Hace un calor infernal. El sol fractura el pavimento del mediodía, las demonias minimizan su vestuario resaltando las tropicales formas de su arcana anatomía y la brisa es tan escasa que el humo de mi cigarrillo asciende en línea recta hacia el cielo. En la esquina le hago señas a un taxi —en las bocinas, Rubén Blades le reclama algo a una chica plástica— y le doy el número de una calle: «¿Qué hay ahí?», pregunta el taxista. Respondo que una librería. «Ah —dice el taxista—: usted es escritor». Ante mi interrogación ríe: «¿Quién más buscaría una librería?».
Llegamos a un vecindario de clase media-alta, donde se supone los libros se alojan, y nadie sabe de esa calle. Como en otras capitales centroamericanas, las direcciones son referenciales (junto al hotel, frente al mercado, atrás del banco) y encontrar un sitio teniendo sólo el nombre o el número de la calle es bastante difícil, si no imposible. El taxista se detiene frente a una universidad privada y pregunta a un grupo de estudiantes por la librería en cuestión. Ninguno ha oído hablar de ella: «Esto es el colmo», murmura el taxista. «Los universitarios no leen», respondo sin pudor. Dos vueltas más y descubrimos que la numeración salta de la 51 a la 53. «No hay calle 52», dice el taxista azorado ante la implacable matemática urbanística. «¿Por qué ocultan esa librería?», me pregunta: «Quizá vendan libros herméticos», digo por decir. Al final le doy la dirección de otra librería, en la intersección de dos avenidas demasiado comerciales para mi gusto.
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La librería me electriza: pocos títulos y muchos precios. Recorro la minúscula sección de autores panameños y los libros cuestan lo mismo que los de las grandes editoriales barcelonesas. Me doy por vencido y voy a lo seguro: Carver, Bourdieu, Kapuściński y una edición barata del Diccionario del Diablo, imprescindible libro de cabecera. Al pagar sé que me cobran también el aire acondicionado, el uso de las escaleras, la eficiente sonrisa de la cobradora y los libros que hojeo pero no compro. Lamento no haber encontrado una librería más modesta, repleta de libros viejos y con un genuino librero con quien se pueda hablar de literatura y no sólo de dólares. Los libros, en manos del comerciante, son meras mercancías. Peor: mercancías de lujo.
Una de las paradojas del «libre mercado» radica en que los precios de los bienes culturales tienden a igualarse en todos los países a pesar de las evidentes diferencias salariales, inflacionarias, microeconómicas y otros etcéteras. En Panamá, el salario en el sector servicios ronda los 400 dólares mensuales, mientras la canasta básica (que no incluye alquiler ni internet ni telefonía celular) se tasa en unos 290 de los verdes. Un comerciante local relativiza: «Sí, pero la canasta está basada en precios del supermercado, no del mercado, donde la comida es más barata. Además, está muy mal organizada; por ejemplo, incluye mantequilla pero no papel sanitario, o yogur pero no pasta dental», ejemplifica al azar, sin duda exagerando. Aún así, vistos precios y salarios resulta cuando menos improbable que un trabajador pueda o quiera gastar 30 dólares en libros y, en todo caso, la canasta básica no contempla literatura, ni música, ni películas, ni pinturas, ni bailes, ni nada que recuerde a los grandes gestos y gestas culturales. Después, claro, no falta quien juzga al populacho de inculto e ignorante. Pienso entonces en unas rimas del rapero cubano llamado El B: «¿Ser cultos para ser libres? No, ser libres para ser cultos es la idea».
Así, con el bolsillo herido abandono la librería y camino bajo un sol criminal hasta la cinta costera, ese paseo con áreas verdes y ciclovía (aunque sin sombra) entre el mar y una avenida de cuatro carriles, última gran obra pública de la ciudad de Panamá.
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La cinta costera es una obra controvertida; su creación a lo largo del Panamá nuevo —el pedazo de Miami— fue vista al principio con recelo y por fin aceptada, pero el nuevo proyecto, que pretende extenderla por el Casco Viejo ha generado diversas manifestaciones de rechazo. La UNESCO aduce que de construir la avenida retirarían la declaración de Patrimonio de la Humanidad (como si a la jodida humanidad le importara tal cosa); los pobres del barrio saben que serán barridos de ahí junto con los escombros dejados por el desarrollo, y hasta los millonarios se oponen, pues sus lindas y coloniales propiedades frente al mar se devaluarían con el ruido de seis carriles bajo la ventana. Para colmo de insulto chovinista, la obra ha sido adjudicada a una empresa brasileña, lo que enardece al tropicapitalismo local.
El gobierno, por su lado, asevera que dado el lamentable estado de las playas de la zona (asquerosas por el petróleo de los barcos y la mierda de la ciudad) no hay nada que perder y mucho que ganar; los frentes ciudadanos reviran que es preferible utilizar esos 700 millones de dólares en sanear las playas y construir una planta para las aguas residuales, pero nadie parece hacerles caso. El presidente, que con mucho orgullo se declara «pro business» (es propietario de la principal cadena de supermercados del país) no parece dispuesto a dar marcha atrás.
En Casco Viejo no son pocos los balcones que muestran pancartas contra la extensión de la cinta costera. En una plaza tropiezo con una minúscula manifestación de «gente bien». Una señora pasa a mi lado y murmura con desprecio: «Seguro que cuando construyan la cinta ellos no la van utilizar». Dos cuadras más allá, un hombre grita su enojo al caminar: «No me importa ir preso, pero el presidente es un delincuente de cuello blanco. Llegó al poder siendo millonario y saldrá de ahí billonario». Los paseantes le sonríen y hacen bromas. Los policías miran a otro lado. Los tiempos de El General ya pasaron.
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Todavía se refieren a él como El General. Un simpático taxista comenta que los políticos actuales son igual de ladrones que él, «pero al menos ya no te matan en la calle por criticar al gobierno». Cuando le pregunto cómo estuvo lo de la invasión, responde entre carcajadas: «No tengo idea, yo me escondí en casa de unos amigos y no salí de ahí en cuatro semanas». Luego, más serio, afirma: «Fue una mierda, pero al menos nos quitaron de encima al hijueputa ese». Otro hombre, empleado público, baja la voz y casi en un susurro confiesa: «Te voy a decir la verdad, El General era un asco, pero con él los precios no estaban tan altos ni la criminalidad tan desatada. Como él controlaba el tráfico de droga y nadie hacía nada a sus espaldas, la violencia estaba bajo control. Sólo él la podía ejercer».
Los sentimientos siguen chocando, y cierta nostalgia por la mano dura y el orden vertical se encuentra cuando se toca el tema. «Libertad, sí, pero ¿y la seguridad?». La incertidumbre cotidiana contrasta con la certeza del orden patriarcal. La autocracia, aunque un día se derrumbe, parece eterna e ineluctable. La dictadura es más real que la realidad.
La democracia, en cambio, tiene siempre tintes de ficción...
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