Esta semana ha sido de gran pereza. La vida en el trópico requiere de un esfuerzo físico nada envidiable, el organismo funciona a marcha forzada, sobre todo el sistema excretor, y caminar cien metros o digerir el almuerzo puede resultar un ejercicio agotador, así como el incesante ruido de sus calles. Por eso, por fin descanso en esta ciudad apacible, fresca, lluviosa en esta época del año. Vivo los días como si no transcurrieran, paseando por las calles empedradas, recorriendo los mercados y sentándome en cafés y bares a escribir y matar el tedio provocado por la lluvia misma. Una miserable existencia, pues...
Aún así conozco gente aquí y allá, a pesar de que he pasado más tiempo hablando conmigo mismo que socializando. Un actor absurdo, un deejay con conciencia social, un editor loco, un poeta cristiano, un ingeniero especializado en energías alternativas, un vaquero urbano, un chief vegetarianista, una alemana sin oficio ni beneficio y un productor de hongos son algunos de los personajes que pueblan el relato de mi cotidianeidad, alimentando conversaciones que parecen infinitas y siempre inconclusas y ejerciendo entre tanto el noble oficio de la discusión, el intercambio, la comunión de intereses que son el fundamento de toda amistad.
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«Pase adelante», me dijeron cuando me asomé al café. La primera vez que oí esta expresión —habitual gesto de bienvenida en cualquier sitio público o privado— no pude evitar retrotraerme al habanero «¡sale pafuera!» o al español «bajar abajo». Entré, y pronto supe que había llegado al sitio en que puedo pasar la jornada trabajando y cohabitando (buen café, buena comida, tinto decente, cerveza negra, internet inalámbrico, material gráfico, gente rara...), con pocas distracciones pero todas interesantes. Al final uno siempre encuentra a los suyos, a condición de buscar en los sitios adecuados. En las bocinas suena una radio internética, la imprescindible groovalizacion.com, destino obligatorio de las músicas del mundo.
Dejé el hostal para alquilar una habitación en un caserón de piedra con techo de lámina, como muchos que hay por aquí. Los techos de dos aguas desde luego remiten a Europa; la plaza central de la ciudad tiene unas absurdas columnas «griegas» y algunas de las edificaciones que la rodean abusan de un clasicismo acaso demasiado impostado.
A medianoche la ciudad está vacía. Siempre es posible encontrar un sitio donde la música suene pero en general muere temprano. Una cierta criminalidad transcurre de noche, a ratos de forma bastante violenta. De cualquier forma, según los entendidos, Quetzaltenango es una ciudad bastante segura si se compara con otras de Guatemala. Una tarde, de pie en una esquina, presencié una discusión bastante interesante entre un muchacho en bicicleta y un cuarentón que gritaba a viva voz: «¡yo soy vendedor de drogas y no le tengo miedo a nadie! ¡Pregúntale a tu papá, él me conoce!», y el chico de la bicicleta, en cambio, sí se miraba temeroso. Una noche, al salir del bar —medio sobrio— encontré a un grupo de gringos que acababan de ser perseguidos por una horda de nativos fieros y furibundos, y uno de ellos, de los gringos, escupía sangre por la frente abierta, resultado de una pedrada. Sus amigos cuentan que unos chapines (guatemaltecos, a veces usado en sentido despectivo) comenzaron a perseguirlos al grito de «¡hijos de puta!, ¡largo de aquí!». Luego llegó la policía, y los azules preguntaron si habían sido agredidos con arma de fuego, a lo que respondieron negativamente: «Es que si no fue con arma de fuego no puedo hacer nada», dijo el policía. Y yo estaba ahí, de puro chismoso.
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Todos los días me encuentro al mismo borracho en la calle, a veces a las diez de la mañana, igualmente ebrio sin importar la hora. Nos hicimos amigos desde que le regalé un cigarro y cada vez que nos encontramos conversamos un rato en la calle (más bien, él balbucea y yo intento comprender su jerigonza) mientras se tambalea y me cuenta sus pesares, como alguien que no tiene con quién hablar. Luego, el desayuno típico (huevos con chorizo, frijoles molidos, plátanos fritos, queso fresco y tortillas), aunque por lo general me basta con un café bien cargado. A menudo como en un vegetariano, más por variar el menú que por genuina conciencia natural, y luego me voy a un café a escribir. Es una vida dura y en el ínter cumplí treinta y seis años, mismos que celebré en una fiesta ajena, de un cumpleañero otro. Es extraño tener fiesta de aniversario sin que en realidad sea de uno. También me divierte el hecho de que no pocas veces he celebrado la anual supervivencia con amigos recién conocidos, lejos de la familia y de las amistades de larga data.
Justo en esta fiesta conocí a un ex biotecnólogo (o algo por el estilo) del norte de México que ha venido a refugiarse aquí. «Antes —dice— yo era uno de esos hijos de puta que hacen alimentos transgénicos y toda esa mierda. Ganaba mucho dinero, eso sí». Hace cinco años huyó de su vida y se escondió aquí, donde se dedica a un negocio menos lucrativo pero «más cercano a la naturaleza»: la cría de hongos para consumo humano. Aún así, tras unos tragos cometo la imprudencia de mencionar el inmenso placer intelectual que debía embargarlo al jugar con células vivas, y el hombre se transformó y a pesar del humo, las copas y la oscuridad sus ojos brillaron y una exclamación salió de lo más profundo de su pecho: «¡Claro! ¡En esos instantes eres Dios!», bramó el genetista arrepentido.
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Oscurece a las seis y media. A esa hora la pereza acumulada durante el día me hace bostezar mientras finjo escribir algo interesante, cuando lo cierto es que no he hecho nada en estos días salvo vagar de un sitio a otro, lo que no es exactamente una actividad productiva. Oír música que no conocía, leer a poetas cuyo nombre jamás había escuchado y hacer amigos no es un trabajo en sí mismo, ni siquiera se le puede llamar estudio en el sentido académico del término; es, más bien, una forma más o menos elegante de perder el tiempo. Antropología lúdica, digamos.
Pero el tiempo no parece valer mucho aquí, y eso me gusta. El time is money carece de sentido en esta ciudad tranquila y en cierto modo indiferente, encerrada en su vida cotidiana, con la calma como eje. Me dejo llevar por las montañas cubiertas de niebla, la constante llovizna y la interminable pereza que me embarga en estos días y vuelvo a la cama, a dormir un rato más...
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