Llego a David

Sixaola, 2011


Llego a David a las diez de la noche, tras cruzar la frontera por Sixaola y de ahí una buseta hasta Almirante, con escala en Changuinola. La entrada a Panamá fue indolora y sin contratiempos, aunque me detuve varios minutos en ese puente detenido en el tiempo, rieles oxidados, tablas viejas, por el que ya no pasan trenes sino humanos y camiones de carga, que aquí llaman mulas. Es un paisaje extraño ese puente de nadie; mientras cruzo me pregunto —mirando abajo, a las aguas del río— cuál de los dos Estados le da mantenimiento a esa estructura de acero que un día habrá de derrumbarse con estrépito.

«Ese es el bus a David», me indica un señor amable y ensombrerado, y casi me da un ataque al ver el microbús con todos ensardinados dentro y yo sentado junto a una dama —simpática y educada— que ocupa asiento y medio, mi nalga izquierda colgando hacia el pasillo y la rodilla derecha comprimida contra el asiento delantero, y la densa niebla en medio de esas curvas amontonadas en la montaña, y la oscuridad, y La Lambada sonando en la radio y el chofer siguiendo el ritmo con el pie en el acelerador.

Antes, cuando aún era de día y no había niebla ni tantas curvas, un paisaje de verdores varios encerró la carretera por ambos lados. Brillaba el sol, claro: hasta el agobio incluso. Un par de veces cabecee y mi vecina me dio un ligero codazo —suave y delicado— para que mi cráneo no se derrumbara sobre su hombro. En una parada en algún punto del camino, comí una masa de algo rellena con algo, frita y fría, y nunca supe qué demonios fue. Luego se hizo de noche y llegaron la niebla y las curvas y el chofer puso en la pantalla la quinta parte de Fast & Furious (pirateada, claro) y ya no pude volver a dormir. Diez horas después de haber salido de Puerto Viejo, llego por fin a David.

*

Llego a David a las diez de la noche y nunca en mi reputada existencia había oído hablar de este sitio; ni siquiera imaginado había la posibilidad de una ciudad con tal nombre, mucho menos fuera de Judea (mañana me enteraré que el nombre completo es San José de David, y que fue fundada por judíos conversos). Salgo de la terminal de buses y camino entre la llovizna cinco o seis cuadras; le pregunto a un paseante por una pensión, albergue o similar y el señor, de lo más atento, me da las instrucciones: «Ahí en esa calle, siga toda la esquina», dice. «¿Toda la esquina?», pregunto confundido. «Sí, no hay pierde», y llego a la esquina y lo que encuentro es un parqueo que ocupa toda la esquina. Sigo caminando, doy vuelta a la manzana y me topo con un policía y le pregunto por una pensión y me dice: «Sí, ahí en la primera y luego siga toda la esquina». Por sus gestos comienzo a entender. «Ah, doy vuelta a la derecha». «Sí —me dice muy claro—: siga toda la esquina unos trescientos metros y ahí encuentra la pensión», y sonríe y vuelve a su esquina, donde adopta una pose semimarcial.

La pensión es un vestigio vetusto, con fachada de hotel alpino —descontextualizado y tercermundista— y un portal enrejado y mecedoras de hierro y un espectro de unos noventa años, blanco y ojiazul, mirándome con fijeza y meciéndose. Saludo y el espectro asiente. La mujer tras el mostrador oprime un botón y la puerta se abre eléctricamente. Accedo a la recepción, con mucha madera oscura, y adornos, y dos grandes espejos colgando del techo, con marcos dorados de falso aire barroco. La mujer que me atiende, bajita y morena, porta una pequeña cotorra verde en el hombro izquierdo —mañana me contará que la cotorra se llama Didí, y que es una malcriada: «Figúrese que duerme en la cama conmigo»—. A un lado de la recepción hay un salón a oscuras, con el televisor encendido y dos espectros despatarrados frente a éste; al otro lado, un espectro de pie, en piyama, tobillos vendados y mirada fija y perdida.

Avanzo por un pasillo largo y estrecho, muros de bloque sin repellar, amarillo pálido y en un recodo está mi cubículo, la celda de mi descanso, con sus dos metros por dos y medio, espacio suficiente para el camastro, la mesa que cojea y la silla que está bien. El baño mide un metro; la única ventana da al pasillo y no tiene vidrio ni puertas, sólo una malla antimosquitos. La señora me entrega la llave, un rollo de papel sanitario, una toalla con una fecha escrita en verde (12-3-05) y un minúsculo fine toilet soap. Enciendo el ventilador y la hélice comienza a hacer ruido sobre mi cabeza, como si la habitación pudiera despegar y llevarme con ella a otro mundo, bien lejos de aquí.

*

Llego a David a las diez de la noche y me sorprenden la ausencia de semáforos y la cantidad de tiendas de ropa, barberías y salas de belleza (mañana, de día, me sorprenderá también la cantidad de locales comerciales vacíos y casas en el abandono). El centro es tan mediocre como el de cualquier pequeña ciudad de provincia, moderno y desabrido, lleno de concreto y de gente, y sucio (mañana, cuando por fin salga a caminar por ahí, comprenderé que apenas unas cuadras más allá la ciudad se vuelve un pueblo, con la vieja arquitectura vernácula, casas de colores, techos de teja, muchos árboles y pocos autos. Sabré también que el parque central se apellida Cervantes y gracias a una revista turística me enteraré que el «shopping es el deporte nacional», como en cualquier otro país. Desayunando en una fonda, la propietaria me contará que el salario es de un dólar cincuenta por hora; que jubilados y pensionados tienen 25% de descuento en todas las comidas, que la clase media era más fuerte hace unos años y que los ricos son más ricos que nunca).

Pero ahora, cuando llego a David a las diez de la noche y me encierro en mi cubículo, destruido por el viaje pero sin pizca de sueño, aprovecho la rara sensación de estar en un monasterio o en una prisión y me instalo en la mesa a garabatear estas notas: mañana, cuando sea otra vez de día y salga a recorrer la ciudad agregaré sin duda paréntesis aquí y allá para completar el relato; mientras tanto, avanzada la madrugada oigo a alguien forcejear con la cerradura y salto de la cama, me paro junto a la puerta, tenso, gruño un signo de interrogación y abro de golpe, sólo para encontrar a una dama ebria, de unos sesenta años, cabello platinado y rostro y ropa de mil colores, quien tambaleándose me mira hacia arriba (mide uno cincuenta) y se disculpa: «Disculpa, muñeco, creo que me equivoqué de habitación», y se aleja dando tumbos por el pasillo desierto. Cierro la puerta y antes de quedarme dormido pienso que después de todo este sitio tiene potencial: todo un asilo literario.

David
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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