Es curioso; mientras en la ciudad de San José —o Chepe, como también la llaman— los culpables de la creciente delincuencia y criminalidad son, inevitablemente, inmigrantes nicaragüenses o colombianos; en Puerto Viejo, la violencia despierta indignación en la comunidad de extranjeros avecindados aquí. La ola de robos y asaltos, a veces acompañados de golpizas, genera reclamos de mano dura —durísima, incluso extralegal—: «Contratemos a unos cuantos colombianos para que pongan orden en el pueblo», le oí decir al dueño de un hotel, hombre respetuoso de la ley y la justicia. Otros hablan de «justicia social» (linchamiento), algunos más de vendetta. Lo preocupante es que en efecto hay una delincuencia juvenil que poco a poco se envalentona animada por los vacíos de poder: la policía, es cierto, es de una dulce y candorosa inutilidad en estas tierras.
La provincia de Limón, en conjunto, tiene los más altos índices nacionales en todas las formas de violencia y criminalidad, al punto de que son muchos los funcionarios de la capital —maestros, doctores, etcétera— que se niegan a venir aquí, aunque tengan plaza asegurada de por vida. Las instituciones del Estado, los servicios públicos y desde luego los ciudadanos, resienten esa carencia, ese miedo que paraliza ciertas estructuras sociales. Hace unas semanas leí en el periódico que el hospital de Puerto Limón acaba de contratar a otros cinco especialistas extranjeros, pues los profesionales ticos no quieren aplicar para los puestos vacantes.
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Son muchos los extranjeros que viven aquí, y de muy distinta suerte y condición. Algunos tienen dinero y otros no; hay quien tiene un negocio y quien trabaja apenas para sobrevivir. Algunos viven en casonas y otros en casitas, o viajan con regularidad a sus países mientras otros no pueden permitírselo; pero lo que todos tienen en común es que vivir aquí es una elección personal.
Los lugareños tampoco son todos iguales, ni étnica ni económicamente (algunas familias han aprovechado muy bien la expansión turística; otras son aprovechadas como mano de obra barata). No son pocos los jóvenes que se dedican a la venta de droga al por menor aunque, contra lo esperado, no se ven aquí esos grandes problemas de drogadicción que sí he visto en otros pequeños pueblos de similar condición. El consumo de piedra, por ejemplo, es sensiblemente más bajo que en otros sitios parecidos, y los piedreros, aquí, son personajes públicos: todos saben quiénes son y a qué atenerse con ellos (y los cocainómanos y marihuanos, por cierto, pronuncian piedrero con más desprecio que el resto de los mortales: el mundo de las drogas, en efecto, también tiene sus clases).
Llama la atención en todo esto que panameños, nicas y colombianos no sean considerados en ninguno de los dos grupos: al parecer, ni los locales ni los extranjeros los incluyen plenamente en su seno. La clase comerciante, los propietarios de hoteles y restaurantes, suelen ser europeos avecindados en el poblado, y sus negocios, por lo general, son para extranjeros. Muchos de estos propietarios violan la ley cada día: o compran drogas, o no pagan impuestos o contratan personal por la izquierda; sin embargo, esto no impide que clamen por mayor presencia policiaca y una estricta aplicación de la Ley, ahora con mayúscula. Desde luego, no es lo mismo evadir impuestos al Estado (ente abstracto donde los haya) que ser apuñalado por un individuo concreto.
Todos los días se oye alguna historia sobre esta pequeña pero tortuosa violencia: chicos de trece años asaltando en la nocturnidad de la playa, la golpiza que le propinaron a aquel otro, y ayer, sin ir más lejos, supe de un preadolescente que apuñaló a un gringo por la espalda. «A traición», como se decía en los viejos tiempos. Hasta en la criminalidad, pienso, debería haber algún componente ético...
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Puerto Viejo era un pequeño pueblo de pescadores y campesinos. Hasta hace pocas décadas su aislamiento era casi total, entre el Caribe y la selva. En muy poco tiempo se convirtió en un destino turístico de relativa importancia, y la vida cambió por entero. Sin sólidas estructuras sociales, el proceso de modernización ha sido por lo menos complejo, no sin regresiones.
En los últimos días he asistido a varias discusiones sobre el tema de la violencia juvenil. Todos están preocupados y las propuestas son muchas y diferentes: hay quien quiere matarlos a todos (aunque lo diga con eufemismos varios), quien quiere mandarlos a todos a la cárcel (a profesionalizarse, supongo), quien clama por la creación de talleres (de carpintería, electricidad, plomería, etcétera) y hasta quien sugiere que abrir una escuela de arte es la solución. Así, mientras tanto, el abismo entre locales y extranjeros se hace más profundo, acentuado, entre otras cosas, por la educación: los niños locales asisten a la escuela pública; los hijos de los extranjeros, a alguna de las escuelas privadas que florecen en la zona, impidiendo así una total integración, un compartir culturas y modos de vida. Desde luego, la economía es el principal agente divisor, y todas las posibles diferencias están demarcadas por la capacidad de consumo: como dice un viajero que encontré por ahí: «ver pasar el dinero entre las manos no es divertido para nadie».
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Una cosa llama la atención: ver a europeos jóvenes, que sin duda han huido de las estrictas regulaciones de sus países, de la injerencia policiaca, del control, de la cuadratura, del exceso de leyes, venir aquí a reclamar que ocurra exactamente aquello que los alejó de sus países. No me malinterpreten, no pretendo hacer una apología de la delincuencia ni enarbolo un tonto robinhoodismo tercermundista; por el contrario, si me asustan ciertos discursos es justo porque pretenden que la violencia es sólo violencia (como si nada hubiera tras ella, como si fuera espontánea) y, peor aún, que se trata de discursos que insisten en que la violencia sólo puede ser combatida con más violencia. A veces, escuchando estas conversaciones, me siento como en un poblado del Viejo Oeste: «que los pistoleros hagan el trabajo sucio de limpiar el pueblo», parecen decir.
Pero, como dice un amigo empresario, «sólo somos un grupo de ciudadanos preocupados por la seguridad pública»...
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