Es un bar oscuro y largo, con pantallas en las que se transmiten películas pornográficas y deportes, como si fueran casi una misma cosa. El bar está lleno de hombres solos o sentados en pequeños grupos, obreros u oficinistas de bajo rango. Se trata de un sitio barato mas no de ínfima categoría: no muy lejos de aquí hay cantinas más sucias y oscuras. La únicas féminas presentes son las encargadas de la distribución de bebidas, quienes van de mesa en mesa con grandes botellas de cerveza que aquí llaman «manga larga». Estoy con un amigo en vías de divorcio y, como conviene en este tipo de sitios y en este tipo de instantes, dedicamos una hora a despotricar de las mujeres en su conjunto y en particular de dos o tres con categoría de ex. Supongo que es el deporte que se practica en las cantinas, que es a donde van quienes no tienen confesor ni sicoanalista.
El tipo de la mesa de al lado comienza a vomitar ahí mismo (en una pantalla, una mujer se traga un falo y en la otra, un hombre salta ocho metros). Salimos del bar rumbo a un casino en el otro lado de la ciudad. Aunque no es fin de semana, la noche está llena de policías. El despliegue es impresionante, incluso para un barrio como el mío en el que la presencia policial es constante. En cada esquina hay una patrulla, y se dedican a parar a cada automovilista que pasa (la vox populi asegura que los policías no existen para combatir la delincuencia, sino para tratar de bajarle 20 dolitas a cada conductor). Zigzagueamos evitando los retenes hasta llegar a uno de los principales casinos de la ciudad, en cuyo bar toca un amigo, sicólogo y músico (freudiano y pachanguero). Es ahí donde escucho el chisme según el cual el gobierno se desmorona.
Ocurre que el presidente Martinelli, quien llegó al poder gracias a una alianza de su partido Cambio Democrático con el histórico Partido Panameñista, decidió destituir a su canciller, quien también era su vicepresidente, presidente a su vez del Panameñista y aspirante a candidato presidencial. La respuesta no se hizo esperar y el resto de los ministros panameñistas presentaron sus renuncias, dejando de la noche a la mañana ---literalmente--- al presidente en minoría. En el casino se comenta que la presencia policial está relacionada con esta crisis de gobierno, aunque a decir verdad me importa poco si el gobierno se cae a pedazos y se comen unos a otros (según yo es lo que hacen siempre), así que doy media vuelta y me voy a echarle un ojo a las máquinas tragamonedas...
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El casino no es el tipo de territorio que llena mis vacíos o calma mis angustias. Tengo, además, la certeza de que no estoy en condiciones de adquirir nuevos vicios, por lo que mantengo la ludopatía a raya. Pero es fascinante ese mundo de lucesitas tintineantes y máquinas temáticas basadas en películas o animales o colores o frutas. El juego y el objetivo es el mismo pero el decorado de cada máquina varía en busca de la empatía con cada posible jugador. Yo no juego, pero cada vez que entro a un casino, juego a ver a los demás jugar, y eso me entretiene lo suficiente. Luego están las mesas de blackjack y póquer, o las ruletas, que me resultan aún más enigmáticas. El músico ---quien lleva años tocando en este u otros casinos, siempre covers de grupos de moda--- cuenta que la crisis de 2008 todavía se resiente: «Antes todas esas máquinas estaban llenas; los gringos venían en manadas a gastar dinero; ahora, en cambio, sólo hay panameños de clase media, que aunque juegan no gastan tanto como aquellos». Aunque el Estado aún detenta en exclusiva la lotería, los casinos se liberaron a fines de los años 90, multiplicándose por toda la ciudad y el país.
A mí este mundo me resulta ajeno: el lugar mismo con sus alfombras y ribetes dorados, y las ropas de los presentes, brillantes y entalladas (mi barba y mi camisa arrugada contrastan con el ambiente límpido, jovial y bonito; y cuando voy al baño un mono de seguridad me sigue para comprobar que no utilizo sus instalaciones para drogarme). En otros casinos permiten el libre tránsito de prostitutas; no en éste, que quiere dárselas de fino y elegante. Y es justo mientras deambulo por ahí que me pregunto por qué hay gente que todavía quiere ver estos sitios como algo pérfido y criminal, asociado a lo ilícito, en constante tensión con el vicio (no repararé aquí en la cuestión del negocio en sí, pues insisto en que este país es, todo él, una gran lavandería). Quizás sea en parte por la imposibilidad de aceptar los vicios ajenos ---los propios son siempre incuestionables---, y en parte por esa aprehensión cristiano-calvinista contra el juego, con o sin apuestas de por medio, por lo que la industria del ocio goza de una mala fama que no se traslada, por decir, a la de la construcción. Lo cierto es que no son pocos los trabajadores que dejan un buen fragmento del salario en estas mesas o estas máquinas, con una esperanza desmentida por las escasas probabilidades de ganar.
Pienso en eso hasta que una hermosa morena con blusa blanca me distrae y pierdo el hilo de mis ideas y de los acontecimientos.
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Ha sido ésta una larga semana de despedidas con distintos grupos de amigos. En Gamboa, con los chileno-argentinos, comí empanadas y bebí tinto en dosis insuperables, y luego, al día siguiente, me reuní a cenar con unos amigos cubanos, y volví a tragar con rotundidad, esta vez acompañado de ron. Luego me encontré con unos amigos en Casco Viejo y nos despedimos al ritmo de las cervezas y los chistes; luego la noche en el casino, con los freudianos esos. Sin embargo, el común denominador de todos estos encuentros no ha sido la comilona o la borrachera, sino las largas conversaciones políticas sostenidas con amigos de diferentes edades e ideologías, pero aún dispuestos a rediscutir el mundo.
En realidad, pocas cosas me llenan tanto como una buena discusión, término que por alguna extraña razón en nuestro idioma suele aparecer primero como pelea y no como «examinar atenta y particularmente una materia» (dice el Diccionario). En todo caso, Panamá me ha dado muy buenas discusiones y, en todo caso, lo único que a ratos me aturdió de esta ciudad fue, en efecto, la presencia policial, a la vez inútil y estridente. Y sí, comparto con los lugareños la percepción de que los azules sólo están para robar legalmente, amparados en su uniforme y su pistola regular. En su descargo debo decir que nunca los he visto golpeando al transeúnte.
También son menos antipáticos que otros azules que he conocido.
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