sus tres franjas. La cotidianeidad acostumbra; las cosas, el entorno, a veces hasta la gente, se vuelven tan habituales que uno deja de prestarles atención, por eso me sorprendí el otro día: esperaba con impaciencia, mi ansiedad se movía a ritmo de segundero y comencé a caminar a lo largo del andén, para desesperación de los demás (el loco con la pistola que hace unas semanas abrió fuego en el metro ha dejado más policías de lo normal, y la gente, o los usuarios, están un poco más nerviosos que de costumbre, casi diría susceptibles). En uno de esos paseos me fijé en el dibujo de la estación, repetido cada pocos metros, hasta que uno me detuvo en seco. Una hermosa intervención underground había sustuído la bandera por una suerte de ícono iconoclasta: un revólver apuntando al águila, al logotipo nacional.

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En esta ciudad hasta las vías del metro tienen baches. Lo intuyo por los cabeceos que doy mientras intento dormir de pie, sostenido por la multitud y sin derecho a un asidero. Ha sido un día largo, un constante ir y venir que me ha paseado por una veintena de estaciones de tres líneas diferentes; una nadería en comparación con sus doscientos kilómetros de red, construidos en apenas cuatro décadas. Es un metro joven, aunque un tanto avejentado. No es el más sucio y destartalado que he visto, tampoco lo contrario. Me llama la atención, tras varios años fuera, la poca cantidad de grafitis o pintas que lo adornan. Antes de llegar a casa sube un vendedor de enciclopedias digitales y tararea el contenido en cifras, invariable repetición tras repetición, como si él mismo fuera un disco. Subo con desgano las escaleras que me llevan a la superficie y la oscuridad me recibe: No hay luz en el barrio.

Así las cosas, vuelvo a hundirme en el metro y me voy a otro sitio.

México, D.F.
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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