Lo viejo y lo nuevo

Panamá Viejo, 2011


A unos diez kilómetros del casco antiguo de la ciudad se encuentra Panamá Viejo, el sitio arqueológico donde se erigió la primera villa española en la costa pacífica. Fundada en el ya lejano año de 1519, el asentamiento, siguiendo los estrictos cánones coloniales, fue construido sobre una antigua comunidad indígena cuyos restos funerarios más antiguos se remontan al siglo XIII. Tras haber sufrido incendios y terremotos y haber alcanzado una población de veinte mil habitantes, la ciudad fue destruida durante el ataque del galés sir Henry Morgan, quien al frente de 1200 corsarios la ocupó durante un mes, en 1671. Su destrucción, empero, no fue causada por la brutalidad del pirata, sino por la del gobernador español ―¡Rediez!― quien para salvarla del oprobio dio fuego a los polvorines y con ello al poblado entero. La lógica hispánica, se sabe, siempre ha sido un tanto enrevesada.

Sobreviven, previa restauración, la torre de la Catedral, de casi 30 metros de altura, ahora convertida en mirador; un pedazo del Convento de las Monjas de la Concepción y otras pocas piedras de edificaciones menores. El plano muestra hipotéticas casas en torno a la plaza central, restos de una hipotética calle principal e hipotéticas callejuelas adyacentes, todo junto a un muy real Océano Pacífico. Es poco, en verdad, lo que queda de esta antigua villa, conectada con un barrio popular que en esta mañana gris aparece como un severo reclamo histórico. De un lado de la cerca, el pasado semiderruido; del otro, un presente no del todo arreglado; atrás, los grandes edificios del futuro. En conjunto se trata de un sitio extraño: las áreas verdes conviven con fragmentos de muros, árboles y turistas despistados. Caminar entre sus ruinas resulta en una suerte de abstracción de la gran ciudad, un detenerse en el tiempo en medio de esta urbe en constante movimiento.

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La transformación es rotunda. La parte rica de la ciudad, con sus bares y restaurantes de diseño, sus altos edificios, sus Audis, Hummers y BMWs, muestra un paisaje muy distinto al de las oscuras cantinas, los taxis maltrechos y los ruidosos buses de colores. El precio de la cerveza ―mi personal medidor del devenir económico de una zona dada― se quintuplica respecto a esa misma botella en la tienda de chinos; se cuadruplica si se compara con la cantina y se triplica en relación al bar que frecuento. Aquí los bares son minimalistas, las meseras bellas y sonrientes, las ropas de los clientes modernas y la música made in Miami. Los sitios de moda bullen de niños y niñas bien, de turistas cincuentones y de prostitutas colombianas, algunas de muy buen ver (otras, tan operadas están que resulta difícil distinguir la humanidad de la silicona). Afuera, decenas de taxistas prometen llevar al turista a deliciosos paraísos carnales, comisión mediante. Adentro, el audio y el aire acondicionado, ambos a todo volumen. El turismo sexual es evidente y los precios de una chica, dependiendo dónde se venda, van de los 30 a los 300 dólares, aunque en los establecimientos de lujo pueden alcanzar las cuatro cifras sin sonrojo. La extorsión es parte del negocio; la policía aparece cada cierto tiempo para revisar los papeles de las colombianas y aquellas que no los tengan en regla pagan, ya sea en cash o en bodymatic. La coima, como llaman al sacrosanto soborno, engrasa la subeconomía local.

La zona alta, con sus bancos del mundo entero, sus restaurantes de comida internacional, sus edificios frente al mar, difiere por entero de la pobreza o austeridad o limitaciones de otras zonas de la ciudad, incluida aquella en la que vivo. Aquí no hay baches en las calles, la basura no se acumula en las esquinas ni las alcantarillas sangran aguas negras. Tampoco hay gente pidiendo dinero. Ni cojos, ni desdentados.

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Es esta una ciudad de altísimos contrastes. No sólo la poderosa luz tropical proyecta sombras densas, a veces inescrutables, y brillos incandescentes con sus rayos; también el dinero y su ausencia dibujan claroscuros en el espectro social. Las contradicciones abruman pero también deleitan, dotan de riqueza y pluralidad lo que de otro modo sería llanura pura, paisaje plano y sintético. Son esos contrastes, esas contradicciones, los que narran las diferencias de una sociedad: cuando esas diferencias desaparecen, ésta olvida de dónde viene, se vuelve arrogante y prepotente, insoportable. La pobreza es un desgarro, de eso no hay duda, y es también el insolente recuerdo de que de ahí venimos todos. La carencia es el principio de la vida en común: nos juntamos para sobrevivir, y luego para producir y acumular. Nos juntamos y nos rompemos. Avanzamos y retrocedemos. Nos halamos unos a otros. Nos empujamos también.

Panamá es un puerto planetario. No sólo el comercio mundial pasa por su canal; por sus calles pasean hombres y mujeres del orbe entero, también del interior del país, y los migrantes llegan de todo el continente, como hace siglos llegaron de Europa y luego del Medio Oriente. Hay asiáticos por doquier, insertos en la vida económica. Y ricos y pobres, y millonarios y homeless, y a mitad de camino, en la justa intersección social, una variable clase media que se bambolea con los vaivenes de la economía. En términos absolutos esta urbe no puede ser definida en términos de riqueza o pobreza. Hay de todo aquí, desde el abandono hasta lo superfluo. A ratos es pobre en dineros mas siempre rica en matices...

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Todo viaje al pasado tiene algo de futurista: mañana nuestras ruinas serán los resquicios del ayer, cobrarán unos dólares por visitarlas y contarán historias y leyendas ―algunas ciertas― en torno a éstas: «He aquí los restos del antiguo Banco Central, centro ceremonial, político y económico de una civilización perdida en el tiempo, donde se realizaban sacrificios humanos y las vírgenes perdían su tal condición», o algo de similar talante. La historia, perdón por el vulgarismo, es una puta barata; con un poco de dinero se reescribe, quien vence la controla: los muertos no opinan. Los dictadores buscan en ella la tan ansiada absolución; los subversivos, la revolución.

Entretanto, la ciudad lidia con su hiperrealismo, en ocasiones mágico y en otras trágico. A veces, sentado frente a la bahía veo el retroceso de sus aguas y la ciudad que se expande hacia el Pacífico. Entonces tengo el sueño, o pesadilla, de que ésta será devorada por un mar que nada entiende de mercados, culturas o ideologías. Malecones y murallas son inútiles. La historia no vale nada ante el implacable asalto de las aguas. No hay Capital capaz de detener un tsunami.

La naturaleza, a la postre, es la única deidad real...

Ciudad de Panamá
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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