La luz y la oscuridad

Montañita, 2012


Hay días en que todo está de cabeza. Despierto a media tarde, desayuno con la puesta del sol y camino hasta el pueblo bajo la luz de la luna. Paseo un rato, reviso que todo esté en su sitio, saludo a los amigos y me intereso por las novedades locales, los chismes que se cuecen en todo pequeño poblado y que a la postre conforman las noticias importantes de la vida cotidiana (los periódicos son una rareza en este pueblo; al día llegan unos pocos ejemplares de la llamada «prensa seria» y el resto, tabloides con tetas y cadáveres, sin duda más entretenidos que los primeros). Luego, a eso de la medianoche, vuelvo a casa a comenzar la jornada laboral.

Así como cada herramienta impacta de manera distinta un mismo trabajo, así ocurre también con el horario, el clima y el entorno. Quizá porque mi necesidad de escribir nació con mis primeros ataques de insomnio, la madrugada es con mucho mi territorio preferido. El tiempo parece transcurrir con mayor lentitud a esas horas y es raro que algo o alguien interrumpa el trabajo (el teléfono no suena, nadie llama a la puerta ni grita mi nombre desde la planta baja). El calor mengua y el ruido se apaga; mas no es silencio lo que impera, sino una mezcla de sonidos sutiles y lejanos que llenan la noche entera y que en conjunto forman algo parecido a la música. Aquí los grillos son los encargados de la base armónica, un lamento monocorde y metálico que encaja con el eco lejano y emplastado de los ritmos electrónicos provenientes del pueblo. Encima, algún perro lunático suelta un solo de aullidos al viento; gatos y gatas en celo aportan su cántico atonal mientras un gallo despierta de golpe y desafina a viva voz. El bramido de las olas retumba en la distancia...

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El pueblo está abierto las 24 horas. Cuando los últimos restaurantes cierran quedan todavía un montón de puestos de hamburguesas, comida regional, sánduches (el ecuatorianismo para emparedado), pizzas y demás. Tanto en el día como en la noche, una pequeña manada de vendedores ambulantes se desperdiga por las calles principales en busca de clientes para sus brownies, gelatinas con vodka, empanadas, o cualquier otra cosa que se pueda preparar en casa y vender en una esquina cualquiera. No es difícil comenzar un pequeño negocio en este pueblo, que no sólo da trabajo a sus hijos, también a los de los poblados vecinos (Manglaralto, Olón) y a extranjeros de toda patria.

A veces, mientras trabajo, una carencia o un antojo se apodera de mis impulsos y parto rumbo al pueblo en busca de cigarros, agua o comida, incluso si son las cinco de la madrugada (¡coño, hasta una frutería nocturna hay aquí!). Este territorio noctámbulo, al margen de su asquerosa, decadente y depravada fiesta —los cristianos insisten en que esto es la suma de Sodoma y Gomorra— parece haber sido hecho a mi medida y condición, con la ventaja añadida de no ser una urbe atrapada en el eterno estrés. Ahí radica la belleza de este terruño: un poblado minúsculo con cierta diversidad interna más bien propia de la gran ciudad. El pueblo, la playa, el campo, ¿qué más se puede pedir?

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Para muchos la noche es sinónimo de aventura (el viernes en la noche, la hora de las brujas, la oscuridad, lo desconocido), para mí es sólo calma y tranquilidad. No es que no me guste la noche loca y despatarrada pero es mucho más que eso, aunque ciertos espíritus sean incapaces de comprenderlo o disfrutarlo. Tampoco tiene que ver sólo con el trabajo, la escritura, la poesía; hay noches en que me basta con apagar la luz, poner música y dejarme llevar por mis pensamientos. Adoro la oscuridad, dicho esto sin ínfula alguna de poeta maldito. Me gusta estar a oscuras, cuando los otros sentidos se intensifican.

Pero es cierto que la noche remite al misterio, a lo desconocido, a los terrores de la oscuridad (los fantasmas, las brujas, los pervertidos y los asesinos en serie aparecen en las noches: a nadie se le ocurriría filmar una película «de miedo» en pleno mediodía, con el sol brillando en lo alto de la cúpula más celeste que se pueda concebir). Hasta el diccionario, lleno él de sucio moralismo adjetivado, define la noche como «tiempo en que falta la claridad del día», como si su esencia fuera la ausencia de algo y no la presencia de una característica única (en este sentido, el día podría ser definido como el tiempo en que falta la oscuridad de la noche, y punto). La segunda definición del diccionario es todavía más imbécil y denigrante: «confusión, oscuridad o tristeza en cualquier línea»... Siguiendo esta «lógica», el diccionario fue escrito de noche, y no precisamente por noctámbulos.

Entonces me pregunto por qué la luna llena despierta el miedo en los hombres y el puto y asqueroso sol proyectando sus malditos cuarenta grados centígrados significa alegría, paz y no sé cuánta ñoñería más. Cualquiera podría objetar que sin la luz solar la vida sería imposible, pero también es cierto que sin la atracción lunar el mundo físico sería un caos irreparable. Toda la cultura occidental —la cristiandad, pues— parte del principio de la luz, siendo por tanto la oscuridad, lo negro, el símbolo primordial del mal y sus agentes. Dios y sus sucedáneos aparecen siempre rodeados de un halo de brillo y luz, mientras el otro —ese al que llaman el caído, el traidor, y que en verdad fue el único capaz de rebelarse contra el absoluto tirano de los cielos—, queda relegado a las tinieblas, a la noche eterna, a la oscuridad...

*

Amanece. La cortina comienza a iluminarse y afuera inician los ruidos de la mañana (aves, trabajadores, vendedores, camiones, niños, perros, turistas...). Bostezo, cepillo mis dientes y antes de que la luz se apodere de mí me hundo en la cama en espera de un nuevo y esplendoroso anochecer, y si por azar o convicción salgo de mis aposentos antes de la oscuridad, mis vecinos, preocupados, preguntarán si estoy bien, si me caí de la cama o si algo ha perturbado la tranquilidad de mi sueño. Por toda respuesta gruñiré un desabrido «buenos días» mientras las gafas oscuras ocultan mi mirada sonriente: «A veces hasta los nocturnos debemos madrugar».

Así sea a las tres de la tarde.

Montañita
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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