La pensión del Che Guevara

Guatemala, 2010


Desde las montañas se ve la aglomeración de la capital guatemalteca; aparecen tréboles, anillos y otras piruetas de la autopista al entroncar con la urbe. Luego, entre avenidas colmadas de autos y buses humeantes llego a la Zona 1, donde aún se encuentra la pensión en la que vivió Ernesto Guevara de la Serna durante los meses previos a la caída de Jacobo Árbenz, en 1954. Recorro las habitaciones buscando la mía; paso junto a la del Che (inconfundible, con pósters, fotos y demás, como un pequeño santuario posmoderno). La encargada, sonriente, me la muestra: «Esta cuesta 60 quetzales la noche, pero creo que tú no cabes en esa cama». Ni mi fetichismo da para tanto, murmuro mientras enciendo un Romeo y Julieta. Me instalo tres puertas más allá. Hace cincuenta años el cuarto costaba treinta quetzales al mes con comidas incluidas, y aquí habitaban estudiantes, trabajadores, militantes, poetas. Hoy, al llegar a esta pensión con dos patios internos y una treintena de habitaciones, la mitad pobladas por centroamericanos y europeos, siento haber encontrado un oasis en medio del desierto que es el centro de la ciudad.

Se trata de un sitio anciano y empobrecido, de paralela belleza; no chic, más bien próximo al refugio, a la huida, a la búsqueda, a la duda, que a las certezas emanadas del ocio y del turismo organizados. A la media hora estoy instalado en el patio, bajo una bugambilia retorcida por la artritis, mesa y sillas de hierro forjado, con un brasileño que se quedó sin dinero antes de llegar a México; un español que ha perdido su acento a fuerza de hacer malabares en los semáforos de Centroamérica; un italiano cuyo rostro, cabello y barba recuerdan simultáneamente a Marx y a Bakunin; un estudiante salvadoreño, mimo con monociclo; una francesa que hace pulseras, una española que aterrizó en Nicaragua y avanza hacia el norte, un artesano hondureño, otro italiano flaco y alto, un guatemalteco con pinta de reguetonero, todos desertores del Babylon...

El Babylon es la metáfora del sistema, del capitalismo, del mercado, de la globalización; es un término propio del rastafarismo, surgido en los años treinta en Jamaica y sustentado en la creencia de que el emperador etíope Haile Salassie (también llamado ras Tafari, y cuyo título oficial era Majestad Imperial, Rey de Reyes, Señor de Señores, León Conquistador de la Tribu de Judea y Elegido de Dios, etc.) era la encarnación de Cristo y estaba por tanto destinado a guiar a los oprimidos del Babylon —la diáspora africana— hacia la libertad en su tierra ancestral. El emperador, en 1974, fue derrocado tras cuarenta años de ejercicio del poder, por una revolución socialista.

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Cinematográficamente, Trainspotting y The Matrix son dos de los grandes hitos culturales de la segunda mitad de los años noventa, y ambas cintas tienen en común ese Babylon subyacente del que unos escapan con la metafísica de la heroína, y otros con la de la lucha armada. Cuenta el malabarista español que esta mañana «estaba en un semáforo en la Zona 10 y llegó la policía. Buena onda esos dos, comprenden el Babylon, saben para quién trabajan y sólo me dijeron: “Mirá vos, esta es la zona de los jefes, y a los jefes no les gusta ver gente como tú. Nosotros trabajamos para ellos, ellos nos llaman para decir que aquí hay un tipo que no les gusta, y nosotros venimos. Mirá, mejor te vas a la Zona 3, ahí nadie te va a molestar”, dijeron los policías, así que recogí mis cosas, les di las gracias y me fui. Después de todo, aún no estamos en guerra con ellos», dice, mirándome a los ojos en busca de una reacción. «Y cuando la guerra estalle será a bombazos, compañero, no con jueguitos de malabares», respondo, y entonces me mira de otra manera. El brasileño, por su parte, presume del crecimiento económico de Brasil: «allá sí hay trabajo —dice—, trabajo de verdad. No como aquí; esta es una ciudad comercial, de servicios, aquí no hay fábricas, no hay producción, no hay nada», asegura afligido, trabajando en el bar de al lado por 60 quetzales, lo justo para pagar la habitación y la comida del día. No es la primera vez que encuentro a alguien varado en la ruta, sobreviviendo en un sitio y sin poder salir de ahí. Ahí he estado un par de veces también.

Salgo a caminar por el centro. Es feo. Dinámico, ruidoso, caótico, sí, pero feo. Cierto encanto tiene, claro, en términos antropológicos. Es un sitio antiturístico, atmosféricamente denso y en las noches vacío (algunos bares, algún disparo en la oscuridad, alguien parado en la esquina). No tiene ni la belleza arquitectónica ni la vida social-cultural de otros centros urbanos, pero sigue siendo el centro. Durante el día el movimiento es implacable: oficinas, bancos, iglesias, comercios; de pronto seis o diez o quince policías en una sola cuadra, en medio del humo negro expelido por los automotores a la hora de la salida de las escuelas, las aceras llenas de uniformes varios (estudiantes, guardianes, burócratas encorbatados: el Babylon una y otra vez).

Me encierro en el patio de la pensión. Ahora suena Manu Chao. El mimo salvadoreño estudia pedagogía y desvaría un rato sobre la educación estatal y la privada; el español —quien ha ido a la universidad— asegura que son centros de adoctrinamiento masivo: «Hasta las oposiciones políticas salen de ahí», comenta. «Sí —respondo—: y ya nacen institucionalizadas». Uno de los italianos, flaco, cincuentón, con algún diente de menos, nos escucha tras la pantalla de su Macintosh: siglos viniendo a Guatemala, a esta pensión que ya es su casa, asistiendo sin duda a la misma conversación una y otra vez. También el español malabarista lleva años viniendo aquí, así como el guatemalteco reguetonero, quien porta un ilustre apellido político (con ex presidente reciente incluido) y que un día fuera director de empresa: «Me harté de todo y me liberé del Babylon —dice—. Llegué a esta pensión por una semana y llevo años aquí. Ahora vendo calcomanías del Che y mierdas de esas en los buses. En un mes gano cinco mil o seis mil», y me regala una calcomanía del Che Guevara al tiempo que me ofrece su pipa de crack.

Agradezco ambas...

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La contradicción me fascina. El español apunta que a él no, pero que la acepta con naturalidad, dice, mirándose los pies calzados con unas Converse All Stars. «El Babylon nos sigue imponiendo cosas», agrega, y ahora hojea un ejemplar de la Poesía completa del Che. «¿Te das cuenta —pregunta— que este es un sitio especial, que tiene una vibra única, que está al margen de todo lo que hay afuera?». Me doy cuenta, claro, y seguimos hablando durante horas con distintos términos, conceptos, metáforas, explicaciones o contenedores ideológicos, pero en el fondo siempre de lo mismo: «El Babylon es el Estado y el Capital», resume él sonriendo. Justo en ese momento me despido; debo ir al banco en busca de dinero para pagar mi habitación alternativa, y a la oficina de Migración para no ser un ilegal.

Cosas propias del Babylon...

Guatemala
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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