Largo fin de semana

Imaginerías. Juchitán, 2010


Las Velas tienen su origen en el mundo mesoamericano, festividades dedicadas a agradecer a la naturaleza a través de las diversas deidades que daban coherencia a la cosmogonía zapoteca. Con la llegada de los españoles, la tradición se trasladó al santoral de los católicos y fue entonces que el término Vela se impuso (en efecto, se trata de pasar la noche «en vela», aunque son fiestas bastante poco recatadas o santas). La música, el baile y la cerveza llenan la noche, y la expresión «hasta que el cuerpo aguante» es habitual al hablar de ellas. La organización de las velas es compleja, requiere de una estructura compuesta por vecinos y dirigida por un «mayordomo» que se encarga de cubrir los gastos y conseguir el apoyo de la comunidad, de las empresas, de los políticos para financiarlas. Un amigo, que fue mayordomo de la vela mayor (la de San Vicente Ferrer, patrón de la ciudad de Juchitán) cuenta que el monto puede ascender hasta el medio millón de pesos. Ser mayordomo de una vela no es un dispendio, sino un gesto solidario ante la comunidad.

Al llegar a la vela de la Santa Cruz Ique Guidxi (guidxi significa ciudad, ique, en la cabeza; por lo que unidos conforman el término suburbio, o, más concreto aún, en el extremo norte de la ciudad) los hombres aportan una caja de cerveza y las mujeres una limosna (cincuenta o cien pesos) como contribución a los gastos de la festividad. Dos grandes orquestas populares hacen ruido en sus respectivos escenarios; la amplificación es escandalosa y las vibraciones subsónicas mueven las vísceras de los asistentes. Las mujeres se adornan con huipiles, enaguas y joyas de oro; los hombres, más modestos, asisten con pantalón negro y una pulcra guayabera blanca, prenda común a todo el trópico latinoamericano. En esta ocasión, el mayordomo de la vela Ique Guidxi es un conocido periodista deportivo, quien va y viene al tanto de que a los invitados nada les falte. En la madrugada el mayordomo recibe una felicitación pública, al tiempo que se anuncia quién será el encargado de organizar la próxima emisión. El nuevo mayordomo tendrá así todo un año para preparar su vela.

Me resulta imposible calcular la asistencia; el terreno, más o menos del tamaño de una cancha de fútbol, está rodeado de sillas plegables dejando el centro libre para bailar. Suenan sones istmeños (cadenciosos, bellos, hímnicos), cumbias y otras músicas estridentes y movidas. La cerveza fluye inagotable; aún no termino una cuando ya me entregan otra; el calor es tal que si no bebes rápido se calienta antes de expirar. El calor marca el ritmo de la vida, y de la bebida...

*

Es mediodía. El calor es insoportable y la jornada electoral me aturde. Corro de una entrevista a otra sin tiempo para comer o fumarme un cigarro. A ratos los ánimos se caldean ante las urnas; el tropicalismo de este pueblo parece a punto de estallar entre los varios miles de participantes que se reúnen en el parque. Mientras atravieso una calle repleta de gente tropiezo con un indocumentado nicaragüense que pide monedas en la acera, bajo un sol criminal. Lo miro, me resulta simpático; tiene cara de hambre y yo también. Lo invito a comer.

Nos metemos en un pequeño restaurante, modesto pero bien servido, y le digo que pida lo que quiera. Tiene dieciocho años y es la tercera vez que intenta llegar a Estados Unidos. Su primer intento, a los dieciséis, terminó en el norte de Veracruz, cuando un grupo de policías subió al vagón en que viajaba, en un tren lleno de centroamericanos. Lo enviaron a Guatemala. Su segundo intento fue el año pasado; llegó hasta las afueras de Houston, donde lo detuvo la migra. Dos días más tarde lo subieron a un autobús, y luego a otro, y a otro más, hasta Managua. Dice que su ciudad es hermosa, «pero no hay trabajo, y si lo hay pagan poco». Sabe que esta vez tiene que llegar; su madre perdió una pierna en un accidente, perdiendo de paso el empleo en la fábrica.

Es un muchacho inteligente aunque sin estudios, de mirada límpida y honesta. Conforme agarra confianza comienza a contar su periplo, que parece sacado de una desgarradora película politizada de los años setenta. En el camino ha visto de todo: asaltos, violaciones, asesinatos, toda suerte de delincuencia, extorsiones (hace dos días, aquí en Juchitán, un policía le robó lo que había ganado pidiendo limosna, y pregunta, ingenuo, ante quién puede denunciar el asunto: «Olvídalo —le respondo—, sólo vas a lograr dos cosas: que te den una golpiza y que te deporten»). Como todos los demás, viaja en trenes de carga. Cada cierto tiempo suben asaltantes que los despojan de lo que lleven encima. Tiene un brazo inmovilizado, apenas cubierto con una venda, la muñeca rota tras cubrirse el rostro cuando le soltaron un tubazo. «No sé quiénes son peores, si los policías, los asaltantes de las vías o los maras».

Así, mientras come con una mano, relata la violencia a la que está sujeto el migrante en su intento por llegar a Estados Unidos, atravesando un territorio hostil (México) en el que se le trata peor que en el destino final. «La policía gringa —dice— te detiene, te insulta, te guarda unos días en centros migratorios y luego te devuelve a tu país, pero no te golpean, no te roban como sí hace la policía mexicana. Los policías gringos son hijoeputas pero los mexicanos son delincuentes, criminales». No entiende —y yo tampoco— por qué en México se desprecia al centroamericano que intenta llegar al Norte cuando el mexicano no es menos despreciado al entrar a Estados Unidos. Al final, para ellos somos todos la misma mierda...

*

Suena el teléfono. Un amigo reclama mi presencia. Dice que su hijo será acompañante de la capitana de la Regada, y pide que le tome algunas fotos. «¿Que será qué de quién de qué?», pregunto confundido. «Te espero en la esquina de Tal y Mascuál, y verás de qué se trata», responde por el celular. Llego, y encuentro un desfile con carros alegóricos, gestos de charrería y mojigangas, todo junto y mezclado. Carretas tiradas por bueyes adornados con lazos; niños y niñas, así como adolescentes de ambos sexos, cabalgando orondos por el centro de la ciudad, mientras «riegan» al público con juguetes y otros artilugios de plástico barato (originalmente lanzaban frutas, pero el made in China se apodera de todo, como bien sabemos).

La regada da una vuelta por todo el centro para dirigirse a la populosa Séptima sección, el barrio de los pescadores, en cuya iglesia finaliza el recorrido que transcurre con música tradicional interpretada por orquestas juveniles que marchan entre caballos y carrozas, mezclando imaginerías varias, ropajes diversos, en un desfile que viene a ser una expresión más de esa mezcolanza de tradición y modernidad que llena cada rincón de Juchitán.

Al terminar, me encierro en la oscuridad de mi cuarto.

El vampiro que hay en mí se insoló...

Juchitán
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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