El termómetro de la camioneta marca cuarenta grados centígrados y un viento caliente y con olor a quemado entra a raudales por la ventanilla. La sequía se extiende por el campo entero, apenas algunos cactus y arbustos espinosos adornan la tierra, mientras el cielo está casi blanco de tanta luz. Nos acercamos al Istmo de Tehuantepec, frontera geográfica entre Norte y Centroamérica, tierra plana y calurosa, colorida en el vestir, fiestera y luchadora. Mil leyendas rodean a esta ciudad de unos ochenta mil habitantes. Sobre su origen circulan diversas versiones, algunas contradictorias, y la más extendida concede su fundación a Cosijopí, hijo de la princesa azteca Coyolicaltzin y del rey zapoteca Cosijoeza. Los aztecas la llamaron Ixtaxochiltlán (Lugar de flores blancas) y tras la conquista española durante un tiempo se llamó Xhavizende, zapotequización de San Vicente.
Juchitán no es una ciudad bonita en términos arquitectónicos; su belleza se encuentra en otros gestos culturales. Las casas, aunque cuadradas y de concreto, son tan coloridas como las ropas típicas de las mujeres, esos huipiles de terciopelo negro bordados con flores multicolores que utilizan a pesar de que el termómetro lo desaconseja. Su gastronomía es exquisita e incluye manjares como la iguana, el armadillo y los sacrosantos huevos de tortuga, platillos tradicionales que escapan a toda prohibición legal. Pero no es ésta la única transgresión que Juchitán exhibe en el México moderno. Desde hace décadas se presenta a la sociedad juchiteca como un matriarcado funcional, aun si otras voces desmienten el adjetivo achacándolo a formas alternas (y ancestrales) de la división del trabajo, donde las mujeres tienen más presencia social, comercial y cultural, mientras el hombre permanece «oculto» tras las labores en el campo, en el mar o en la fábrica. El hombre consigue y la mujer comercia; ella comercia y él descansa. Quizá sea su capacidad económica —el mercado es un espacio femenino— lo que dota a la mujer juchiteca de gran autonomía respecto al hombre. Al respecto, la investigadora Veronika Bennholdt-Thomsen asegura que al hablar de matriarcado se cometen dos falacias: la primera refiere a un supuesto poder de las mujeres sobre los hombres, y la segunda pretende presentarla (en tanto matriarcado) como una sociedad pacífica e igualitaria. En todo caso es innegable que aquí encontramos formas de organización inhabituales si se comparan con el mundo mestizo indígena-castellano que domina en el resto del país.
Otro de los atípicos gestos tradicionales de esta cultura radica en el muxe, hombre-mujer perfectamente aceptado en la organización familiar (incluso quizá estimulado por la madre) con la certeza de que un muxe cumple diversas funciones sociales bien definidas. Primero, el muxe parece ser de suma importancia en la formación sexual de los varones adolescentes (el culto a la virginidad sigue vigente, la sexualidad no es para las chicas solteras, se supone); además, cuando el resto de los hijos e hijas hayan formado sus propias familias, el muxe permanecerá junto a la madre, cuidando de ella y de los niños y ancianos. Así, no es anormal la presencia de un muxe en la familia tradicional, un hombre afeminado (criado con valores femeninos), homosexual y travestido, y que en este pueblo adquiere un estatus social propio, del todo diferente a la habitual marginación católico-occidental. En las últimas décadas la figura del muxe se ha nutrido de la cultura gay contemporánea, y muchos estudiosos de la realidad homosexual y de los discursos transgénero se detienen a analizar este fenómeno que el político y activista muxe Amaranta Gómez definió como «una tercera identidad sexual que se construye en base a lo femenino».
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Corrían los años setenta cuando la Coalición Obrera, Campesina y Estudiantil del Istmo (COCEI) comenzó a forjarse en la región. Las banderas rojinegras se multiplicaban y las autoridades municipales, estatales y federales veían con horror la posibilidad de una «república socialista» en el Istmo de Tehuantepec, región conflictiva y con ciertas veleidades separatistas. Es este un pueblo orgulloso —como lo son las grandes culturas—, tradicional y moderno, dinámico y arraigado en sus costumbres, poco habituado a aceptar injerencias externas (por ejemplo, del gobierno central) y entregado por entero a la construcción y preservación de sus propios valores. En este sentido la COCEI fue algo más que un simple movimiento de izquierda hasta convertirse en una suerte de reivindicación del ser juchiteco, en una especie de identidad local-nacional (hace muchos años conocí a un querido amigo de estas tierras, hombre joven de mucho dinero, proveniente de una de las familias más ricas de la región, y con orgullo me mostró en su oficina la bandera de la COCEI que atesoraba como algo sagrado, o al menos identitario. Dudo que mi amigo sea un hombre de izquierda —tampoco su opuesto—: en rigor, es un patriota de la república de Juchitán). Ni más ni menos.
Al iniciar la década de los ochenta ésta fue la primera ciudad en derrocar al reaccionario Partido Revolucionario Institucional por la senda izquierda. Desde entonces, salvo algún que otro trienio, la COCEI ha gobernado Juchitán, primero a solas, luego en alianza con el Partido de la Revolución Democrática o con el del Trabajo. Poco a poco, conforme se hundía en las aguas de la política real, la corrupción y las luchas intestinas minaron su estructura y su credibilidad, siendo ahora el triste cadáver de una época heroica. La derrota del PRI en esta pequeña ciudad sureña fue uno de los grandes hitos nacionales, y aún hoy el nombre de esta villa se asocia a términos como lucha y resistencia...
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No sé si es un hotel o una vecindad, pero consigo una habitación limpia en este entorno decadente y cinematográfico que recuerda al Hong Kong de Wong Kar-wai. El cuarto tiene todo lo que necesito: mesa, cama, baño, ventilador. Las paredes azules y maltratadas no me deprimen, más bien me resitúan en este nuevo contexto: son los contenedores de mi presente existencia. He venido otras veces a esta ciudad, nunca con tiempo suficiente para explorarla y conocerla a fondo. Ahora no tengo prisa: acabo de llegar y aún no deseo irme, a pesar del escandaloso calor preveraniego.
Bebo una cerveza y la sudo al instante. Vacío una botella de agua casi sin respirar y transpiro sin pausa. Me ducho. Es mi primera noche aquí y me debato entre la fiesta y el cansancio.
Indeciso, opto por escribir.
Mañana será otro día...
Juchitán
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