La ventana

Futuro. México D.F., 2010


Pocas cosas son tan agradables en una habitación como una buena ventana, un paisaje al otro lado de la vida cotidiana, un salto al vacío. Se dice que los ojos son las ventanas del alma, que la televisión es una ventana al mundo, y en México existe el verbo ventanear para referirse a la exposición pública de aquello que debería permanecer tras las cortinas. Ventana, exhibicionismo y voyeurismo van siempre de la mano.

Mirar a través de los cristales es uno de los placeres que desde niño me ha nutrido, y con los años, el cigarro junto a la ventana ha devenido una especie de ritual cotidiano, donde quiera que esté, y una entrega al paisaje exterior, sea el muro del edificio de enfrente, un trozo de urbe o un pedazo verde. Es difícil calcular cuántos cigarros he fumado así, cuántas horas he dedicado a observar lo que ocurre en ese pequeño más allá que se dibuja dentro de un marco. La ventana crea una capa de abstracción entre el mundo y uno. El mundo permanece fuera, lejos del interior de la vida y uno, desde la ventana, se siente, aunque sea por un instante, ajeno al mundo.

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La ventana, desde luego, no se inventó para poetizar en torno a ella sino, como su nombre lo indica, para permitir el paso del ventus. Es el principal elemento higienizador de una vivienda (entra la luz, el aire, salen los malos olores, los humores) y también uno de los ornamentos fundamentales de toda edificación. El desarrollo del vidrio (una historia en sí misma, que comienza en el antiguo Egipto hace unos tres mil quinientos años, se interrumpe en torno al año mil antes de nuestra era, reaparece en el primer siglo de mano de los fenicios y Roma lo expande por todo el Imperio) propició la aparición de múltiples diseños vitrados que pronto se reprodujeron junto con el catolicismo y su arquitectura. Sería a mediados del siglo XIX cuando las grandes planchas de vidrio comenzaron a generalizarse en las ventanas, cambiando por completo el paisaje urbano y la vida en interiores.

El XX es el siglo de la arquitectura vítrica, y los grandes edificios acristalados se reprodujeron por todo el orbe. La iluminación dejó de ser un lujo para convertirse en una necesidad vital. El edificio de gruesos muros y oscuros interiores aparece ahora como ominoso vestigio del pasado, al grado de que al visitar una vivienda lo primero que juzgamos (sobre todo si se tiene la intención de vivir en ella) es justamente la entrada de la luz solar. Para nosotros, la oscuridad es cosa del pasado. La principal importancia de la ventana con cristal radica en que permite el contacto con el mundo exterior sin necesidad de exponerse a las inclemencias del tiempo. La ventana puede estar cerrada; la visión ya no.

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Enciendo un cigarro. La ciudad brilla bajo el ozono y el sol reverbera en los cristales, en el acero, en los volcanes eternamente nevados que vigilan la ciudad desde sus confines. Son dos ciudades distintas, una vista a pie de calle y la otra desde la ventana. A nivel del suelo el paisaje se esconde entre edificios y árboles, creando esa sensación de opresión, de ausencia de espacio, de falta de aire, y al mirar hacia arriba el cielo aparece cruzado por cables eléctricos y telefónicos; tras la ventana, en cambio, la urbe parece un terrario.

Escudriño entre los edificios, las calles, los anuncios gigantes, las azoteas. El tráfico vehicular recuerda a un hormiguero alborotado en días previos a la lluvia. Los trabajadores de teléfonos, de televisión por cable, del gas, repartidores de mil y una cosas pululan por las calles con sus uniformes de colores. Todavía me sorprende la dynamis de esta urbe, como un motor en movimiento perpetuo que a la vez parece quedarse girando en el mismo sitio.

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Algunas cosas han cambiado desde la última vez que estuve en la ciudad. El aborto por fin se ha despenalizado, el matrimonio homosexual acaba de aprobarse, no sin bizantinas discusiones entre todos los sectores de la sociedad, siendo el tema de la adopción el más candente. En rigor, son los tradicionalistas los que menos deberían oponerse al matrimonio entre personas del mismo sexo y a la consecuente adopción de infantes por parte de éstos, porque al final serán los gays y las lesbianas quienes podrían salvar tres instituciones en franca decadencia: el matrimonio, la familia nuclear y la adopción. De cualquier forma, la discusión siempre será de derechos: el derecho de dos hombres o de dos mujeres a amarse legalmente, y el derecho de un niño a vivir en medio del cariño y los cuidados que sus progenitores naturales no le dieron, y si la familia «normal» no adopta, que adopten los «anormales» entonces.

Otro cambio interesante en la ciudad lo descubro mientras escribo junto a la ventana y a mi computadora llega la señal de la red inalámbrica del Distrito Federal. El proyecto comenzó hace dos años, y el objetivo es que la ciudad de México tenga señal wireless gratuita en todos sus rincones. Claro que la meta está muy lejos aún. En las zonas de gran flujo comercial, cultural o político el sistema funciona, pero conforme uno se aleja de los centros de poder y se interna en la pobreza de la urbe la señal desaparece por entero. La idea es genial, aunque es el mundo periférico el que más necesita de internet gratuito. La clase media todavía puede asumir el costo de un contrato, más abajo ya no. Esto también generó discusión: que no es prioritario, dicen unos, que es un lujo, dicen otros, cuando lo cierto es que el acceso a la red es absolutamente necesario para el desarrollo de la vida moderna. Es ahí donde está toda la información para salir del atraso, para reformular el futuro y repensar el presente. No digo que internet sea la solución a nada, digo tan sólo que es la ventana más barata al conocimiento y al mundo. Es la más grande biblioteca del planeta.

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Vuelvo a la ventana. Diría que nada ha cambiado, el volcán sigue en el mismo sitio, la patrulla policial en la esquina, la gente pasa, los edificios inmóviles. Intuyo, empero, que si me quedo ante el paisaje el tiempo suficiente, tarde o temprano acabaré por verlo moverse, transformarse o hacerse añicos.

Como un vidrio roto...

México, D.F
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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