Estoy en una isla que está en un lago en medio de un trozo de continente entre dos océanos. Es como un juego de matrioshkas. Desde luego, uno siempre está dentro de algo que está a su vez dentro de otro algo (todo contenedor contiene contenedores: el país contiene ciudades que contienen barrios que contienen edificios que contienen espacios donde viven familias compuestas por individuos, o algo por el estilo), pero aquí la sensación se acentúa de manera natural, si se me permite el adjetivo. Hay días en los que la bruma no permite ver la otra orilla del lago, y creo estar entonces ante el mar, con esa sensación de infinitud que sólo el horizonte oceánico y el desértico otorgan. Cuando camino tierra adentro la vegetación se vuelve densa y los pájaros conversan en voz alta, a veces altísima, y los monos chillan y otros, más grandes, lanzan un quejido grave y profundo, que se arrastra entre la vegetación como las culebras negras y amarillas en los senderos.
Mi vida en la finca es tranquila y disipada, llena de viajeros, algunos pocos turistas y otros deportistas que siempre me preguntan «¿ya subiste al volcán?», y siempre respondo con otra pregunta: «¿acaso allá arriba hay hamacas y cervezas?». Paso los días escribiendo, dando cortos paseos, meditando en torno a mi humanidad, al animal que soy. Converso cada noche con gente interesante, inteligente, de distintos países, con diversos gustos, edades e historias. Así, por ejemplo, recuerdo una larga noche con un simpático vasco recién graduado de Física (el único vasco abstemio y silencioso que he conocido): chico listo, ávido de conocimiento y con la vida por delante. Un placer hablar con un científico en medio de tanto new-age. Ya tarde, cuando descubrimos que además de todas las otras coincidencias, ambos usamos Linux en nuestras computadoras y que nos declaramos anarquistas, nos volvemos hermanos y brindamos, él con agua y yo con 7 Años. Está el joven alaskeño que vive en una tienda de campaña, escribe poesía rapeada (asegura que el origen de la palabra rap es rythm and poetry) y trabaja aquí para cubrir sus exiguos gastos. Y la guapa y culta neozelandesa que un día vino de vacaciones y ahora trabaja en la recepción, con quien me gusta beber tinto y conversar hasta la madrugada. Recuerdo a una pareja de franceses, muy jóvenes y más simpáticos, que pasaban horas y horas leyendo en la hamaca. Y también al holandés que pasó unos días aquí (al verme, de inmediato me preguntó dónde podía conseguir mota) y que en una borrachera me confesó que es piloto de una línea comercial: «Pero guárdame el secreto, porque cada vez que alguien me pregunta en qué trabajo, y estoy bebiendo, fumando y esnifando, se asustan, no sé por qué», y suelta una gran carcajada con el rostro enrojecido por la noche. Por ahí anda esa chica del Midwest con increíbles ojos sonrientes y que habla siempre de energías y cristales y no sé qué más. Y están, claro, los infaltables italianos: los dueños de la finca, padre e hijo, que se hartaron del progreso y reciclaron su orgánica existencia para instalarse aquí; también el simpático amigo que ocupa la planta inferior de la cabaña: un día fue periodista y ahora viaja aprendiendo y ejerciendo el oficio de masajista; los otros dos italianos renunciaron a la vieja Europa y trabajan en hostales en Costa Rica, en las playas que los surfers frecuentan, ganando menos pero, aseguran, viviendo mejor (uno siempre ríe y el otro parece estar enojado todo el día: la verdad es que se burlan de todo y de todos). Hay otra italiana, muy simpática, que acaba de dejar el trabajo y viaja en busca de algo que no sabe bien qué es. Está también un portugués reflexivo, profundamente conectado con la naturaleza, que hace años abandonó las urbes del mundo para estar con la tierra, y desprecia esas pequeñas banalidades de la vida occidental, como la política. También me gustó aquella pareja de argentinos que sólo estuvieron una noche: demasiado urbanitas para sentirse cómodos en medio de tanta naturaleza...
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Desde que se me rompieron las chinelas, que es como aquí llaman a las chanclas, ando descalzo parriba y pabajo, con los pantalones arremangados y la camisa medio abierta. De niño y de adolescente acampé muchas veces, en playas o en montañas, y aunque no siento una particular atracción por la llamada «vida en la naturaleza», lo cierto es que no me es ajena y me acostumbro con facilidad a sus placeres y rigores: duermo bien, como mejor, bebo y fumo lo mismo, de modo que no me desgarra el contacto con los insectos ni me asustan las pequeñas serpientes, ni las arañas, ni caminar en la oscuridad de la noche entre árboles fantasmales y bichos que susurran al oído advertencias, y aullidos lejanos, y otros gemidos que quizá vengan del dormitorio.
Desde luego, me resultaría excesivo quedarme a vivir aquí, pero francamente seductor pasar una buena temporada. Me explico: vivo en paz en una cabaña hermosa lejos del barullo de las áreas comunes, con una brevísima terraza en la que me reúno a hablar con los amigos; duermo la mitad de la noche en la hamaca y cuando me da frío me voy a la cama. Hago cada día amigos nuevos sin moverme de mi mesa de trabajo, que desde luego es la del comedor comunal, y escribo a gusto, feliz, todos los días, a veces esto y a veces aquello. Luego salgo a pasear por ahí, y me asombro con las enormes rocas negras, desperdigadas por todo el campo, que un día fueron escupidas por el volcán encabronado y del cielo cayeron con todo su peso, levantando polvo cósmico. En la orilla del lago, los árboles nacen bajo el agua y emergen orgullosos; y otros, increíbles, rodean con sus raíces las piedras volcánicas. Por todos lados en torno al volcán, grandes petroglifos, rocas talladas hace quinientos años, ochocientos, mil, dos mil, nadie lo sabe a ciencia cierta y cada quien inventa su versión, en los que se pueden reconocer figuras de ranas, monos, animales varios, y otras que podrían ser rostros humanos, o algo aún más tenebroso.
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En torno a los dos volcanes que conforman la isla de Ometepe, una carretera a ratos muy desvencijada dibuja dos círculos unidos por un tramo más o menos recto. A su vera, una veintena de pueblitos y aldeas, pobres desde luego, pero en un lugar por el que sienten un orgullo peculiar: saben que no hay otro sitio como éste en el mundo, y poco a poco aprenden a cobrar por ello, no siempre sin abuso. La ausencia de instituciones públicas en este apartado rincón de Nicaragua es más que evidente: una patrulla da vueltas por ahí, quizá para cuidar que los turistas no hagan tonterías. Y la vida funciona, el campo produce, la sociedad se organiza (bueno, más o menos): en todo caso, no he encontrado nada que coarte mi libertad.
Para ser honesto, lo único que me preocupa es que algún día tendré que salir de aquí.
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