Cruzo el lago. Me mareo porque la lancha va llena de españolas que parlotean sin parar (¡qué guay!) y cuando la vida es tan bella —dicen ellas— me da un leve pero consistente ataque de náusea. Por fortuna llueve, y aunque no se puede decir que el día es deliciosamente maligno tampoco podría afirmarse que es «lindo». Tras una hora de viaje —al igual que el bus, la lancha para en cada pueblo— llegamos a San Pedro (cerca están San Pablo, San Jorge, San Antonio, San Marcos, Santiago, etcétera, recorriendo el apostolado todo), un pequeño poblado que por alguna extraña razón se ha llenado de israelíes —o israelitas, como los llaman aquí—. Llego a un simpático restaurante israelí cuya terraza tiene vista al lago y hablo del tema con los encargados, él italiano y ella guatemalteca. Barajamos las posibilidades; cuento que Puerto Escondido, Oaxaca, se llenó de italianos después de que Gabriele Salvatores realizara la película homónima en 1992, tras haber filmado Marrakech Express y Mediterráneo, entre otras. Comento que algo similar pudo haber ocurrido aquí, que algún escritor o cineasta de Israel haya realizado algún trabajo en o sobre San Pedro, poniéndolo de moda entre su público. Ella sugiere que quizá se deba al hecho de que Guatemala fue el último país en votar a favor de la creación del Estado de Israel, razón por la cual comenzaron, agradecidos, a venir al país. Otra posibilidad —remota pero no del todo descabellada— sería que durante la dictadura los militares pidieran ayuda al Mossad en su lucha contra la guerrilla. Tampoco debería olvidarse que mientras el mundo había caído en el impasse que supuso la «coexistencia pacífica» entre las dos superpotencias aquí se libraba la última guerra «contra el comunismo». Es decir, así como las guerrillas centroamericanas generaron simpatía y solidaridad entre la izquierda internacional, así también la lucha antiguerrillera tuvo el apoyo de la derecha mundial; si los comunistas venían a participar en la lucha popular prolongada; los anticomunistas llegaban a estas tierras para integrarse a los «escuadrones de la muerte», súmmum de la solidaridad de derecha.
Desvarío. El caso es que San Pedro la Laguna es una población de unos trece mil habitantes, aunque el pueblo propiamente dicho es pequeño y abigarrado, y luego las casas se dispersan poco a poco. Por hallarse en la ladera, las casas parecen construirse una sobre otra, como en un enorme Lego junto al lago. El turismo es decididamente joven y post o neo hippie (mi cabello, barba y bigote no son vistos con extrañeza aquí, y a pesar de los letreros de No drugs allowed lo cierto es que las hay por todos lados): está lleno de cafés, bares y «centros nocturnos» donde suena el reggae, el tecno y las músicas del mundo. Llego a un hotel de tres pisos y me instalo en el último, con vista al lago y terraza con hamaca. Despierto temprano, casi con alegría, a leer y escribir frente al paisaje de agua y montaña. Los güisquis de anoche me dejaron cierta goma, que es como aquí llaman a la resaca. Luego la brisa y dos jugos de fresa y piña me sacan de mi sopor. De hecho, la mañana sonríe con delicadeza.
*
Por fin un día bello, soleado, fresco mas no frío. Las últimas lluvias incomunicaron a Panajachel, un deslave clausuró la única carretera y de paso destruyó las líneas telefónicas, dejando al poblado entero sin internet y sin cajeros automáticos (todo un espectáculo el de los turistas deambulando como almas en pena, con la tarjeta de crédito en la mano, sin poder gastar: el peor castigo del capitalismo). Pero eso fue ayer; hoy el día es hermoso, ya no estoy en Pana, y el lago está lleno de kayacs, sirenas en celo que me distraen del trabajo susurrando «ven aquí, cariño», y yo, siempre tímido, hundo la mirada en la pantalla, abstrayéndome del paisaje. Desde hace semanas me había prometido que el primer día apacible alquilaría una canoa para recorrer el lago, pero hoy, justo hoy, se me acumuló insoslayable el trabajo y héme aquí, acariciando el teclado frente al lago.
Una certeza recorre mi espina dorsal: algún día vendré a vivir aquí; no sé si a este pueblo o a cualquier otro del lago, pero lo haré. Unos meses encerrado en este submundo no es algo que pueda despreciar. Quizá Aldous Huxley exagerara al describirlo como el lago más bello del mundo, pero sin duda se acerca. Una marabunta de viajeros con la mochila llena de poesía, misticismo, culto a la naturaleza y a las culturas tanto ancestrales como posmodernas, llega cada día a estos parajes. La ruta es habitual entre artesanos que van de un sitio a otro vendiendo aretes y collares, y los bares son refugio y escenario de músicos y artistas itinerantes, toda una fauna que migra de norte a sur y de sur a norte por este corredor que es Centroamérica.
En Panajachel conocí a un chileno jovencísimo que viaja con su guitarra, su pareja española y la bebé de ambos, ganando para la leche y los pañales del día y siendo felices a cada instante. Otro tipo, español, me preguntó si sabía algo de piedras y como pensé que hablaba de drogas respondí que sí, claro, pero luego comprendí que se refería al jade, al lapizlázuli y a otras pedrerías que en realidad no utilizo. Ocurre que viaja comprando materias primas de un sitio y vendiéndolas a artesanos de otros, y así sucesivamente. Todos estos pueblos son baratos; se puede viajar, comer y dormir con poco dinero. En realidad con un mínimo de imaginación y espíritu comercial se resuelve el asunto con cierta decencia. Por todos lados hay jóvenes de ambos sexos moviéndose a lo largo y ancho de la geografía, la cultura y el mercado, como si se tratara de otra globalización, aunque en verdad sea la misma. Lo que varía, en todo caso, es el modo en que se insertan en ella: a la antigua, como fenicios.
*
Me traslado a un café con jardín, siempre junto al lago (presencia constante, ineludible: ofendería darle la espalda) y me conecto en los oídos las interminables repeticiones de piano y cuerdas de Philip Glass. Entonces una contrafantasía se instala ante mí, la de las márgenes del lago completamente construidas, con grandes hoteles de renombre internacional y yates por doquier. Imagino un aeropuerto cercano, automóviles a alta velocidad, inagotable turismo de masas, y entonces comprendo que si quiero vivir aquí debe ser pronto, antes de que sea demasiado tarde.
Eso, y no volver a escribir jamás sobre este sitio hermoso.
San Pedro la Laguna| < Anterior | Siguiente > |
|---|