Solemos definir las diferentes etapas del desarrollo de la humanidad, entre otras cosas, a partir del control de los elementos, las materias primas y, desde luego, de nuestra relación con la naturaleza, esa capacidad tan nuestra de transformarla, adaptarla y destruirla —o consumirla, para que suene más capitalista, más correcto—. Así, hablamos de edad de fuego, de piedra, de hierro, y es justo en esa línea que imagino que algún día la nuestra será conocida como la edad de petróleo.
Todo huele a gasolina en la urbe moderna, aunque el buen vecino, en aras de la cotidiana supervivencia aprenda a ignorarlo; y todo, absolutamente todo depende de algún derivado de dicha substancia. El plástico —nos lo decía Norman Mailer allá por los años cincuenta, cuando se popularizaba su uso— no es otra cosa que «mierda de petróleo», subproducto, desecho rentabilizado; y el costo final de cualquier mercancía está determinado por el precio del barril. Incluso la construcción e instalación de un sistema de energía alternativa requiere cantidades ingentes de combustible fósil; pensemos, si no, en las famosas hélices, que son construidas en fábricas bastante poco ecológicas y trasladadas en camiones o aviones que ciertamente no se mueven con energía solar, mucho menos eólica.
Pero decía que toda ciudad huele a gasolina quemada, y París no es la excepción, sobre todo en estos días nublados en los que los gases se acumulan un poco más, dejando una especie de nata que flota a la altura de la nariz. Por supuesto, el aroma no anula la belleza de esta urbe, ni su encanto, ni sus contradicciones, ni su estrés en movimiento perpetuo.
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No es la primera vez que vengo a esta ciudad, aunque revisando mis notas me doy cuenta que nunca he escrito sobre ella, quizá por pudor —¿qué puede decirse de París que no haya sido dicho ya cientos de veces?—, quizá porque tampoco soy capaz de explicar ciertos sentimientos un tanto abstractos. ¿Cómo narrar, por ejemplo, la fascinación que siempre ha provocado en mí esta ciudad metaliteraria, transhistórica y posestética? Lo sé, ya comencé mal, pues ninguno de estos terminajos logra contener siquiera un fragmento de esta urbe, ni de las sensaciones que despierta.
Cada vez que vengo me lanzo a las calles y acabo con ampollas en los pies de tanto caminarla a diestra y siniestra, de arriba a abajo. Recorrer sus calles, callejones, parques, cafés, ha sido siempre una suerte de reencuentro con algunas de las grandes piezas de la literatura, no sólo francesa. Zola, Hugo, Dumas, Breton, Beckett, Hemingway, Miller, Joyce o cualquier otro, se me aparecen a cada instante; no como entes reales (nunca me ha importado el «aquí vivió Fulano» o «aquí yace Mengano») sino como relatores de mundos: La calle descrita por uno, el ambiente que retrata otro, las costumbres que analiza un tercero, la arquitectura que fascina a un cuarto y a la postre, sobre todo en las primeras visitas, me parecía vagar no por una urbe moderna, sino por un libro reescrito miles de veces, en distintas lenguas, a veces apócrifamente.
Es también un viaje a través de la historia, un recordar paso a paso algunos de los momentos esenciales del devenir del hombre, de la organización social, de las luchas, de la modernidad; y un viaje por los instantes más oscuros y terribles de esa misma historia. En las metafóricas calles, junto a los literatos caminan las tropas napoleónicas y hitlerianas, las revueltas de todos los tiempos —los adoquines que te despiertan al golpearte la cabeza—, las cabezas de los guillotinados, con justicia o sin ella, los pintores, los músicos y también, con ese desprecio aristocrático que sólo una cultura como ésta es capaz de exhibir, la «gente pequeña» (les petit gents): los que poco o nada tienen.
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París no es únicamente una ciudad francesa (la capital, la ciudad más importante del país, la más turisteada del mundo entero); es también una suerte de puerto intergaláctico, el sitio donde confluyen todas las culturas, todos los idiomas; y lo vives en las calles, te encuentras con esos otros mundos en cada caminata. Quizá sea ahí donde radique, al menos para mí, la principal fascinación de esta ciudad. Es esa insuperable mezcla de «gente pequeña» la que da vida y hermosura al París moderno y simbiótico. En ocasiones, saltar de un barrio a otro significa viajar entre culturas, entre regiones e incluso entre países. A veces estas culturas se mezclan, a veces no, quedándose guetificadas, encerradas en un hermetismo comunitario, en un aislamiento social. ¿Cuántos idiomas se pueden escuchar en estas calles, sin contar siquiera a los turistas o a los advenedizos como yo? Imposible saberlo, las cuentas se pierden desde el primer intento. Todos los tonos de piel se establecen aquí, todos los ritmos y sonoridades, todas las expresiones y, también, todas las contradicciones.
La revolución, ese acontecimiento que transformó no sólo a Francia sino, poco a poco, al mundo entero, se desencadena ante la imaginación al recorrer las calles por las que los descalzonados rugían su furia. Lafayette, Danton, Marat, Robespierre están en el semáforo esperando la luz verde para cruzar La République. En la acera de enfrente, un grupo de anarcopunks altermundistas los miran con mala cara, y al cruzarse los acusan de burgueses decadentes. Stravinsky toca en el metro y la policía lo detiene; Godard filma con una webcam, Toulouse-Lautrec taguea los muros por los que pasa y Aragon intenta venderle a los turistas fotocopias de sus poemas. ¿Es ésta —me pregunto— una ciudad imaginada, autoimaginada, la construcción de una psique retorcida, quizá la de Lacan?
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El París «clásico» que aparece en las postales data en realidad de mediados del siglo XIX, y fue trazado por encargo de Napoleón III («el sobrino del tío», como lo llamaba el simpático Marx) siendo su ejecutor el Barón Haussmann, quien ha pasado a la historia como la contradicción personificada: el hombre que destruyó el viejo París, o el que diseñó el nuevo, según quiera verse. Todas las descripciones de la antigua ciudad concuerdan en las callejuelas laberínticas, oscuras y apestosas, donde la enfermedad y el crimen campeaban a sus anchas, pero también en un mundo de relaciones sociales inmediatas y profundas.
La nueva burguesía no podía sino expresar su pudencia, transformando la ciudad medieval en una moderna, con alcantarillado, alumbrado público, trenes y grandes avenidas que, entre otras cosas, aceleraban la movilización de las tropas. No son pocos los historiadores que afirman que fue éste uno de los motivos que contribuyó a aplastar la Comuna con tanta celeridad. Sin embargo, donde aún se nota la importancia de estas reformas es en los impresionantes edificios que esa burguesía posrevolucionaria construyó para sí. Más de la mitad de las edificaciones del Viejo París fueron transformadas en apenas dos décadas, y con ello —la obviedad es obvia— cambió por completo la dinámica social.
Gracias a esto París, entre otras cosas, ya no huele a mierda evacuada en plena calle, sino a gasóleo volatilizado...
París
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